Columna periodística Carlos Avendaño Negarlo todo desde el cargo. En la política mexicana, existen dos cosas que nunca se sueltan: el discur...
Columna periodística
Carlos Avendaño
Negarlo todo desde el cargo. En la política mexicana, existen dos cosas que nunca se sueltan: el discurso y el puesto. El senador Enrique Inzunza salió a rechazar -con toda la contundencia que permite un micrófono abierto- las acusaciones provenientes de los Estados Unidos sobre presuntos vínculos con el narcotráfico. “Falsedades y calumnias”, dijo Enriqueto. Y anunció que las refutaría sin moverse de su escaño. Porque claro, ¿Para qué hacerse a un lado cuando se puede defender uno desde la comodidad del cargo? El argumento es impecable en su lógica interna: el pueblo lo eligió, el pueblo lo respalda, el pueblo merece que se quede. Y mientras tanto, la duda -está incómoda invitada- se queda afuera, esperando turno. Aquí nadie renuncia, aquí se resiste, y no por falta de opciones, sino por exceso de convicción o de cálculo. Porque en este país, enfrentar señalamientos no implica necesariamente separarse del poder. Al contrario: a veces el poder es el mejor escudo. Desde ahí se responde, se descalifica, se encuadra la narrativa. Se convierte la acusación en ataque político y la defensa en acto de dignidad institucional. Todo está en orden, todo está bajo control. El senador Inzunza Cázarez asegura que su trayectoria está guiada por principios: dignidad, integridad, compromiso con la ley. Palabras grandes, de esas que lucen bien en comunicado oficial, y mejor en conferencias de prensa. El detalle es que, en política, las palabras no se miden por su peso retórico, sino por su resistencia a la realidad. Pero aquí viene lo interesante: mientras unos piden licencia “temporal”, otros se quedan firmes “por responsabilidad”. Dos estilos distintos para enfrentar el mismo tipo de tormenta. Unos se hacen a un lado para que baje el ruido; otros se quedan para ver si el ruido se acostumbra. Estrategias diferentes, objetivo común: sobrevivir. Y mientras el tablero en Sinaloa sigue moviéndose con precisión quirúrgica, el mensaje es claro: no importa la acusación, importa la narrativa. No importa el cuestionamiento, importa quién lo cuenta y desde dónde. Porque al final, en la política mexicana, la verdad no siempre se defiende con hechos. A veces basta con decirla en voz alta y con cargo vigente. Y para cerrar con la elegancia incómoda que caracteriza estos tiempos: siempre habrá quien, desde la tribuna, convierta la indignación en espectáculo y la defensa en monólogo de larga duración. Voces que no bajan el volumen porque el volumen es, precisamente, su principal argumento. En este país, la coherencia no es requisito, sino que es opcional…
El arte de borrar sin borrar nada. En política, la memoria dura lo que dura un clic. La senadora Imelda Castro decidió hacer limpieza digital: fuera fotos, fuera menciones, fuera cualquier rastro que la vincule con el ahora ex gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya. Como si el pasado fuera un archivo pesado que estorba en el teléfono y se pudiera mandar a la papelera. Pero hay un pequeño detalle: la historia no tiene botón de eliminar. Porque más allá de lo que desaparezca de las redes, hay registros públicos imposibles de editar: en 2021, Imelda Castro y Rubén Rocha caminaron en la misma fórmula. Política en dupla, campaña compartida, proyecto conjunto. Esto no se borra con un “refresh”. Y claro, en tiempos de turbulencia, los deslindes son deporte olímpico. Cada quien corre por su carril, se sacude el polvo y jura que siempre estuvo del lado correcto de la historia, aunque hace unos meses saliera en la foto principal. ¿Pragmatismo? ¿Supervivencia? ¿Conveniencia? Llámelo como usted quiera estimado lector. En política, cambiar de narrativa no es traición, sino que es actualización. Porque aquí nadie se equivoca: solo se reposiciona. Lo interesante no es que se borren las fotos. Lo meramente interesante es la prisa por borrarlas. Como si el problema fuera la evidencia y no la relación que la generó. Y mientras tanto, el ciudadano -ese espectador que sí recuerda- ve cómo el discurso se reescribe en tiempo real. Hoy distancia y ayer cercanía. Hoy cautela y ayer entusiasmo. Hoy silencio en donde antes había aplausos. También habrá quien diga que es normal: en política todos se deslindan cuando el clima cambia. Y sí, es normal. Tan normal como que nadie quiera cargar con costos que ya no pagan dividendos. Pero aquí la pregunta incómoda no es por qué se borran las fotos, ¿Es por qué se tomaron? Porque el problema nunca ha sido la imagen, sino lo que representa. Y para cerrar con broche de oro: habrá quien conserve en su galería ciertos retratos con tribunos de verbo encendido, de estos que hacen de la indignación un espectáculo itinerante, no por convicción, sino por cálculo. Fotos que no se borran, no porque no se pueda, sino porque todavía sirven. En política, hasta la coherencia es selectiva…
