Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Me opongo a toda superstición, sea musulmana, cristiana, judía o budista”, Bertrand Russell (18...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“Me opongo a
toda superstición, sea musulmana, cristiana, judía o budista”, Bertrand Russell
(1872-1970) Filósofo, matemático y escritor británico..
GOLPE BAJO
El debate no es
nuevo, pero sí profundamente sensible. El uso del ahorro de los trabajadores
como palanca de desarrollo vuelve al centro de la discusión nacional tras la
aprobación, en el Senado de la República, de la ley impulsada por Claudia
Sheinbaum Pardo, que abre la puerta para destinar hasta el 30 por ciento de los
recursos de las Afores a proyectos de infraestructura estratégica.
Sobre el papel,
la narrativa resulta atractiva: detonar crecimiento, financiar obras de gran
calado y movilizar capital interno sin recurrir a deuda externa.
En un país con
rezagos históricos en infraestructura, la idea de aprovechar los más de 6
billones de pesos administrados por las Afores parece, incluso, lógica.
El argumento de
la mayoría legislativa es claro: convertir el ahorro en motor de desarrollo.
Pero en política
—y más aún en economía pública— el fondo siempre pesa más que la forma.
Aquí no se
discute únicamente la viabilidad de invertir en infraestructura, sino la
naturaleza del recurso que se pretende utilizar. No es dinero del Estado. No es
una bolsa presupuestal ordinaria.
Es el ahorro
individual de más de 73 millones de mexicanos, construido a lo largo de años de
trabajo, bajo la promesa de garantizar una vejez digna.
Ahí es donde
emerge la línea más delicada.
El antecedente
histórico no es menor. Cuando en el pasado se recurrió a esquemas similares
—aunque con matices distintos—, la discusión giró en torno a la confianza:
¿puede el Estado administrar, directa o indirectamente, recursos privados sin
poner en riesgo su destino original?
La respuesta
nunca ha sido del todo contundente, y la percepción pública suele inclinarse
hacia la cautela.
La oposición lo
ha señalado con claridad: el riesgo no es solo financiero, sino institucional.
Sin un mecanismo
explícito de consentimiento de los trabajadores, el uso de estos fondos puede
interpretarse como una decisión unilateral que tensiona la relación entre
gobierno y ciudadanos en un tema particularmente sensible: el retiro.
Y es que el
problema no radica necesariamente en invertir —las Afores ya lo hacen—, sino en
quién define el destino, bajo qué criterios y con qué nivel de transparencia.
Porque si algo
enseña la experiencia internacional es que los fondos de pensiones pueden ser
instrumentos poderosos de desarrollo… siempre que existan reglas claras,
contrapesos efectivos y, sobre todo, certidumbre para los ahorradores.
En el fondo, la
reforma plantea una pregunta incómoda pero inevitable: ¿estamos frente a una
estrategia financiera de largo plazo o ante una tentación política de corto
alcance?
La diferencia es
crucial.
Si los proyectos
en los que se invertirá cumplen con estándares técnicos, rentabilidad asegurada
y supervisión autónoma, el modelo podría incluso fortalecer el sistema. Pero si
se convierten en vehículos de decisiones discrecionales o apuestas con alto riesgo,
el costo no será inmediato… pero sí inevitable.
Porque el
tiempo, en materia de pensiones, no perdona errores.
Más allá de la
votación —84 a favor, 28 en contra—, lo verdaderamente relevante será lo que
ocurra después: la implementación, la vigilancia y la rendición de cuentas.
Ahí se jugará
todo.
Porque cuando se
toca el ahorro de los trabajadores, no solo se mueve dinero: se mueve
confianza. Y en política, perder la confianza suele ser más caro que cualquier
obra de infraestructura.
PASO AL FRENTE
La política
sinaloense comienza a moverse con discreción —pero con claridad—, las encuestas
vuelven a ser ese termómetro que, más allá de medir, también proyecta. La más
reciente de la casa Demoscopía Digital coloca a Juan de Dios Gámez Mendívil
como el alcalde mejor evaluado de Sinaloa, con un 56.6 por ciento de
aprobación. Un dato que, en cualquier contexto, no pasa desapercibido.
Pero aquí no se
trata solo de números.
El propio
alcalde ha sido enfático: no hay aspiración, no hay cálculo electoral, no hay
mirada puesta en 2027. Solo trabajo. Solo Culiacán. Solo la agenda inmediata.
