Columna periodística Carlos Avendaño Juan Alejandro: un bebé que nunca tuvo futuro. Se llamaba Juan Alejandro y tenía apenas un año y cuatro...
Columna periodística
Carlos Avendaño
Juan Alejandro: un bebé que nunca tuvo futuro. Se llamaba Juan Alejandro y tenía apenas un año y cuatro meses. A esta edad, un niño debería estar aprendiendo a caminar, descubriendo el mundo, pronunciando sus primeras palabras y llenando de alegría a su familia, pero desafortunadamente Juan Alejandro no pudo. La noche del sábado pasado, la violencia volvió a cobrar vidas en Culiacán. Un ataque a balazos en la colonia Prados del Sur dejó dos personas muertas y otras heridas. Entre ellas estaba Juan Alejandro, un bebé que fue trasladado de emergencia a la Cruz Roja, pero que no logró sobrevivir. ¿En qué momento llegamos a todo esto? ¿En qué momento un bebé dejó de estar seguro incluso afuera de su propia casa? ¿En qué momento la violencia se volvió parte del paisaje cotidiano de Sinaloa? Porque este es precisamente el problema: nos estamos acostumbrando a lo que nunca debimos aceptar como normal. Cada homicidio termina convertido en una cifra: otro muerto, otra carpeta de investigación, otro comunicado, otra zona acordonada, otra familia destruida. Pero Juan Alejandro no era una cifra, era un bebé y tenía un año y cuatro meses y tenía toda una vida por delante que nunca llegó. No conocerá la escuela, no tendrá amigos, no celebrará cumpleaños, no crecerá junto a su familia. Le arrebataron algo que nadie tiene derecho a quitarle a un niño: “su futuro”. Y mientras tanto, seguimos escuchando que hay estrategias, que hay operativos, que hay coordinación entre corporaciones y que hay planes para recuperar la paz. ¿Pero en dónde están los resultados? Porque los discursos pueden ser muy bonitos, pero las balas no entienden de discursos. Sinaloa necesita un SOS, pero uno de verdad y por demás urgente. Uno que implique decisiones, inteligencia, coordinación, prevención, depuración de instituciones y una estrategia de seguridad que no solamente reacciona después de que ocurre una tragedia. Porque llegar después a acordonar la escena no es ganar la batalla. La verdadera pregunta es: ¿Por qué no pudieron evitar que esto ocurriera? Y aquí también existe una responsabilidad política. Quienes gobiernan tienen que asumir que la ciudadanía no vota para escuchar explicaciones eternas, sino que vota para vivir con seguridad, para trabajar, para llevar a sus hijos a la escuela y, sobre todo, para regresar a casa con bien y con vida. Si un gobierno no puede garantizar lo mínimo, entonces tiene que aceptar la crítica, reconocer sus errores y corregir el rumbo, y si no puede hacerlo, la sociedad tiene una herramienta mucho más poderosa que cualquier discurso: “el voto”. MORENA gobierna Sinaloa y, por lo tanto, tiene que responder por los resultados de su gobierno. No basta culpar al pasado, a los delincuentes o a las circunstancias. Gobernar también significa hacerse responsable de lo que ocurre bajo su administración, porque el poder no solamente sirve para inaugurar obras, repartir discursos o tomarse fotografías. Gobernar también sirve para responder cuando la gente está siendo asesinada. Hoy Sinaloa llora a Juan Alejandro. Pero mañana podría ser cualquier otro niño. Y sin lugar a dudas que esto debería de quitarnos el sueño a todos. Porque cuando un bebé muere víctima de la violencia, no solamente muere una vida, muere un pedazo del futuro de Sinaloa: “Nuestros Niños”. Y si seguimos normalizando todas estas tragedias, algún día ya no nos indigna una noticia así. Y será entonces este día cuando habremos perdido mucho más que la seguridad, porque habremos perdido la capacidad de indignarnos...
¿Se le estará saliendo el país de las manos a la presidenta? Algo está cambiando en el ambiente político nacional, y no precisamente para bien sino para mal. En el estado de Colima, Claudia Sheinbaum Pardo enfrentó una escena que ningún gobernante disfruta: ciudadanos gritando “¡fuera, fuera, fuera!”. La respuesta presidencial, lejos de abrir un espacio para escuchar el reclamo, fue descalificar a quienes protestaban y atribuirles alguna filiación política. Y ahí está el problema, porque cuando un ciudadano aplaude, es pueblo, pero cuando reclama, ¿Automáticamente se convierte en “PRIANista”? ¡Qué conveniente! ¿En dónde quedó aquello de que el pueblo manda? ¿Acaso el pueblo solamente manda cuando aplaude? La inconformidad ciudadana no desaparece porque desde el poder se le coloque una etiqueta partidista. La gente sigue teniendo problemas de seguridad, de salud, de empleo, de alimentación, de agua y de servicios públicos deficientes. Hay familias que no sienten en su bolsillo el discurso triunfalista que viene desde Palacio Nacional. Y frente a esto, la respuesta de un gobierno democrático debería de ser escuchar, de explicar y de resolver, no de descalificar. Porque gobernar para todos significa también gobernar para quienes no están de acuerdo contigo. Pero aquí viene la parte todavía más delicada. ¿Se estará produciendo una ruptura entre el discurso oficial y el estado de ánimo de una parte de la sociedad? ¿Será que el famoso “pueblo bueno y sabio” ya no está dispuesto a aplaudir todo? Y hay todavía otra pregunta que circula en el ambiente político, y que, por ahora, solamente puede plantearse como hipótesis: ¿Alguien dentro del propio movimiento de la Cuarta Transformación estaría interesado en debilitar políticamente a Sheinbaum Pardo? Porque si existiera una operación de este tipo -y no hay pruebas públicas que permitan afirmarlo-, provocar desgaste, generar protestas y alimentar la percepción de ingobernabilidad, sería una manera bastante eficaz de hacerlo. ¿Quién ganaría con una presidenta debilitada? ¿Quién estaría interesado en cobrarle facturas políticas? ¿Tendrían algo que ver las diferencias internas de MORENA? desde luego que estas son tan solo preguntas, más no sentencias. Pero en política, las preguntas incómodas también importan, y mientras tanto, Claudia Sheinbaum Pardo enfrenta un reto que ninguna encuesta puede resolver por sí sola: escuchar a quienes están inconformes antes de que la inconformidad se convierta en rechazo generalizado. Porque los gobiernos pueden tener buenos números en las encuestas y, al mismo tiempo, encontrar problemas en la calle. Las encuestas miden una fotografía, la calle muestra la película, y si la película comienza con gritos de “fuera, fuera, fuera”, lo inteligente no es culpar al fotógrafo, es preguntarse por qué la gente está gritando esto. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo todavía tiene capital político, estructura y una enorme fuerza institucional, pero esto no significa que tenga un cheque en blanco. Porque si cada protesta se responde con “son del PRIAN”, llegará un momento en que el gobierno termine escuchando únicamente a sus porras. Y entonces sí tendremos un problema, porque el pueblo no deja de ser pueblo cuando reclama, y mucho menos deja de ser mexicano cuando no está de acuerdo con el gobierno. ¿Se le estará saliendo el país de control a la presidenta? ¿O simplemente estamos viendo el despertar de una ciudadanía que ya no quiere aplaudir por obligación? El tiempo nos dará la respuesta. Por lo pronto, algo parece evidente: el tigre mexicano no necesariamente está despierto, pero ya abrió un ojo…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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