Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “La libertad es un hecho, y entre los hechos que observamos, no hay ninguno que sea más claro”, He...
Entre Veredas
Marco Antonio
Lizárraga
“La libertad es un hecho, y entre los hechos que observamos, no hay ninguno que sea más claro”, Henri Bergson (1859-1941)
LAS CARTAS
La política
sinaloense entró en una nueva etapa. Ya no se mueve únicamente bajo las
inercias tradicionales del poder, ni tampoco bajo el dominio absoluto de una
sola fuerza política. Lo que ocurre hoy en Sinaloa es más profundo: el desgaste
institucional comenzó a modificar el humor social y eso, inevitablemente,
altera el mapa rumbo al 2027.
La crisis
política derivada del caso Rubén Rocha Moya no solo golpeó al gobierno estatal;
también abrió una ventana que la oposición llevaba años esperando. Por primera
vez desde la llegada de Morena al poder, los partidos opositores perciben que
existe una posibilidad real de competir. Pero una cosa es detectar debilidad en
el adversario y otra muy distinta construir una alternativa capaz de convencer
a un electorado cansado, polarizado y desconfiado.
Porque si algo
parece comenzar a marcar el próximo proceso electoral es que la ciudadanía ya
no está observando únicamente colores partidistas. El tema de fondo será otro:
quién puede devolver estabilidad, gobernabilidad y certidumbre a Sinaloa.
Morena llegará
al 2027 con una paradoja compleja. Sigue siendo la fuerza política con mayor
estructura territorial, con más alcaldes, con presencia legislativa y con el
respaldo de los programas sociales federales. Eso no desaparece de la noche a
la mañana. Pero también llegará con un desgaste que hace apenas unos años
parecía impensable.
La narrativa de
transformación comenzó a fracturarse frente a la percepción pública de
inseguridad, confrontación política y desgaste institucional. Y cuando un
gobierno pierde la capacidad de transmitir estabilidad, el ciudadano empieza a
buscar opciones, aunque no necesariamente esté convencido de ellas.
Ahí es donde
aparece el verdadero problema de la oposición: tiene nombres, pero todavía no
tiene proyecto.
Dentro del PRI,
el nombre más adelantado sigue siendo Mario Zamora Gastélum. No porque tenga el
camino libre, sino porque ya recorrió el estado, conoce la dinámica electoral y
mantiene presencia política constante. Su experiencia y estructura lo colocan naturalmente
en la conversación. Sin embargo, también arrastra el peso histórico de un
priismo que para muchos ciudadanos representa una etapa que no necesariamente
desean revivir.
Mario tiene una
ventaja importante: puede hablarle al voto tradicional, al empresarial y a
sectores productivos que hoy observan con preocupación la situación estatal.
Pero su reto será convencer a las nuevas generaciones y al electorado
apartidista de que representa algo más que una reedición del pasado.
En paralelo, el
PRI comienza a mover perfiles generacionales que intentan refrescar la marca
política. Paloma Sánchez Ramos representa justamente eso. Tiene proyección
nacional, discurso mediático y una narrativa más moderna dentro del priismo. Su
condición de senadora le da visibilidad, pero todavía enfrenta el reto de
consolidar arraigo territorial en un estado donde las campañas aún se ganan
caminando municipios, no solamente posicionándose en medios nacionales.
Paola Gárate
también empieza a aparecer en la conversación interna del priismo. Su fortaleza
no está tanto en el reflector nacional, sino en la operación política local y
en el control partidista. Conoce la estructura, tiene cercanía con cuadros
priistas y presencia legislativa. Pero, igual que otros perfiles del PRI,
enfrenta el desafío de romper el techo partidista que limita actualmente a la
oposición tradicional.
El PAN, por su
parte, atraviesa una situación distinta. Ha logrado mantener un discurso de
confrontación frontal frente a Morena, particularmente a través de Roxana Rubio
Valdez, quien se convirtió en uno de los rostros más visibles de la oposición
legislativa y partidista. Roxana ha entendido algo importante: en tiempos de
crisis, la visibilidad política muchas veces se construye desde la
confrontación.
Sin embargo, el
panismo sinaloense enfrenta una realidad estructural difícil: por sí solo no
parece tener capacidad suficiente para competir por la gubernatura. Necesita
alianza, necesita estructura complementaria y necesita una candidatura que
logre salir del voto tradicional panista.
