Sobre el camino Benjamín Bojórquez Hay trayectorias políticas que no se explican por ideología, sino por instinto. La de Quirino Ordaz Copp...
Sobre el camino
Benjamín Bojórquez
Hay trayectorias políticas que no se explican por ideología, sino por instinto. La de Quirino Ordaz Coppel es una de ellas. No responde a una narrativa clásica de lealtades partidistas, sino a una lógica más cruda: la del poder entendido como un ejercicio de adaptación, supervivencia y cálculo.
En Sinaloa, la política no es un tablero estático; es un sistema de equilibrios frágiles donde las siglas pesan menos que las relaciones, los acuerdos y los tiempos. Bajo esa premisa, el caso de Quirino Ordaz Coppel resulta particularmente revelador. Porque si algo ha demostrado, es que los partidos pueden ser instrumentos… pero nunca límites.
Su llegada al gobierno estatal no fue solamente una victoria del PRI, sino una demostración de control político en su máxima expresión. Sin embargo, lo verdaderamente significativo vino después: la forma en que, aun habiendo emergido de ese partido, terminó desdibujándolo como eje de poder en Sinaloa. No lo confrontó abiertamente; lo volvió irrelevante. Y eso, en política, es una forma más sofisticada de derrota.
Se “pintó de rojo” —como dicta la narrativa— bajo la lógica de disciplina que imponía Enrique Peña Nieto. Pero esa obediencia fue más táctica que convicción. Porque mientras el PRI respondía a inercias nacionales, Ordaz Coppel operaba bajo una lógica local: la de construir poder propio, no heredado.
Hoy, en un giro que define la volatilidad del sistema político mexicano, el mismo personaje funge como embajador de México en España bajo un gobierno de Morena. No es menor. Es, de hecho, la confirmación de una constante: su capacidad para insertarse —y sobrevivir— en estructuras que, en teoría, deberían ser incompatibles. Y aquí es donde surge la pregunta incómoda: ¿podría hacer con Morena lo mismo que hizo con el PRI?
La hipótesis no es descabellada. Si algo caracteriza al escenario político en Sinaloa es su propensión a fracturarse desde dentro. Morena, pese a su fuerza electoral, no está exento de tensiones internas, disputas de grupo y liderazgos en pugna. En ese contexto, la figura del embajador aparece como un factor latente: alguien que conoce el territorio, que ya gobernó y que, sobre todo, entiende dónde están los puntos de quiebre.
Su vínculo histórico con el llamado “partido del Tucán” —el Partido Verde— no es anecdótico; es estratégico. Desde ahí ha tejido redes menos visibles, pero potencialmente más flexibles. En un escenario de crisis interna en Morena, esa estructura podría convertirse en plataforma para una jugada de reposicionamiento.
La clave no está en si regresará o no al escenario local de manera formal o a través de un alfil suyo. La clave está en si las condiciones políticas le abrirán espacio para influir en la sucesión. Porque si algo sugiere la historia reciente es que Ordaz Coppel no necesita estar en la boleta para incidir en el resultado.
La reflexión de fondo es incómoda pero necesaria: si un actor político puede transitar de un partido a otro, debilitar estructuras y eventualmente reconfigurar el poder sin rendir cuentas ideológicas, ¿qué tan reales son las diferencias entre las fuerzas que compiten?
GOTITAS DE AGUA:
Quizá la historia de Quirino Ordaz Coppel no sea solo la de un político hábil, sino la evidencia de un sistema donde los partidos son cada vez más prescindibles… y los operadores, cada vez más determinantes. Si ya doblegó al PRI sin romperlo frontalmente, la pregunta no es si podría hacerlo con Morena. La pregunta es si alguien dentro de Morena en Sinaloa está realmente preparado para impedirlo. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”...
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