Sobre el camino Benjamín Bojórquez Olea. En Salvador Alvarado ya no parece discutirse quién tiene la mejor propuesta para gobernar. El verd...
Benjamín Bojórquez Olea.
En Salvador Alvarado ya no parece discutirse quién tiene la mejor propuesta para gobernar. El verdadero pleito parece ser quién se queda con el control de la franquicia.
Después de colocar a su esposa, Guadalupe “Lupita” de Camacho, al frente del municipio, ahora Armando Camacho Aguilar pretende —según las versiones políticas que circulan en Morena— empujar a su mejor amigo y cómplice, Martín Camacho, para sucederle.
Si esto se confirma, ya no estaríamos hablando simplemente de una candidatura. Estaríamos hablando de una concepción patrimonial del poder.
Porque una cosa es construir liderazgo político y otra muy distinta es convertir un partido, un ayuntamiento y una estructura pública en patrimonio familiar.
Salvador Alvarado no necesita otro apellido que prolongue una misma corriente de poder. Necesita resultados, servicios públicos dignos, infraestructura, seguridad, salud y, sobre todo, un gobierno que vuelva a mirar a la gente a los ojos.
Nueve años de una misma influencia política serían demasiado para cualquier municipio si no vienen acompañados de resultados extraordinarios.
Y aquí está la pregunta incómoda que Morena debería responder:
¿El proyecto de la Cuarta Transformación en Salvador Alvarado pertenece a los ciudadanos o a una familia?
Porque si la respuesta termina siendo lo segundo, entonces Morena estaría cometiendo el mismo pecado que durante décadas le reprochó al viejo régimen: confundir partido con patrimonio, cargo con herencia y poder con propiedad privada.
Por eso, antes de hablar de otra candidatura familiar, lo sensato sería hablar de rendición de cuentas. Si existen señalamientos sobre el manejo de los recursos municipales, que se audite. Si existen dudas sobre contratos, obra pública, nómina o desempeño administrativo, que se investigue. Y si todo está en orden, que sean los documentos los que hablen.
La política seria no le teme a las auditorías. La política seria las exige. Morena tampoco debería permitir un albazo. Ningún grupo puede asumir que tiene escrituras sobre una franquicia que pertenece a la ciudadanía.
Y aquí aparece una responsabilidad política mayor para Imelda Castro, como referente de Morena en Sinaloa: impedir que la disputa por el futuro del municipio termine reducida a una lucha por preservar cuotas familiares. Porque Salvador Alvarado no necesita un tercer capítulo de la misma historia. Necesita abrir otro libro.
GOTITAS DE AGUA:
El llamado debería ser para los auténticos morenistas, pero también para toda la sociedad: que las candidaturas no se hereden, que se ganen; que los gobiernos no se posean, que se sirvan; y que el poder no tenga apellido. Porque cuando un municipio empieza a parecer una monarquía, la democracia deja de ser gobierno del pueblo y comienza a convertirse en herencia de familia.
Y ahí, Morena tiene que decidir si quiere ser movimiento de transformación … o simplemente el nuevo apellido de la vieja política.
Primero fue la esposa. Ahora quiere imponer a su mejor amigo y cómplice. ¿Mañana quién? ¿El hijo? ¿El hermano? ¿El compadre? “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos el lunes”...
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