Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo”, Oscar W...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“Lo menos frecuente en este mundo
es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo”, Oscar Wilde
OPACIDAD
Los recientes resultados de la
Comisión Estatal para el Acceso a la Información Pública (CEAIP) revelan un
síntoma preocupante del estado de nuestra democracia local: el incumplimiento
de las obligaciones de transparencia por parte de varios municipios de Sinaloa.
En pleno 2025, no hay
justificación válida para que Escuinapa con 63.83%, Rosario 47.17%, Sinaloa
32.17% y Concordia 31.65% siendo el alcalde Óscar Zamudio Pérez quien esté peor
calificado.
Estas cifras no son solo datos
fríos en una tabla; son la evidencia tangible de un problema estructural: la
falta de voluntad política, la indiferencia hacia la rendición de cuentas y, en
algunos casos, la negligencia deliberada.
Cuando un municipio apenas
publica una tercera parte de la información que por ley debe estar disponible
para sus ciudadanos, el mensaje es claro: no le interesa ser vigilado, y mucho
menos cuestionado.
Es cierto, como lo menciona la
comisionada Margarita Campusano, que algunos ayuntamientos han comenzado a
corregir el rumbo.
Pero también es cierto que esas
correcciones suelen llegar solo después de ser exhibidos públicamente. ¿No
debería ser al revés? ¿No debería la transparencia ser la norma, y no una
reacción ante la presión ciudadana o mediática?
En contraste, es digno de
reconocimiento que municipios como Mazatlán, Elota, Culiacán y Ahome hayan
alcanzado un cumplimiento del 100%.
Demuestran que sí es posible cumplir con la
ley, y que cuando hay interés y liderazgo, la transparencia puede integrarse
como parte de la cultura institucional. Estos ejemplos deben servir como
estándar, no como excepción.
Pero más allá de los números, hay
una pregunta de fondo que no podemos ignorar: ¿a quién sirve la opacidad?
La falta de transparencia permite
el desvío de recursos, la corrupción discreta, el uso arbitrario del poder. En
pocas palabras, es el caldo de cultivo ideal para que florezcan los peores
vicios de la política.
Un municipio que no informa, que
no publica su nómina, sus contratos, sus presupuestos, es un municipio que
renuncia a su ciudadanía y le cierra la puerta a la participación. Y si el
ciudadano no tiene acceso a la información, tampoco tiene las herramientas para
fiscalizar, decidir ni exigir.
Por ello, el llamado debe ser
claro y firme: los alcaldes y sus equipos están obligados a respetar y
fortalecer los principios democráticos, y la transparencia no es un gesto de
cortesía, es una obligación legal y moral.
No se trata solo de subir
documentos a un portal, sino de construir confianza, de abrir caminos al
diálogo y de recuperar el valor de la palabra pública.
En democracia, lo que no se ve,
se sospecha. Y la sospecha, cuando se convierte en certeza, tiene un alto costo
político y social. Que no se diga después que no fueron advertidos.
EN ACCIÓN
En Sinaloa, vivir no solo implica
resistir la inseguridad o lidiar con la corrupción institucional; también
significa cosechar con dignidad.
Y cuando se habla de dignidad, el
maíz, se convierte en el símbolo perfecto de resistencia frente a las fuerzas
del mercado que buscan despojarnos, no solo de nuestros productos, sino también
de nuestra voluntad.
El llamado de Miguel Ángel López
Miranda, presidente de la Liga de Comunidades Agrarias, a los productores para
que no se dejen engañar por los coyotes, es un grito de alerta que rebasa lo
económico.
Es un recordatorio de que,
incluso en un año donde la producción se desploma a apenas un 30% de lo
habitual, la unidad, la información y la organización pueden ser las
herramientas más poderosas frente al oportunismo de quienes quieren comprar
barato y vender caro, lucrando con la necesidad del campo.
Porque no se trata solo de pesos
por tonelada. Se trata de justicia. Se trata de saber que el esfuerzo de todo
un ciclo agrícola no puede ser rebajado por el cinismo de intermediarios que
han hecho carrera explotando la desinformación de los productores.
