En la raya. José Luis López Duarte El rochismo como gobierno de Sinaloa representa, sin duda, uno de los mayores fracasos históricos que h...
En la raya.
José Luis López Duarte
El rochismo como gobierno de Sinaloa representa, sin duda, uno de los mayores fracasos históricos que ha vivido esta entidad, y un golpe profundo para más de cinco décadas de lucha social en pro de la democracia y el progreso. Este periodo quedó marcado por una decepción monumental, pues ninguna corriente democrática ni pensamiento progresista respaldaron su gestión, lo que genera aún hoy cuestionamientos sobre las razones detrás de su colapso. Sin embargo, más allá de buscar explicaciones en el pasado o atribuirlo a factores externos, la cruda realidad demuestra la torpeza política y los errores fundamentales cometidos desde el inicio.
Desde el primer día en que Rocha fue electo gobernador, se evidenció su mayor fallo: la desconfianza en sus propias fortalezas políticas y la decisión fatídica de aliarse con fuerzas oscuras que garantizaban su triunfo electoral. Esta alianza no solo fue ingenua, sino suicida; significó entregar el poder político y la esencia del arte de gobernar a intereses ajenos que poco a poco se convirtieron en patrón, transformando al gobernador en un simple vasallo de esos poderes ocultos. En lugar de fortalecer su proyecto, acabó por destruir a sus adversarios políticos, sin notar que ello consolidaba a sus verdaderos controladores y desvanecía cualquier posibilidad de autonomía.
Las pasiones desmedidas por el poder cegaron su juicio, diluyendo el pensamiento crítico y la razón hasta oscurecer completamente. Rocha olvidó que no gobierna en una isla aislada, sino dentro de una sociedad, un estado y un país inmersos en un entramado global complejo. Reducir la visión a un egocentrismo fatal fue el inicio del declive, pues al creerse el único y mejor gestor, perdió la perspectiva indispensable para conducir un gobierno moderno y responsable.
Este camino errático lo llevó a construir una antítesis del lema que promovió —no mentir, no robar, no engañar—, alcanzando su punto más bajo cuando intentó vulnerar la autonomía de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), uno de los mayores patrimonios culturales e históricos del estado. Ignorando la historia de intentos fallidos anteriores, mostró una desconexión absoluta con los valores y necesidades de la sociedad sinaloense. Así, su administración cayó en una espiral de corrupción creciente, nepotismo disfrazado y una pretensión criminal de alcanzar logros mediante métodos ilícitos y deshonestos.
La quiebra ética y política ya estaba consumada, sólo era cuestión de tiempo para que el orden se desmoronara por completo. Y así fue: en el otoño de su sexenio, con la ruina acumulada sobre sus hombros, justo antes de cumplir cuatro años en el cargo, comenzó una crisis de inseguridad y violencia sin precedentes. La fractura entre grupos criminales generó un caos tal que pulverizó al gobierno y lo condujo al exilio político. Esta debacle no solo puso en evidencia el fracaso total de su administración, sino que dejó a la población en un estado constante de miedo, incertidumbre y desamparo.
A casi cinco años de su elección, Sinaloa enfrenta heridas profundas: miles de muertes y desaparecidos, un daño económico irreversible con más de 40,000 empleos perdidos y 10,000 negocios cerrados. Además, la violencia y la inseguridad alcanzaron niveles alarmantes con robos, asaltos y enfrentamientos cotidianos que han convertido la vida diaria en una constante batalla por la supervivencia y la tranquilidad mínima. La ausencia de un gobierno funcional y autoritario se siente en cada familia, en cada calle y en cada rincón del estado.
En conclusión, el discurso y las promesas del rochismo quedaron sepultados bajo la corrupción, la violencia y el abandono institucional. Más que un gobierno, fue un proceso de destrucción sistemática del tejido social y político de Sinaloa. Ahora, la gran pregunta que queda es si esta civilización política tiene futuro o si hemos llegado al límite de una historia que parece condenada a la repetición de los mismos errores y tragedias. Ojalá que no sea así, pero para lograrlo, será indispensable hacer una autocrítica profunda, recuperar la confianza ciudadana y construir un proyecto verdaderamente democrático, plural y comprometido con el desarrollo sostenible y el bienestar colectivo. Sinaloa merece mucho más que un capítulo tan oscuro y doloroso en su historia.
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