Sobre el camino Benjamín Bojórquez La política tiene una habilidad inquietante para disfrazarse de virtud. Edmond Thiaudiere lo advirtió co...
Sobre el camino
Benjamín Bojórquez
La política tiene una habilidad inquietante para disfrazarse de virtud. Edmond Thiaudiere lo advirtió con crudeza: se trata del arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve. Esa frase, lejos de ser una provocación intelectual, es un espejo incómodo que hoy refleja con nitidez el comportamiento de buena parte de nuestra clase política.
La lealtad —esa palabra que tanto se pronuncia y tan poco se comprende— ha sido reducida a una moneda de cambio. Se invoca cuando conviene, se abandona cuando estorba. Se confunde con obediencia, con silencio, con conveniencia. Pero la lealtad verdadera no se negocia con el clima político ni se ajusta al humor del poder; se sostiene en los momentos difíciles, cuando el costo de mantenerla deja de ser simbólico y se vuelve real.
Hoy vemos un fenómeno tan viejo como la política misma: el desplazamiento del afecto hacia donde sopla el viento. Ayer abundaban las fotografías, los elogios, las presencias oportunas alrededor del poder. Hoy, en el momento de la incomodidad, ese coro se diluye, se dispersa, se reacomoda. No es una sorpresa, pero sí una evidencia dolorosa de la fragilidad de los compromisos públicos.
No se trata de defender a una figura en particular ni de construir narrativas de victimización. Se trata de señalar una conducta estructural: la rapidez con la que algunos abandonan convicciones aparentes para buscar un nuevo centro de gravedad política. Es el reflejo de una cultura donde la cercanía al poder sustituye a los principios, y donde la lealtad se mide en términos de conveniencia personal.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué tipo de lealtad puede ofrecer alguien que no es capaz de sostenerse a sí mismo en sus propios principios? Si la fidelidad a las ideas es frágil, la fidelidad a las personas es simplemente una ilusión. Y entonces la política se convierte en un juego de simulaciones donde todos aparentan compromiso, pero pocos están dispuestos a asumir sus consecuencias.
Existe, además, un elemento más corrosivo: el miedo. Miedo a perder espacios, a quedar fuera, a no “salir en la foto”. Ese miedo, silencioso pero poderoso, transforma la lealtad en sumisión. No es una adhesión libre, es una estrategia de supervivencia. Y cuando la política se ejerce desde el temor, deja de ser un espacio de representación para convertirse en un mecanismo de autoprotección. Porque en política, como muchos saben aunque pocos admiten, la caída de uno suele ser vista como la oportunidad de otro. Y ahí es donde la ética se diluye por completo.
“Muerto el rey, viva el rey” no es solo una frase histórica; es una práctica vigente. Pero lo verdaderamente preocupante no es el relevo del poder, sino la ligereza con la que se abandonan las convicciones en ese proceso. La renovación política debería ser un ejercicio de responsabilidad, no un desfile de oportunismos.
Nadie en política es completamente puro, eso también es cierto. Pero entre la imperfección y el cinismo hay una distancia enorme. Y es precisamente en ese espacio donde se define la calidad de una clase política.
GOTITAS DE AGUA:
Tal vez el verdadero problema no sea la falta de lealtad hacia las personas, sino la ausencia de lealtad hacia algo más profundo: la coherencia, la dignidad, la palabra dada. Porque cuando eso desaparece, lo que queda no es política, sino una puesta en escena donde los actores cambian de papel según la conveniencia del momento. Y la sociedad pública, que observa, que registra, que recuerda, termina pagando el costo de esa simulación. El saco está a disposición de cualquier mortal. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”...
.png)
