Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Cuando la lucha de un hombre comienza dentro de sí, ese hombre vale algo”, Robert Browning (181...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“Cuando la lucha
de un hombre comienza dentro de sí, ese hombre vale algo”, Robert Browning
(1812-1889) Poeta inglés.
DESAFÍO
La violencia
contra las mujeres en Sinaloa ha dejado de ser únicamente un problema de
seguridad pública para convertirse en uno de los indicadores más preocupantes
de la crisis institucional que enfrenta el estado. Los asesinatos, las
denuncias de agresiones y las dificultades para garantizar protección efectiva
obligan a revisar una realidad que no puede explicarse solamente mediante
operativos policiales o balances gubernamentales.
En ese contexto,
el posicionamiento de Sergio “Pío” Esquer, coordinador estatal de Movimiento
Ciudadano, merece un análisis que vaya más allá de la confrontación partidista.
Su exigencia de transparentar las cifras de feminicidios y evaluar los
resultados de las estrategias de seguridad toca un asunto fundamental: la
obligación del Estado de demostrar que sus instituciones están protegiendo a
las mujeres.
La discusión
cobra mayor relevancia por los datos que han circulado sobre la violencia
feminicida. Según las cifras atribuidas a la Fiscalía General del Estado, entre
enero y septiembre de 2026 fueron asesinadas 115 mujeres en Sinaloa, de las
cuales 99 casos fueron clasificados como feminicidios y 16 como homicidios
dolosos. Son cifras que, por su gravedad, exigen una explicación pública
detallada sobre su integración y actualización.
Aquí aparece una
primera cuestión que no debe pasar inadvertida. El feminicidio y el homicidio
doloso de una mujer son categorías jurídicas diferentes, aunque ambas reflejan
la pérdida violenta de vidas. La clasificación depende de los elementos de cada
investigación, por lo que cualquier modificación estadística debe explicarse
con claridad, sin que ello signifique anticipar conclusiones sobre las
responsabilidades penales.
La transparencia
no es un asunto secundario. Cuando existen diferencias entre los reportes
mensuales, los registros de las fiscalías y las cifras difundidas públicamente,
las autoridades tienen la responsabilidad de explicar los ajustes. De lo
contrario, se abre espacio para la desconfianza ciudadana y para interpretaciones
políticas que pueden distorsionar la dimensión del problema.
Pero el debate
de fondo es todavía más amplio.
Sinaloa arrastra
una crisis de violencia que ha alterado la vida cotidiana de numerosas
comunidades. En ese escenario, las mujeres enfrentan riesgos que no se limitan
a los enfrentamientos entre grupos delictivos. La violencia familiar, las
amenazas, las agresiones sexuales, las desapariciones y los asesinatos por
razones de género requieren respuestas diferenciadas, instituciones especializadas
y mecanismos de protección que funcionen antes de que ocurra una tragedia.
No basta con
incrementar patrullajes o anunciar detenciones si una mujer que denuncia
amenazas no encuentra atención inmediata, si las órdenes de protección carecen
de seguimiento o si las investigaciones avanzan con lentitud. La eficacia de
una política pública debe medirse también por su capacidad de prevenir delitos,
no solamente por reaccionar cuando ya ocurrieron.
El antecedente
de la Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres, declarada en 2017 para
cinco municipios de Sinaloa, resulta especialmente importante. Culiacán,
Mazatlán, Ahome, Guasave y Navolato fueron incluidos en ese mecanismo
precisamente por la necesidad de implementar acciones extraordinarias de
prevención, seguridad y justicia.
A casi una
década de aquella declaratoria, la pregunta resulta inevitable: ¿qué avances
concretos han tenido las medidas adoptadas y cuáles siguen sin producir los
resultados esperados?
No se trata de
afirmar que nada se ha hecho. Existen instituciones, programas de atención,
mecanismos de denuncia y acciones gubernamentales que deben ser considerados.