Un discurso que, en la lógica institucional, resulta correcto. Incluso
necesario.
Sin embargo, en
la lógica política… pocas veces es definitivo.
Porque si algo
enseña la dinámica del poder es que las candidaturas no siempre se construyen
desde la ambición declarada, sino desde la viabilidad medida. Y hoy, los
números colocan a Gámez Mendívil en una posición que, quiera o no, lo inserta
en la conversación.
La clave de su
aprobación —según su propia narrativa— está en la cercanía, en la escucha, en
el contacto directo con la ciudadanía. Una fórmula que, en términos de gobierno
municipal, suele rendir frutos. Pero también es cierto que las encuestas, más
que premiar estilos, reflejan contextos.
Y el contexto de
Culiacán no es menor.
Gobernar la
capital de Sinaloa implica hacerlo en medio de tensiones sociales, retos en
seguridad, exigencias económicas y una ciudadanía cada vez más crítica. En ese
escenario, sostener un nivel de aprobación por encima del 50 por ciento no solo
habla de gestión, sino de control político del entorno.
Ahí está el
verdadero dato.
Porque en el
fondo, las encuestas no solo miden popularidad: miden viabilidad. Y en la
antesala de un proceso como el de 2027, cada porcentaje comienza a tener
lectura política.
El listado de
Demoscopía no es casual. Ahí también aparecen nombres como Antonio Menéndez en
Ahome y José Paz López en Badiraguato, lo que confirma que el mapa político
local empieza a perfilar liderazgos territoriales. Pero no todos juegan en la
misma cancha.
Culiacán pesa
más. Y quien gobierna Culiacán, inevitablemente, entra en la ecuación estatal.
Por eso, más
allá de la negativa del alcalde, la pregunta no es si quiere, sino si podrá
mantenerse al margen cuando el escenario lo empuje. Porque en política, la
ausencia de intención no siempre resiste la presión de la oportunidad.
Y si algo es
claro, es que las oportunidades no se anuncian: se construyen… muchas veces sin
decirlo.
De aquí en
adelante, cada acción, cada decisión y cada resultado en la administración
municipal comenzará a leerse no solo como gestión, sino como posicionamiento.
Porque aunque
hoy el discurso sea de enfoque local, el radar político ya lo colocó en otro
nivel.
Y en Sinaloa,
cuando eso ocurre, difícilmente hay vuelta atrás.
DESDE CERO
En política hay
cargos que se reciben con estructura, con inercia y hasta con ventaja. Y hay
otros —los más complejos— que implican comenzar desde cero, con más dudas que
certezas. Ese parece ser el escenario que enfrenta Sergio “Pío” Esquer Peiro al
frente de Movimiento Ciudadano en Sinaloa.
El reto no es
menor. MC en la entidad no es, hoy por hoy, una fuerza determinante. Carece de
una base sólida, de cuadros ampliamente reconocidos y, sobre todo, de una
narrativa que conecte con la realidad sinaloense. En otras palabras, no basta
con tener siglas; se necesita presencia, discurso y rumbo.
Mientras Morena
mantiene el control político del estado y los partidos tradicionales intentan
sobrevivir a su propio desgaste, Movimiento Ciudadano tiene una oportunidad,
sí, pero también una responsabilidad: dejar de ser espectador y convertirse en
opción. Ahí está la primera prueba para Esquer: demostrar que el partido puede
aspirar a algo más que a una participación testimonial.
Pero el camino
no es sencillo. Construir estructura territorial, atraer perfiles competitivos
sin caer en el reciclaje político y evitar fracturas internas será clave.
Porque si algo ha demostrado la política sinaloense es que los proyectos
débiles se diluyen rápido, y los improvisados no resisten el primer embate
electoral.
A esto se suma
otro desafío igual de importante: definir identidad. Movimiento Ciudadano ha
apostado a nivel nacional por una imagen “ciudadana”, fresca, distinta. Sin
embargo, en lo local esa narrativa aún no aterriza del todo. ¿Qué propone MC
para Sinaloa? ¿A quién representa? ¿Qué lo hace diferente? Son preguntas que no
pueden quedarse sin respuesta.
Sergio “Pío”
Esquer tiene frente a sí una tarea que va más allá de la dirigencia: le toca
construir credibilidad. Y eso, en política, no se decreta, se gana.
El tiempo corre
rumbo al 2027. Y en ese horizonte, Movimiento Ciudadano tendrá que decidir si
quiere competir… o simplemente participar.
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