El maíz, decía Octavio Paz, no es
solo una planta: es un símbolo de nuestra civilización. Y mientras existan
productores que sigan creyendo en su trabajo, que sigan cuidando la tierra y
sembrando a pesar de todo, hay esperanza para este país. Pero esa esperanza
necesita políticas públicas firmes, precios justos, y sobre todo, una comunidad
campesina empoderada que sepa negociar y defender su producto como lo que es:
un bien estratégico para la nación.
¿Queremos que los productores
vivan o que solo sobrevivan? Hoy, con un mercado internacional que favorece
mejores precios, los productores de Sinaloa tienen una oportunidad única para
resistir el abuso, para levantar la voz, y para que el maíz vuelva a ser, no
solo una fuente de ingreso, sino también una bandera de conciencia.
Vivamos, pues, no sólo sembrando
maíz, sino también sembrando organización, justicia y dignidad. Y que esa
cosecha, la de la conciencia colectiva, sea la más fértil de todas.
ESFUERZO
En medio de los desafíos más
severos —como lo es la sequía que golpea a numerosas comunidades de Sinaloa—
también florecen las decisiones que inspiran. El encuentro entre el alcalde de
El Fuerte, Gildardo Leyva Ortega, y el secretario de Obras Públicas del estado,
Raúl Montero, no solo refleja una gestión responsable; representa un acto de
voluntad institucional que recuerda que, incluso en tiempos difíciles, hay
liderazgos que no se detienen.
Cuando se habla de pozos, plantas
potabilizadoras y abasto de agua, no se habla solo de infraestructura: se habla
de vida. En cada litro de agua asegurado para una comunidad, hay niños que
podrán estudiar sin sed, familias que podrán cocinar con dignidad, ancianos que
enfrentarán menos riesgos de salud, y agricultores que mantendrán viva la
tierra.
El hecho de que estas reuniones
sucedan incluso en días de asueto es revelador: hay conciencia de urgencia,
pero también de responsabilidad. El bienestar social no entiende de
calendarios, y quienes gobiernan con visión saben que las soluciones no pueden
esperar al lunes.
El proyecto de la planta
potabilizadora de Jahuara II, por ejemplo, es mucho más que una obra pública;
es un símbolo de que los gobiernos locales pueden —y deben— atender lo esencial
antes que lo espectacular. En tiempos donde la política a menudo se reduce a
discursos huecos, estas acciones concretas son las que realmente transforman la
vida de la gente.
También es justo reconocer la
disposición del Gobierno del Estado para sumar esfuerzos. Porque cuando las
autoridades se coordinan, cuando se prioriza el bien común por encima del
protagonismo político, los resultados llegan. Y llegan donde más se necesitan:
a las comunidades.
Quizás no podemos cambiar la
sequía, pero sí podemos cambiar la forma en que la enfrentamos. Y hacerlo con
responsabilidad, con gestión, con trabajo diario, también es sembrar esperanza
en tierra seca.
Porque el agua es vida, sí. Pero
también es futuro. Y cuando el futuro se planea con compromiso, se convierte en
presente.
LLAMADO
En tiempos donde la confrontación
se ha vuelto cotidiana, resulta esperanzador que desde el gobierno municipal de
Mazatlán se emita un mensaje firme en favor del respeto, el diálogo y la
convivencia pacífica.
La postura de la alcaldesa
Estrella Palacios Domínguez, al subrayar que “aquí cabemos todas y todos
respetando la ley”, no solo es políticamente correcta, es moralmente necesaria.
Celebrar las diferencias sin
violentarlas, defender el derecho a manifestarse sin alterar la paz y recordar
que los derechos humanos no entienden de fronteras, son pasos que consolidan
una ciudad más incluyente y armónica.
En un escenario donde un
malentendido pudo encender tensiones, la mediación institucional y la
disposición al diálogo son señales claras de una autoridad que busca
soluciones, no culpables.
Mazatlán avanza cuando sus
autoridades y su gente apuestan por la civilidad como camino.
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