Sin embargo, su existencia administrativa no demuestra por sí misma su
efectividad. Es indispensable conocer cuántas mujeres fueron protegidas
oportunamente, cuántas denuncias derivaron en investigaciones, qué proporción
de los casos llegó ante un juez y cuántas sentencias se obtuvieron.
En ese punto, la
exigencia de Sergio “Pío” Esquer encuentra una base razonable. Pedir información
pública desagregada por municipio, tipo de delito y resultado de las
investigaciones permitiría evaluar mejor las políticas de seguridad y detectar
dónde se concentran las mayores deficiencias.
También es
necesario establecer los límites de la responsabilidad política. La gobernadora
Graciela Domínguez Nava tiene la obligación de conducir y coordinar las
políticas estatales de prevención y seguridad, pero la investigación penal
corresponde a una Fiscalía con autonomía constitucional. Los municipios, por su
parte, tienen responsabilidades en prevención, atención inmediata y
coordinación policial.
Esa distribución
de facultades no debe utilizarse para evadir responsabilidades. Por el
contrario, exige mecanismos claros de colaboración, intercambio de información
y seguimiento de los casos.
Desde la
oposición, Movimiento Ciudadano tiene el derecho y la responsabilidad de
cuestionar los resultados del gobierno. Pero la crítica de Esquer ganaría mayor
fuerza si se acompaña de propuestas concretas, presupuestos identificables y
mecanismos de evaluación. La seguridad de las mujeres necesita acuerdos
institucionales capaces de trascender los calendarios electorales.
Sería un error
convertir los feminicidios en una herramienta de competencia política rumbo a
2027. También lo sería descalificar cualquier cuestionamiento por provenir de
un dirigente opositor. La gravedad del problema obliga a escuchar las críticas,
contrastarlas con evidencia y responder con acciones verificables.
Hay un componente
que merece especial atención: la prevención temprana. Muchas formas de
violencia contra las mujeres ocurren en entornos familiares, laborales o
comunitarios y pueden estar precedidas por amenazas, agresiones o conductas de
control. Identificar esos riesgos y actuar oportunamente requiere personal
capacitado, atención psicológica y jurídica, refugios disponibles y seguimiento
efectivo de las medidas de protección.
La seguridad
tampoco puede desvincularse de la autonomía económica. Una mujer que depende
financieramente de su agresor puede enfrentar mayores obstáculos para denunciar
o abandonar una situación de violencia. Por ello, la protección debe
articularse con políticas de empleo, vivienda, salud y asistencia social.
El problema
demanda, además, una revisión seria de los recursos destinados a las
instituciones responsables. No es suficiente anunciar programas si carecen de
personal, cobertura territorial o presupuesto para operar. Cada dependencia
debe explicar qué hace, cuánto invierte y cuáles son sus resultados.
En el caso de la
Fiscalía, la información sobre carpetas de investigación, judicializaciones y
sentencias permitiría identificar si existen obstáculos en la integración de
los expedientes, en la obtención de pruebas o en el acompañamiento a las
familias. No basta conocer cuántos delitos se denuncian; es indispensable saber
qué sucede después.
La discusión
planteada por Esquer también representa una oportunidad para que el Gobierno
del Estado fortalezca su comunicación pública. Reconocer la dimensión de un
problema no significa admitir que todas las políticas han fracasado. Significa
asumir que la ciudadanía merece diagnósticos completos, incluso cuando los
resultados no son favorables.
La credibilidad
gubernamental no se construye seleccionando únicamente los indicadores que
muestran avances. Se fortalece cuando las autoridades explican los retrocesos,
identifican sus causas y presentan medidas para corregirlos.
En Sinaloa,
donde la violencia ha condicionado durante años la conversación pública, la
protección de las mujeres debe ocupar un lugar prioritario y permanente. No
puede depender de una declaración opositora, de un caso que genere indignación
o de la difusión de un nuevo reporte estadístico.
La exigencia de
Sergio “Pío” Esquer es pertinente en la medida en que obliga a discutir
resultados y transparencia. Su siguiente desafío será sostener esa postura con
propuestas y seguimiento. Para las autoridades, el reto es mayor: demostrar que
la coordinación institucional puede traducirse en menos víctimas y mayor acceso
a la justicia.
