Opinión Héctor Calderón Hallal Gobernador Sánchez Célis.- Cortesía Archivo General del Estado de Sinaloa. En trabajos anteriores presenta...
Opinión
Héctor Calderón Hallal
Gobernador Sánchez Célis.- Cortesía Archivo General del Estado de Sinaloa. |
En trabajos anteriores presentados por el suscrito al lector a través de esta casa difusora, concretamente en uno donde hablo sobre la transformación del puerto de Mazatlán -y de la vida provinciana en general- en los últimos ochenta años, reconozco que quedé a deber por lo menos, una frase de reconocimiento a un auténtico líder, transformador genuino de la realidad económica de sus representados y gobernados, en este caso, los habitantes del Estado de Sinaloa. Me refiero al inolvidable político, entonces senador y luego gobernador de aquel Estado, Don Leopoldo Sánchez Célis.
En ese trienio 1959-1961, fecha del arranque de las legendarias “Grandes Obras del Puerto de Mazatlán”, que mejorarían sustantivamente la calidad de vida de ese destino, hubo un gran articulador en la gestión de recursos desde el Senado de la República, como desde diferentes instancias gubernamentales y privadas en la Ciudad de México y el sur de los Estados Unidos; él fue, el entonces senador Leopoldo Sánchez Célis.
Más allá de su función federalista de representar a su entidad en el Senado y de la importante labor de conseguir recursos financieros para obras de semejante envergadura, Sánchez Célis fue un auténtico promotor del destino noroccidental mexicano.
Recordemos por otra parte, que Mazatlán tiene uno de los malecones más grandes del mundo, de 21 kilómetros de extensión, que, para su tiempo, era un auténtico referente sin parangón alguno, pues los novedosos destinos en el Golfo Pérsico, como Dubái, Qatar y otros, en aquel tiempo seguían siendo pequeños puertos de pescadores y buscadores de perlas.
Y aunque Don Leopoldo -Polo, para sus centenares, quizá millares de amigos- vivió y gobernó en otros tiempos.
El Sinaloa y el México de aquel siglo XX de los sesentas todavía tenía una enorme ponderación por la palabra hablada y comprometida en actos públicos y privados. El hombre (o la mujer) eran su propia palabra.
Un interlocutor respetaba los límites de la privacidad del otro… ni se diga en términos periodísticos.
La presunción de inocencia se anteponía a cualquier duda o sospecha que se tuviera del otro, del prójimo en general.
Las cosas se empezaron “a torcer” cuando llegaron nuevos “esnobismos” y “mañas” arrastradas por el materialismo llegado de Europa o Norteamérica y entonces sí: se devaluó el individuo que “es”… y se apreció o cobró más valor el que “tiene”, el que “acumula” (a como haya sido que lo hubiera logrado… hubiese matado o no prójimos en el camino).
Así es, hay que decirlo con todas sus letras. Subrepticiamente en las modas, en la música, en los posicionamientos políticos y sociológicos, el materialismo ha estado presente en el debate mundial de las ideas, desde Hegel y Feuerbach, padres del idealismo y del ateísmo respectivamente, corrientes filosóficas de las que se nutrieron Marx y Engels para construir el materialismo histórico.
Los valores éticos impulsados por las iglesias, a través de la tradición oral, de las costumbres familiares en siglos y muchas décadas de evolución, fueron sustituidas de tajo y con celeridad por un afán de ponderar la acumulación material y desechar el conocimiento por sí solo.
Porque ‘poder’ -según los seguidores de las nuevas mañas- es el que practica el “que puede” … ”el pudiente” dicen en los ranchos de Sinaloa, por decir el ‘potente’ que es lo correcto en español.
“Poder” no es el del que sabe, el que te enseña… no “ese no se traduce en dinero”… ese “no vale nada.” Aunque información, signifique poder finalmente.
Hasta en los amoríos sucede: cualquier chamaca de rancho prefiere al chamaco felón con camioneta del año y dólares para gastar (aunque tenga dos neuronas en el cerebro y su destino sea vivir solo un par de años más)… que al muchacho honesto que estudió y se está “abriendo paso apenas”, percibiendo un sueldo modesto.
Se ha venido construyendo con cincel ese trastorno social en la población sinaloense y mexicana: “La gente ubica al dinero como un fin en sí mismo y no como un medio para…”; “La gente ya no busca trabajo; busca dinero, fácil y rápido”.
Si contra algo se pronunció desde entonces Leopoldo Sánchez Célis, fue contra ese “esnobismo”.
Don Leopoldo despreciaba la frivolidad, la superficialidad, la fanfarronería, la falsedad y la lisonja.
Cumplía su palabra siempre y hacía gala de su determinación y de su capacidad.
Sabía confiar y desconfiar.
