Sosoriqui Carlos Rochín Mercado En su reciente conversación con Sabina Berman en Largo Aliento, Jesús Vizcarra Calderón no apareció como el...
Sosoriqui
Carlos Rochín Mercado
En su reciente conversación con Sabina Berman en Largo Aliento, Jesús Vizcarra Calderón no apareció como el empresario que presume balances, sino como el padre que convirtió una herida familiar en pregunta pública. El derrame cerebral de su hijo menor —según contó— le cambió la vida y lo obligó a mirar de frente una realidad lacerante: en México, para demasiadas familias, un estudio clínico o unos lentes todavía compiten con la comida de la semana. Y, justamente ahí, comienza a explicarse por qué su figura desborda el perímetro de los negocios; porque su historia conecta el dolor privado con una necesidad colectiva.
Vizcarra, viene de una estampa que en Sinaloa se entiende sin subtítulos, padres humildes de la sierra de Durango, un padre analfabeta, una madre formadora, un mercado público y un rastro municipal como paisaje de su infancia, y una familia numerosa en la que él fue el mayor de diez hermanos. Recordó que empezó a trabajar con 11 o 12 años, cuando apenas arrancaba el comercio familiar de carne. No es un dato ornamental. En política, el origen no sustituye a los resultados, pero sí ayuda a entender desde dónde se mira la desigualdad, desde dónde se aprende a mandar y, sobre todo, desde dónde se adquiere sensibilidad para no olvidar al que se quedó atrás.
Asimismo, el líder máximo de SuKarne y Salud Digna habló como hombre de familia, y eso en su caso no es pose ni escenografía. Mencionó a su esposa Alma, a sus cinco hijos, a sus nietos, y subrayó que Salud Digna quedó blindada mediante un fideicomiso para que no pueda venderse ni desnaturalizarse, “un patrimonio para México”, dijo en esencia. En tiempos donde tantos legados empresariales terminan convertidos en caja chica de herederos o en simple mercancía, esa decisión no es menor: revela una visión de permanencia social, no de usufructo familiar. Dicho de otra manera, hay riqueza que se acumula y hay riqueza que se institucionaliza; Vizcarra quiso presentarse del lado de la segunda.
No obstante lo anterior, sería un error leerlo solo desde la compasión. Hay detrás todo un músculo productivo que no puede ignorarse. En su portal oficial, SuKarne afirma realizar más del 70 por ciento de las exportaciones de carne de México, exportar de forma rutinaria a seis países en cuatro continentes y colocar sus productos en 4 mil puntos de venta y consumo. Es decir, no estamos frente a un filántropo improvisado, sino ante un operador que sabe escalar procesos, sostener redes logísticas y administrar estructuras complejas de gran tamaño. Lo que en una entidad como Sinaloa, ese tipo de alcances pesa.
En cuanto a su figura en el cruce entre empresa y utilidad social; Vizcarra recordó que Salud Digna nació al comprender que “la mejor medicina es el diagnóstico temprano” y que millones de personas seguían llegando tarde al médico porque prevenir era caro. Según su propio testimonio, el proyecto pasó de una primera clínica con tres servicios a una red de más de 250 clínicas en el país, con presencia en cuatro países, atención anual proyectada para más de 23 millones de personas, 16 mil trabajadores y precios entre la tercera y la décima parte de otros oferentes; además, la propia plataforma institucional de Salud Digna reporta presencia en los 32 estados y la organización médica del grupo sostiene que la institución cuenta con el mayor número de unidades acreditadas en atención ambulatoria por Joint Commission International a nivel mundial. Ahí ya no estamos hablando solo de caridad, se habla de infraestructura social de calidad.
Quien quiera encasillarlo únicamente como empresario omite una parte decisiva de su vida. Vizcarra ya cruzó por la arena pública: la Cámara de Diputados registra que fue diputado federal por el Distrito 05 de Sinaloa en la LIX Legislatura, y documentos del Ayuntamiento de Culiacán lo consignan como presidente municipal en 2009. A ello se suma el pasaje que él mismo relató sobre el Hospital Civil de Culiacán, donde dijo haber tenido que articular esfuerzos entre cinco sindicatos, la Universidad Autónoma de Sinaloa y el gobierno para empujar una transformación de fondo. Eso, en lenguaje llano, significa que no desconoce el metabolismo del Estado ni la complejidad de lo público.
Cabe señalar también, una sintonía política que conviene leer sin prejuicios. Cuando Vizcarra habla de la “inequidad ofensiva”, cuando reconoce como justa la redistribución por ayudas sociales y, particularmente, la mejora del ingreso laboral, su discurso conversa menos con el viejo dogma del derrame y mucho más con el lenguaje social de la Cuarta Transformación. No es una impresión vacía, en virtud de que, documentos oficiales de la Conasami reportan que el salario mínimo general pasó de 102.68 pesos diarios al arranque de 2019 a 315.04 pesos diarios en 2026, mientras que la Presidencia de la República informó en 2024 un aumento adicional del 12 por ciento para 2025 como continuidad de esa política de recuperación salarial. En pocas palabras, el Vizcarra del testimonio se siente más cercano a un capitalismo con responsabilidad social que al empresariado frío sin pueblo.
Y aún hay más, Vizcarra no se colocó en la trinchera del empresariado defensivo. Dijo estar a favor de la jornada de 40 horas y sostuvo que ganar más los trabajadores no significa que los empresarios deban crecer menos. Esa tesis, expresada en la entrevista, empata con la lógica pública que hoy impulsa Claudia Sheinbaum: coordinación entre sector público y privado, fortalecimiento del mercado interno y del salario, y una implementación gradual de la semana laboral de 40 horas dentro del marco del llamado Plan México. Aquí no hay comunión partidista declarada, pero sí una clara coincidencia de visión; la empresa puede ser rentable y, al mismo tiempo, servir al bienestar general.
Amigas y amigos, esta entrega no se trata de beatificarlo ni tampoco de borrar su pasado partidista; sería ingenuo hacerlo. Su paso por San Lázaro quedó registrado bajo las siglas del PRI, y su biografía pública pertenece a una generación política previa al ascenso de Morena. Pero igual de miope sería no advertir que su narrativa actual dialoga mejor con el bienestar compartido que con el individualismo del viejo manual neoliberal. En política, los perfiles no solo se miden por de dónde vienen, sino por lo que hoy representan simbólicamente ante la sociedad. Y Vizcarra, guste o no, ha construido una imagen de utilidad social que otros con más cargo y menos obra no han logrado consolidar.
Sinaloa, más temprano que tarde, volverá a discutir qué tipo de liderazgo necesita para reconciliar crecimiento, paz social, inversión y sentido humano. En ese tablero no bastará quien grite más, ni quien mejor administre la propaganda, ni quien se diga cercano al pueblo por decreto. De lo que no hay duda es que pesará, y mucho, quien pueda mostrar que fue capaz de volver rentable una causa social sin arrebatarle su alma. Si la charla con Sabina Berman dejó una idea flotando, fue precisamente esa: que existen figuras que no necesitan levantar la mano para comenzar a instalarse, por peso propio, en la conversación pública de un estado. ¿O no?
Al tiempo…
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