Porque la
seguridad de las mujeres no se acredita con el número de reuniones celebradas,
los operativos anunciados ni los discursos pronunciados.
Se demuestra
cuando una denuncia recibe atención, cuando una amenaza se toma en serio,
cuando una medida de protección funciona y cuando un crimen no queda impune.
Y mientras una
mujer tenga que preguntarse si las instituciones podrán protegerla antes de que
sea demasiado tarde, Sinaloa seguirá teniendo una deuda que ninguna cifra
oficial puede dar por saldada.
ERRORES
Hay errores
políticos que se corrigen con una explicación, otros que requieren una disculpa
y algunos que terminan por revelar las debilidades de quienes aspiran a
gobernar. Lo ocurrido con Merary Villegas Sánchez en la Concha Acústica del
Parque Constitución pertenece a esta última categoría. Y sus consecuencias
podrían ser mucho mayores de lo que la diputada federal imagina.
Apenas comenzaba
a posicionar su aspiración por la presidencia municipal de Culiacán cuando una
asamblea informativa de Morena terminó convirtiéndose en una crisis de imagen,
sensibilidad y credibilidad. El problema no fue solamente la utilización de un
espacio público, sino que su actividad coincidió con una presentación infantil
de danza previamente programada, obligando a las familias a trasladarse a unas
canchas expuestas al sol.
Las madres
denunciaron que las niñas llevaban meses preparándose y que habían solicitado
el espacio desde abril. En medio de la reubicación, también se reportó que un
menor necesitó atención por complicaciones relacionadas con el calor. La imagen
política resultó devastadora: mientras una aspirante hablaba de cercanía con el
pueblo, familias que habían organizado una actividad cultural enfrentaban las
consecuencias de una decisión administrativa que terminó favoreciendo al acto
político.
Y aquí aparece
el primer error de Merary: no dimensionar lo ocurrido.
Su reacción
inicial fue asegurar que desconocía la situación, defender la existencia de un
permiso y cuestionar si las madres contaban con documentación. Aunque sostuvo
que el espacio le había sido autorizado, la respuesta transmitió una
preocupación mayor por justificar su evento que por reconocer inmediatamente el
malestar de las familias.
Después llegó el
segundo problema. Se conoció un oficio fechado el 14 de octubre, relacionado
con la solicitud del espacio, que contenía la anotación de extemporáneo.
Además, surgieron cuestionamientos sobre las diferencias entre el área
solicitada y la utilizada. Esos documentos requieren una aclaración completa
por parte de las autoridades responsables de las instalaciones, pero
políticamente debilitaron la defensa pública de la legisladora.
La tercera
equivocación fue intentar reparar el daño cuando la indignación ya había
crecido. Merary ofreció disculpas, aseguró que había hablado con la maestra de
las niñas y manifestó su disposición de apoyar una nueva presentación. El gesto
era necesario, pero llegó después de una respuesta inicial que había dejado una
impresión desfavorable.
Una disculpa
puede reconocer un error, pero no necesariamente recupera la confianza perdida.
También existe
una responsabilidad que corresponde al Ayuntamiento de Culiacán y a los
administradores del espacio. Deben explicar quién autorizó las actividades, qué
permisos existían y por qué se permitió una coincidencia que perjudicó a las
familias. Sería incorrecto atribuir exclusivamente a Villegas todas las
decisiones administrativas sin esclarecer esa cadena de responsabilidades.
Sin embargo, en
política la responsabilidad no termina donde comienza la competencia formal de
una autoridad. Quien aspira a gobernar debe demostrar capacidad para anticipar
conflictos, escuchar inconformidades y resolver problemas antes de que se
conviertan en crisis.
Y eso fue
precisamente lo que faltó.
Merary Villegas
llegó a esta etapa con trayectoria partidista, experiencia legislativa y una
aspiración legítima dentro de Morena. Su registro para la coordinación
municipal pretendía proyectarla como una opción competitiva rumbo a 2027. Pero
en cuestión de horas, la conversación pública dejó de concentrarse en sus
propuestas para Culiacán y comenzó a girar alrededor de las niñas desplazadas,
los permisos cuestionados y sus explicaciones posteriores.