Su origen era humilde; el viejo pueblo minero de origen novohispano, llamado Cosalá, al pie de la Sierra Madre Occidental.
Por lo que sabía de las vicisitudes de los estudiantes y de la gente que lucha por superar su realidad económica y social, a base de esfuerzo, de golpes y tenacidad.
Sánchez Célis sufrió pues en su infancia y en su juventud por la falta de recursos económicos desde su infancia en su natal Cosalá. Y aunque no alcanzó un título universitario, la Universidad de la Vida le concedió, muy seguramente el grado de “doctor en política”.
De ahí que se haya nutrido de la propia experiencia traumática de sus primeros años de vida, para brindar apoyos desde su gobierno -sin precedente alguno- a la educación en general y, en el ámbito de la educación superior, por conceder la autonomía a la entonces Universidad de Sinaloa, incrementando su patrimonio universitario, lo cual marcó su despegue, hasta alcanzar el excelente nivel académico con el que hoy cuenta.
Así mismo, edificó el Instituto Tecnológico de Culiacán y, en la Ciudad de México creó la Casa del Estudiante Sinaloense, en apoyo a los jóvenes de menores recursos que estudiaban en la capital de la República.
Y como bien lo reseñó en un acto memorable, hace casi diez años, de frente a un monumento erigido en su memoria, por el centenario de su natalicio en Culiacán, Sinaloa y ante la presencia de todos los exgobernadores vivos de Sinaloa, así como de la descendencia del exgobernador Sánchez Célis, el político e intelectual Heriberto Galindo Quiñones, quien fue amigo personal de Don Leopoldo a pesar de la diferencia de edades y es, orgullosamente sinaloense también, quien dijo aquella vez con voz elocuente y contundente: “La obra de Sánchez Célis, es fruto del compromiso histórico y de un carácter férreo. Sembró un espíritu de lucha, progresista y avanzado, en las mentes y en los propósitos de las y los sinaloenses de distintas vocaciones, edades y oficios”.
Y hasta se podría agregar, “nos enseñó a no conformarnos con lo que tenemos… con tener gobernantes mediocres, desobligados, faltos de ética y que llegan al gobierno con fines de estricta acumulación y aprovechamiento del tráfico de influencias”.
Hoy que vemos cómo, deplorablemente, en Sinaloa tenemos a un gobernador que no ha rendido cuentas suficientes a la población -en primer lugar- de todos los señalamientos que se le hacen en la opinión pública y de su material persecución punitiva por parte del vecino país del norte, por situaciones tan delicadas como el narcoterrorismo y el crimen organizado, francamente podemos resumir que:
¡Cuánta falta le hace a Sinaloa en estos días, un gobierno que actúe con los estándares del de Don Leopoldo Sánchez Célis!
Un político que una vez investido de autoridad, supo mantener la tranquilidad y la certeza de orden público a los habitantes de Sinaloa.
Un servidor público que, ante todo, supo defender la dignidad de las familias de los sinaloenses.
Un negociador perpetuo, que buscaba al seno de la opinión pública no imponerse… no amenazar ni extorsionar al medio o al comunicador; sino convencerlo de las razones de sus políticas y sus decisiones.
La persuasión, fue una fórmula empleada por Don Leopoldo, con todos los interlocutores de su ‘posible oposición’.
En contraste, hoy vemos con tristeza, cómo se amenaza con el despido o el ‘fin del convenio’ a todo aquel medio o comunicador que no sea afín a los pensamientos y pretensiones del gobernante.
Hoy, deplorablemente, vemos publicadas las listas de los ‘desleales a la Nación’ en un ‘paredón’ mañanero donde se ‘ejecutan’ inmisericordemente los afanes de la libre expresión ciudadana en este país.
Pero antes de esa ejecución infame, no hubo un solo intento de persuasión, de convencimiento con ideas y razones.
Así entonces, se puede decir que sí se ve con añoranza, la época de políticos con oficio y con vergüenza; aquellos que hicieron de la política un medio para resolver los problemas que comúnmente no se podían resolver con la simple voluntad o participación directa de la comunidad.
Los que intuían o detectaban que era necesario movilizarse en busca de una resolución administrativa, de una sentencia, de un decreto, de una reforma legislativa; o quizá de un acto de voluntad o consideración política al más alto nivel.
Así fue Leopoldo Sánchez Célis; él también percibió la política de esa forma.
Solidario al máximo; gran amigo de sus amigos, pero directo y lapidario con sus adversarios hasta convencerlos.
Aunque también implacable y contundente con los desleales… con los traidores.
Sirva el presente texto como un modesto homenaje al mexicano excepcional, al honorable sinaloense que fue el gobernador Leopoldo Sánchez Célis, a poco más de 37 años de su aniversario luctuoso, un 7 de agosto de 1989.
.png)