Licencias, movimientos y el arte de no decir nada (pero decirlo todo). En la política mexicana, las coincidencias no existen, solo existen los tiempos perfectos. El ahora ex gobernador Rubén Rocha Moya decidió hacer una pausa. Temporal, dicen, estratégica, parece. Necesaria, seguramente pero no precisamente para él. Porque pedir licencia en Sinaloa no es retirarse: es hacerse a un lado sin soltar la silla. Es dejar el espacio sin dejar de pertenecer al espacio. Una especie de limbo político en donde no se gobierna, pero tampoco se responde. Y mientras una silla entra en “modo espera”, en otra parte del tablero alguien también se mueve. Julio Berdegué dejó la Secretaría de Agricultura. No se cae, no se va, no se pierde, solo se reubica. Se acerca a las “negociaciones internacionales” dentro del equipo de Claudia Sheinbaum. Es decir: cambia de cancha, pero sigue jugando en primera división. Casualidad, claro. Porque en México, cuando dos piezas importantes se mueven al mismo tiempo, siempre es coincidencia. Como cuando llueve justo el día que olvidaste el paraguas, pero con presupuesto público. Uno pide licencia porque todo está bajo control. El otro deja un cargo porque todo está bajo control. Y todos coinciden en que todo está bajo control. Lo interesante no es lo que pasa, es lo que parece no pasar. Porque mientras oficialmente no hay relevo, extraoficialmente ya hay narrativa. Mientras nadie habla de sustituciones, el tablero empieza a despejarse con una eficiencia sospechosamente ordenada. Aquí nadie está llegando, pero alguien ya está más cerca. Aquí nadie se va, pero alguien ya no estorba. Y en medio de todo, el ciudadano recibiendo el comunicado institucional: tranquilidad, institucionalidad, procesos. Palabras bonitas para describir algo que suena mucho más simple: reacomodo. Lo fascinante del sistema político mexicano no es que se mueva, es que se mueve sin admitir que está moviéndose. Como si el cambio fuera una ilusión óptica, aunque todos puedan verlo. Porque al final, nadie necesita anunciar un relevo cuando el escenario ya está preparado. Nadie necesita confirmar una jugada cuando las piezas ya están en posición. Y aquí, entre licencias “temporales” y salidas “estratégicas”, el mensaje no se dice, pero se entiende. En política el silencio no es vacío es instrucción…
Cuando la recomendación suena a advertencia. En medio del ruido político, trascendió que en MORENA se ha alertado a los cuadros y a los militantes sobre posibles riesgos al viajar a los Estados Unidos. No es un mensaje menor. Porque cuando un partido en el poder sugiere cautela para pisar territorio de su principal socio comercial, lo que se refleja no es prudencia, es tensión. Y la lectura es inevitable: algo cambió. No se trata de turismo, se trata de contexto. Entre señalamientos, versiones de investigaciones y el endurecimiento del discurso desde Washington, el ambiente dejó de ser rutinario. Y cuando la política entra en este terreno, hasta las decisiones personales -como viajar- se vuelven tema. Ahora bien, convertir una alerta interna en una prohibición general también sería exagerar. Pero minimizar sería ingenuo. Porque en política, los mensajes no siempre se dicen abiertamente, a veces se sugieren. Y cuando se sugiere cautela hacia los Estados Unidos, la señal es por demás más que clara: la relación no está en su mejor momento. Al final, la pregunta no es si alguien debe o no viajar. La pregunta es porqué se llegó al punto donde esto siquiera se discute. Porque cuando el poder empieza a mirar hacia afuera con recelo, es porque hacia adentro algo no está del todo en orden…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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