Sobre el camino Benjamín Bojórquez Hay una verdad incómoda que Morena debería mirar de frente: ganar elecciones no significa necesariamente...
Sobre el camino
Benjamín Bojórquez
Hay una verdad incómoda que Morena debería mirar de frente: ganar elecciones no significa necesariamente saber gobernar. Y quizá ahí se encuentra una de las mayores diferencias entre el viejo PRI y el Morena de hoy.
El PRI construyó durante décadas una maquinaria política vertical, disciplinada y territorial. Morena, en cambio, creció como una auténtica franquicia política: una marca nacional extraordinariamente poderosa que fue entregando espacios a emprendedores locales capaces de capitalizar el nombre, el movimiento y el momento político.
El modelo funcionó. Funcionó tan bien que Morena pasó, en pocos años, de ser una expresión electoral emergente a convertirse en la marca política dominante del México contemporáneo.
Pero toda franquicia tiene un problema: la marca puede ser mucho más poderosa que quienes la representan. Y ahí está el verdadero riesgo.
Cuando un partido selecciona candidatos por conveniencia electoral, acuerdos internos, popularidad momentánea o capacidad para movilizar votos, pero no evalúa con la misma severidad su integridad, su capacidad administrativa y su responsabilidad pública, tarde o temprano la factura llega.
Porque el ciudadano no separa al funcionario de la marca que lo llevó al poder. Si un alcalde falla, si un gobernador fracasa, si un legislador se corrompe o si un gobierno municipal se convierte en sinónimo de abuso, opacidad o incompetencia, el problema deja de ser exclusivamente del personaje.
La mancha comienza a caer sobre Morena. Y ese es el talón de Aquiles de una franquicia política.
El PRI conocía perfectamente el valor de la disciplina, de los controles internos y de la construcción de cuadros. Morena, por su vertiginoso crecimiento, muchas veces tuvo que reclutar a quienes ya estaban disponibles en el territorio.
Ahí entraron antiguos priistas, panistas, perredistas, empresarios, operadores sociales y políticos de toda procedencia.
La estrategia fue electoralmente brillante, pero políticamente peligrosa. Porque una cosa es sumar votos y otra muy distinta es sumar gobiernos capaces de responderle a la sociedad.
Morena puede seguir ganando elecciones durante algún tiempo gracias a la potencia de su marca, al respaldo presidencial y a la identificación que millones de ciudadanos mantienen con la llamada transformación.
Pero ninguna marca es eterna. Las marcas políticas también se desgastan. Y cuando los ciudadanos comienzan a asociar una sigla con corrupción, incompetencia, soberbia o impunidad, llega un momento en que el voto deja de premiar la marca y comienza a castigarla.
Por eso el desafío para Ariadna Montiel y para Claudia Sheinbaum no debería reducirse a conservar el territorio. El verdadero desafío es elevar la calidad de quienes gobiernan bajo el sello de Morena.
Porque de poco sirve tener la franquicia política más poderosa del país si algunos de sus franquiciatarios terminan destruyendo el prestigio construido desde arriba.
Morena tiene una ventaja que ningún partido de oposición posee hoy con la misma magnitud: una marca electoral extraordinariamente fuerte. Pero también tiene una responsabilidad proporcional a ese poder.
Y aquí está la pregunta que debería incomodar a sus dirigentes: ¿Morena está seleccionando gobernantes para transformar al país o simplemente candidatos capaces de ganar elecciones?
GOTITAS DE AGUA:
Si Morena no entiende pronto esa diferencia, puede cometer el error más caro de cualquier franquicia: creer que el valor de la marca es suficiente para ocultar indefinidamente los errores de quienes la representan.
La historia política mexicana demuestra que ninguna marca es invencible. El PRI también creyó alguna vez que su maquinaria era eterna. Hasta que los ciudadanos descubrieron que ninguna franquicia sobrevive cuando el consumidor deja de confiar en ella. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”...
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