Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”, Khalil Gibra...
Entre Veredas
Marco Antonio
Lizárraga
“Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”, Khalil Gibran (1883-1931) Ensayista, novelista y poeta libanés.
NI FU NI FA
México amaneció
con un paro anunciado, pero no con una sola postura. Y ahí está la clave.
Porque lo que ocurre hoy en las carreteras del país no es únicamente un
conflicto entre transportistas y gobierno; es algo más complejo: una ruptura
interna dentro del propio sector productivo.
La movilización
convocada por la Asociación Nacional de Transportistas y el Frente Nacional
para el Rescate del Campo Mexicano pone sobre la mesa reclamos que difícilmente
pueden ignorarse: inseguridad en carreteras, costos crecientes, abandono del
campo. Problemas reales, palpables, acumulados.
Pero la otra
cara del conflicto es igual de reveladora.
Organismos como
la Confederación de Cámaras Industriales y la Cámara Nacional del
Autotransporte de Carga han decidido marcar distancia. No respaldan los
bloquoos. No avalan el método. Y eso abre una grieta que cambia el sentido del
paro.
Porque entonces
la pregunta ya no es solo qué se reclama, sino quién representa realmente al
sector.
Ahí es donde el
conflicto se vuelve político.
De un lado,
quienes consideran que sin presión no hay respuesta. Del otro, quienes
advierten que paralizar al país es dispararse al pie. Ambos con argumentos
válidos, ambos con intereses legítimos, pero sin un punto de encuentro.
Y en medio, el
gobierno.
La postura
oficial ha sido clara: no hay razón para manifestarse. Se insiste en que
existen canales abiertos, en que hay avances, en que el diálogo sigue vigente.
Pero ese discurso, aunque institucionalmente correcto, choca con la percepción
de quienes sienten que esos canales no han sido suficientes.
Ese es el
verdadero problema: la distancia entre la narrativa oficial y la realidad
percibida.
El paro,
entonces, no solo exhibe una crisis de seguridad o de productividad. Expone
algo más delicado: una crisis de interlocución. Nadie logra representar a
todos. Nadie logra contener el conflicto. Nadie logra, hasta ahora, cerrarlo.
Y eso es
peligroso.
Porque cuando no
hay representación clara, los movimientos se fragmentan, pero no desaparecen.
Se vuelven más impredecibles, más difíciles de negociar, más complicados de
resolver.
Mientras tanto,
el impacto es inmediato.
Carreteras
bloqueadas, mercancías detenidas, cadenas de suministro alteradas. El ciudadano
común —ese que no forma parte del conflicto— termina siendo el primero en
resentirlo. Y ahí es donde la legitimidad de cualquier protesta comienza a
desgastarse.
Pero ignorar el
origen sería un error aún mayor.
El transporte no
protesta por gusto. El campo no se moviliza por ocurrencia. Hay un fondo que
exige atención. La inseguridad en carreteras es real. Las condiciones del campo
son frágiles. Los costos operativos son crecientes.
La pregunta no
es si tienen razón. La pregunta es si este es el camino.
Y más aún: si
alguien tiene la capacidad de encauzar el conflicto antes de que escale.
Porque hoy no
hay un paro total, pero sí hay una señal clara.
Un sector
dividido.
Un gobierno
cuestionado.
Y un país que
observa, entre el enojo y la incertidumbre.
México no
enfrenta solo una protesta. Enfrenta un síntoma.
Y cuando los
síntomas aparecen en las carreteras y en el campo al mismo tiempo, lo que está
en juego no es la circulación…es la estabilidad.
PRIMER BALANCE
Sinaloa no vive
un solo problema. Vive todos. Y al mismo tiempo.
Esa es la
diferencia entre una crisis pasajera y un estado en tensión permanente. Porque
mientras en otros momentos los conflictos se presentaban por etapas —seguridad,
economía, política— hoy todo converge en un mismo punto, generando una presión
que no distingue sectores ni tiempos.
La seguridad
sigue siendo el eje. No hay forma de esquivarlo. Los hechos violentos, los
cambios en mandos, la presencia constante de fuerzas federales y la percepción
de riesgo han colocado al estado en una dinámica donde la reacción supera a la
prevención. El gobierno contiene, pero no termina de resolver. Y en esa
diferencia se construye la incertidumbre.
Pero no es el
único frente.
El campo,
columna histórica de Sinaloa, comienza a mostrar señales de desgaste profundo.
Productores inconformes, costos que rebasan la rentabilidad y mercados que no
responden. Lo que antes era motor económico hoy empieza a sentirse como una
carga estructural. Y cuando el campo se debilita, el impacto no es sectorial,
es transversal.
A eso se suma la
presión del transporte. El paro nacional convocado por la Asociación Nacional
de Transportistas y el Frente Nacional para el Rescate del Campo Mexicano no es
ajeno a Sinaloa; al contrario, lo atraviesa directamente. Aquí se produce, aquí
se mueve, aquí se exporta. Y cualquier interrupción en esa cadena se siente con
mayor fuerza.
Sin embargo, el
movimiento también deja ver una fractura. Organismos como la Confederación de
Cámaras Industriales y la Cámara Nacional del Autotransporte de Carga no
respaldan los bloqueos. Coinciden en el diagnóstico, pero no en el método. Y
eso revela algo más profundo: ni siquiera los sectores afectados tienen una voz
unificada.
En paralelo, la
política local transita sin marcar agenda. El Congreso discute, analiza,
propone, pero no lidera. Va detrás de los acontecimientos, no delante de ellos.
Y cuando el poder legislativo pierde capacidad de conducción, el vacío lo
llenan los conflictos.
Mientras tanto,
la ciudad crece, pero no necesariamente mejora. Desarrollo urbano desigual,
servicios presionados y una brecha social que, aunque silenciosa, se ensancha.
No es el tema del día, pero será el problema de mañana.
Ese es el mapa
real de Sinaloa: múltiples tensiones, sin un eje articulador claro.
El gobierno
responde en cada frente, pero no logra integrar una narrativa que ordene el
conjunto. Atiende la emergencia, pero no redefine la ruta. Y en política, la
ruta es tan importante como la respuesta.
Lo que hoy
ocurre no es casualidad. Es acumulación.
Seguridad sin
solución definitiva.
Campo sin
estabilidad.
Transporte sin
certeza.
Política sin
conducción.
Todo al mismo
tiempo.
Y cuando un
estado entra en esa dinámica, el riesgo no es el conflicto en sí, sino la
normalización del conflicto. Que lo extraordinario se vuelva cotidiano. Que la
crisis deje de sorprender.
Sinaloa aún no
está ahí. Pero se acerca.
Porque cuando
todo ocurre al mismo tiempo, el problema no es lo que pasa…
es lo que deja de atenderse.
Termina la
Semana Santa, esperaremos a ver los balances de las autoridades y los efectos
positivos que está tenga, Sinaloa necesita un respiro una bocana de aire fresco
para estas condiciones en las que se viven.
Viene la Semana
de Pascua, y en el aso de Mazatlán, la Semana de la Moto, que también ha
generado muchas expectativas. Tiempo al tiempo.
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