Y es
precisamente ahí donde comienzan a cobrar fuerza los perfiles ciudadanos y
empresariales.
Bosco de la Vega
y Juan Pablo Castañón representan una posibilidad distinta dentro del escenario
opositor. Ambos tienen reconocimiento en sectores productivos, empresariales y
económicos. Ambos pueden construir un discurso centrado en estabilidad, inversión,
desarrollo y seguridad institucional. Y ambos tienen algo que hoy parece
escasear en la política: credibilidad técnica.
Particularmente
Juan Pablo Castañón podría encajar en un contexto donde el electorado busque
perfiles menos polarizantes y más institucionales. Su experiencia nacional
dentro del sector empresarial le da un perfil distinto al político tradicional.
Pero también existe un problema evidente: una candidatura ciudadana sin
estructura partidista difícilmente sobrevive en una elección estatal tan
compleja como la sinaloense.
Movimiento
Ciudadano aparece como una incógnita interesante. La salida de Sergio Torres
del escenario competitivo modifica el tablero interno y coloca a Sergio Esquer
Peiro como uno de los perfiles visibles del partido naranja en Sinaloa. MC
apuesta a construir una narrativa distinta, menos ligada a los partidos
tradicionales y más cercana al desencanto ciudadano.
Pero el problema
de Movimiento Ciudadano sigue siendo el mismo en gran parte del país:
crecimiento mediático no siempre significa estructura electoral. Y en Sinaloa,
las estructuras siguen pesando.
El 2027 podría
terminar convirtiéndose en la elección más abierta de los últimos años, pero
también en la más impredecible. Porque el ciudadano sinaloense parece
encontrarse en un punto intermedio: existe desgaste hacia Morena, pero tampoco
hay un entusiasmo desbordado hacia la oposición.
Eso genera un
escenario peligroso para todos los partidos.
Para Morena,
porque ya no podrá depender únicamente del arrastre presidencial ni de la
narrativa de cambio. Para la oposición, porque no bastará con señalar errores
gubernamentales; tendrá que demostrar capacidad real de gobernar.
La próxima
elección estatal probablemente no será ideológica. Será emocional e
institucional. El electorado buscará estabilidad, seguridad, gobernabilidad y
confianza.
Y ahí estará la
verdadera batalla.
Porque en
Sinaloa, rumbo al 2027, todavía nadie tiene asegurada la victoria… pero tampoco
nadie puede sentirse derrotado.
TIRO DE PRECISIÓN
En política,
pocas inversiones generan resultados inmediatos. La infraestructura educativa
es una de ellas. No produce aplausos rápidos como una gran obra vial ni genera
el impacto mediático de proyectos espectaculares, pero sí construye algo más
importante: presencia social y percepción de cercanía con las familias.
La decisión de
la alcaldesa de Estrella Palacios Domínguez de destinar 20 millones de pesos a
infraestructura educativa durante 2026 tiene una lectura que va más allá de las
bardas, canchas o salas de cómputo. Representa una estrategia política y social
enfocada en uno de los sectores más sensibles para cualquier gobierno: las
escuelas.
Mientras otros
gobiernos municipales suelen concentrar sus recursos en obras de alto impacto
visual, la administración mazatleca parece apostar por una política de
presencia comunitaria. Cada mejora en un plantel conecta directamente con
padres de familia, docentes y comunidades enteras, particularmente en zonas
rurales donde históricamente las necesidades educativas han quedado rezagadas.
No es casual que
parte importante de las obras se realicen fuera del centro urbano del puerto.
Villa Unión, El Castillo y El Chilillo reflejan una intención de mantener
presencia territorial en sindicaturas y comunidades que también forman parte
del peso político-electoral de Mazatlán.
Sin embargo, el
verdadero reto no será anunciar inversiones, sino sostenerlas. En un contexto
económico complejo y con presiones crecientes sobre los municipios, la
continuidad de estas acciones será la que determine si el proyecto logra
consolidarse como una política pública real o queda solamente como parte del
discurso gubernamental.
Porque al final,
invertir en educación no solo mejora escuelas. También fortalece la imagen de
un gobierno que busca proyectarse como cercano, social y con visión de largo
plazo rumbo a los próximos años políticos del puerto.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
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