En la raya José Luis López Duarte Terminó el periodo vacacional y Culiacán regresó a su rutina, si es que todavía puede llamarse rutina a e...
En la raya
José Luis López Duarte
Terminó el periodo vacacional y Culiacán regresó a su rutina, si es que todavía puede llamarse rutina a esta mezcla de miedo, suciedad, improvisación y abandono. Si antes la ciudad parecía el personaje de aquella canción: flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones, hoy habría que añadirle una descripción más áspera: aquello que decia el historico "negrumo" sobre culiacan : "cuatro callejones, una bola de cabrones y un calor de la chingada" y hoy podemos sumar a esa descripcion una peligrosa ausencia de autoridad.
No es únicamente la violencia lo que nos aqueja, aunque ella sea el síntoma más visible y doloroso. También están las aguas negras que se derraman incluso en zonas privilegiadas como La Primavera, los anuncios de colonias sin suministro de agua, los apagones que sorprenden a una Comisión Federal de Electricidad incapaz de responder cuando llueve, y los semáforos descompuestos que convierten cada cruce en una apuesta contra la vida.
La ciudad creció, pero sus gobiernos no parecen haberse enterado. Culiacán se acerca al millón de habitantes y cuenta con cientos de miles de vehículos, pero mantiene un transporte público deficiente, escaso y prácticamente inexistente durante la noche. Por la mañana, a la entrada y salida de las escuelas, el tráfico se vuelve una prueba de paciencia y de irresponsabilidad. Padres desesperados, calles saturadas y ningún agente de tránsito que ordene el caos. ¿De verdad nadie había previsto que miles de alumnos regresarían a clases?
Gobernar no consiste en inaugurar obras, pronunciar discursos ni administrar la emergencia cuando ya ocurrió una tragedia. Gobernar significa anticiparse, mantener los servicios, cuidar el espacio común y garantizar que la gente pueda desplazarse sin miedo. También significa hacer cumplir la ley. Cuando los semáforos están rotos, las calles oscuras, las patrullas ausentes y los delincuentes actúan con impunidad, el mensaje no puede ser más claro: aquí cada quien está abandonado a su suerte.
Y la suerte, conviene recordarlo, no es una política pública.
En cualquier colonia se teme que incendien una casa, despojen un automóvil, asalten a un transeúnte o maten a alguien. La violencia ha convertido la vida cotidiana en una sucesión de precauciones: no salir tarde, no detenerse demasiado, no confiar, no mirar. Eso no es vivir en sociedad; es sobrevivir dentro de una sociedad que ha renunciado a protegerse.
Pero sería cómodo atribuirlo todo a los gobernantes. La ciudadanía también tiene una responsabilidad. Durante mucho tiempo hemos tolerado el desorden mientras no tocara nuestra puerta. Nos acostumbramos a la basura, al mal servicio, a la corrupción menor y a la ineficacia, como si fueran rasgos inevitables de nuestra identidad. Solo reaccionamos cuando la tragedia alcanza a un conocido o llega hasta nuestra casa.
La apatía no es neutral: favorece al incompetente y protege al abusivo. Una sociedad que deja que las cosas simplemente sucedan termina entregando su destino a quienes menos merecen decidirlo.
Por eso la pregunta no es solo qué nos pasó, sino qué estamos dispuestos a hacer. Si quienes gobiernan no saben, no pueden o no quieren gobernar con la gente, deben irse. No como consigna de venganza, sino como principio elemental de responsabilidad democrática. Y si quienes los sustituyan fallan, también deberán ser relevados.
Culiacán no necesita resignación ni discursos heroicos. Necesita autoridad legítima, servicios dignos, ciudadanos vigilantes y funcionarios que entiendan que gobernar no es ocupar un cargo, sino responder por una comunidad. Porque una ciudad abandonada no se deteriora de golpe: se pudre lentamente mientras todos fingimos que todavía funciona.
.png)