El costo
político es particularmente delicado porque ocurre al inicio del proceso
interno, cuando los aspirantes necesitan ampliar su aceptación ciudadana y
evitar episodios que comprometan su imagen.
Mientras otros
perfiles, como Tere Guerra y Jesús Ibarra, buscan construir posicionamiento
dentro de Morena, Merary tendrá que dedicar parte de sus esfuerzos a recuperar
una credibilidad que ella misma contribuyó a deteriorar con su manejo de la
controversia.
No existe
todavía una encuesta pública que permita afirmar que su aspiración está
matemáticamente descartada. Pero desde el análisis político, considero que este
episodio puede representar el punto de quiebre de su proyecto por la alcaldía.
Y no
necesariamente por el error administrativo original, sino por las pifias
cometidas al intentar justificarlo.
La política
contemporánea exige algo más que experiencia, estructura y capacidad de
convocatoria. Exige sensibilidad. Una persona que pretende gobernar Culiacán
debe comprender que ninguna concentración partidista puede resultar más
importante que el respeto a los ciudadanos y sus actividades.
Merary todavía
podrá participar en el proceso interno y defender sus aspiraciones. Ese derecho
permanece intacto. Lo que quedó seriamente comprometido es la confianza que
necesita para convertirse en una alternativa convincente.
En mi lectura,
su carrera por la alcaldía de Culiacán recibió un golpe que puede resultar
definitivo. No porque sus adversarios hayan construido una estrategia para
desplazarla, sino porque una actividad destinada a fortalecer su candidatura
terminó exhibiendo debilidades en su capacidad de respuesta.
Quiso iniciar su
camino hacia el Ayuntamiento hablando de transformación, pero terminó
explicando por qué unas niñas tuvieron que cambiar de escenario.
Y esa es la
contradicción que puede marcar el final de su aspiración.
Porque en
política no siempre se pierde una candidatura en las urnas o en las encuestas.
A veces se pierde mucho antes, cuando se demuestra que todavía no se entiende a
quién se pretende representar.
REGISTRO
La carrera
política por la presidencia municipal de El Rosario comienza a tomar forma y
Mailen Delgado Rendón ha decidido entrar a la competencia interna de Morena con
un elemento que puede jugar a su favor: una trayectoria de tres décadas en la
vida pública y el conocimiento de la administración municipal.
Su registro para
la Coordinación Municipal de los Comités de Defensa de la Transformación y la
Soberanía Nacional estuvo acompañado de una importante movilización de
simpatizantes, una señal de capacidad de convocatoria que, aunque no garantiza
resultados, sí representa un punto de partida para sus aspiraciones.
Delgado Rendón
cuenta con experiencia en áreas estratégicas del Ayuntamiento. Fue tesorera
municipal durante la administración de Teresa Osuna, mientras que con Claudia
Valdez desempeñó responsabilidades como oficial mayor y secretaria del
Ayuntamiento. A ello suma su paso por la docencia en Cobaes y Conalep.
Esta combinación
de experiencia administrativa, formación educativa y relaciones políticas
constituye una de sus principales fortalezas. Sin embargo, también la coloca
frente a la responsabilidad de explicar qué resultados obtuvo en sus anteriores
encargos y qué propone hacer diferente por el municipio.
Su incorporación
ocurre cuando la diputada Rosario Sarabia Soto también ha formalizado sus
aspiraciones, anticipando una competencia interna que podría definirse tanto
por el trabajo territorial como por la capacidad de construir acuerdos.
Para Mailen
Delgado, el desafío será transformar sus años de experiencia en una propuesta
que conecte con las necesidades actuales de las comunidades rosarenses.
Porque conocer
el funcionamiento de un Ayuntamiento representa una ventaja, pero convencer a
los ciudadanos de que se puede gobernar mejor es lo que verdaderamente marca la
diferencia.
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