Sobre el camino Benjamín Bojórquez Olea. El poder tiene una enfermedad silenciosa: convencer a quien lo ejerce de que la lealtad de sus segu...
Sobre el camino
Benjamín Bojórquez Olea.
El poder tiene una enfermedad silenciosa: convencer a quien lo ejerce de que la lealtad de sus seguidores es eterna y de que la popularidad de su partido puede sustituir la inteligencia política. En Morena, Sinaloa, esa tentación podría convertirse en una factura demasiado costosa para Imelda Castro Castro, coordinadora de los trabajos de la transformación en el estado.
La historia es implacable con quienes confunden autoridad con obediencia. Julio César descubrió que las conspiraciones también nacen entre quienes alguna vez caminaron a su lado; Napoleón comprobó que ninguna hegemonía es invulnerable cuando el poder pierde contacto con la realidad. La lección es elemental: el mayor peligro de un liderazgo no siempre está en sus adversarios, sino en la incapacidad de reconocer el descontento de los propios.
En Sinaloa, las señales de inconformidad que algunos actores políticos atribuyen al proceder de Imelda Castro merecen atención. Si los grupos con trayectoria, los operadores territoriales y quienes contribuyeron al crecimiento de Morena perciben que su participación es ornamental, la unidad deja de ser una convicción para convertirse en escenografía. Y la política, cuando se reduce a una representación, termina exhibiendo sus costuras.
¿De qué sirve convocar a todas y todos si las decisiones parecen reservadas para un círculo de confianza? ¿Qué sentido tiene hablar de inclusión en una estación de radio o entrevista de banqueta si algunos liderazgos sienten que únicamente son útiles para aplaudir, movilizar y legitimar decisiones ajenas?
La unidad no se decreta en una entrevista ni se fabrica con fotografías de sonrisas calculadas: se construye compartiendo decisiones, distribuyendo responsabilidades y respetando las diferencias. Todo lo demás es liturgia partidista.
Imelda Castro todavía podría estar a tiempo de corregir el rumbo. Pero para hacerlo necesita algo más difícil que pronunciar discursos de cohesión: escuchar sin sentirse amenazada, sumar sin someter y comprender que coordinar no significa apropiarse de un movimiento que, por definición, debería ser colectivo. Si aspira a encabezar un proyecto de mayor alcance, tendrá que demostrar que sabe gobernar sus propias emociones antes de pretender conducir las ambiciones de los demás.
La historia electoral de Sinaloa ofrece una advertencia. En 2010, Mario López Valdez, Malova, llegó a la gubernatura al frente de una coalición opositora que quebró la hegemonía priista. Aquella elección demostró que las divisiones internas, las inconformidades y las decisiones cupulares pueden alterar el destino de un estado. No fue una victoria inevitable ni una fórmula que pueda repetirse mecánicamente, pero sí una lección que ningún partido dominante debería despreciar: ninguna marca política es tan poderosa como para convertir el descontento en obediencia permanente.
De cara a 2027, Morena no puede confiar exclusivamente en sus siglas ni en la popularidad de sus figuras. Los malos gobiernos municipales, las administraciones cuestionadas, los perfiles equivocados y la exclusión de liderazgos experimentados pueden transformar una ventaja electoral en un problema de credibilidad. Una marca nacional puede abrir la puerta, pero son los resultados y la calidad de sus candidatos los que determinan cuánto tiempo permanece abierta.
Y aquí aparece el verdadero dilema de Imelda Castro: construir una candidatura sobre la fortaleza colectiva de Morena o alimentar, consciente o inconscientemente, un proyecto personal que termine debilitando a la organización que pretende representar.
Porque cuando un liderazgo escucha solamente a sus incondicionales, deja de recibir información y comienza a recibir confirmaciones. Entonces, cada advertencia parece una traición, cada discrepancia se interpreta como una amenaza y cada aliado desplazado se convierte en una incógnita electoral.
La soberbia política rara vez anuncia su llegada. Suele presentarse disfrazada de seguridad, rodeada de aplausos y acompañada de la peligrosa certeza de que el triunfo ya está escrito. Pero la política no perdona a quienes confunden una posibilidad con un destino.
Imelda Castro tiene margen para rectificar, siempre que comprenda que la coordinación no es una corona y que el respaldo de una franquicia partidista no constituye un cheque en blanco. Todavía puede abrir espacios, recomponer relaciones y demostrar que la unidad de Morena no depende de la obediencia a una sola figura, sino de un proyecto capaz de reconocer a quienes piensan distinto.
Si quiere llegar fortalecida a 2027, tendrá que dejar de administrar lealtades personales y comenzar a construir confianza política. De lo contrario, podría descubrir demasiado tarde que los aplausos de sus cercanos no compensan el silencio de quienes se sintieron ignorados.
Porque en política, como en la historia, los imperios no siempre caen por el golpe de sus enemigos. A veces comienzan a derrumbarse cuando quienes los sostienen dejan de creer en ellos.
GOTITAS DE AGUA:
Una última advertencia: Morena puede tener la marca, Imelda Castro puede tener la coordinación, pero ninguna de las dos tiene garantizado el futuro. La soberbia puede simular fortaleza durante meses; la realidad electoral suele necesitar una sola noche para desmentirla.
El verdadero liderazgo no consiste en conseguir que todos te sigan, sino en lograr que nadie tenga que desaparecer para que tú puedas avanzar. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”...
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