Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “El hombre es el único animal con capacidad de observarse a sí mismo y que ha sido dotado de la ...
Entre Veredas
Marco Antonio
Lizárraga
“El hombre es el
único animal con capacidad de observarse a sí mismo y que ha sido dotado de la
dolorosa capacidad de haber querido siempre saber el porqué”, Nadine Gordimer (1923-2014) Escritora
sudafricana
OBJETIVIDAD
En política, las
alianzas no comienzan cuando los dirigentes se sientan a firmar un convenio.
Comienzan mucho antes, cuando los partidos miden sus estructuras, revisan sus
posibilidades y calculan qué pueden aportar a una negociación.
Y eso es
precisamente lo que empieza a observarse en Sinaloa rumbo a 2027. En una charla
que sostuvimos ayer con Robespierre Lizárraga Otero, presidente del Partido
Sinaloense, quedó planteada una idea que merece analizarse con detenimiento: el
PAS está dispuesto a explorar acuerdos, pero también contempla competir solo.
Esa doble
posibilidad adquiere especial relevancia ante un escenario que comienza a
circular entre comentaristas y analistas políticos: una eventual alianza entre
PAN, Movimiento Ciudadano y PAS, mientras el PRI todavía no aparece claramente
incorporado a esa fórmula.
Lo primero que
debe entenderse es que no existe, hasta donde se ha hecho público, un acuerdo
definitivo entre esas tres fuerzas.
Una cosa son los
acercamientos, otra las coincidencias políticas y una muy distinta la decisión
de compartir candidaturas. Sin embargo, el solo hecho de que esa combinación
comience a discutirse permite identificar un cambio en la conversación
opositora.
Ya no se trata
exclusivamente de preguntarse si habrá una alianza contra Morena, sino de
examinar qué partidos podrían integrarla, bajo qué condiciones y con qué
perfiles. Y en esa discusión el PAS busca tener una participación propia, no
limitarse a esperar las decisiones de organizaciones con presencia nacional.
Robespierre
habla de estructura, militancia y trabajo territorial. Son elementos que, desde
la perspectiva de su dirigencia, permitirían al Partido Sinaloense participar
de manera independiente.
Pero conviene
desmenuzar lo que eso significa. Una estructura partidista puede aportar
organización, representantes, conocimiento de las comunidades y capacidad para
sostener actividades políticas en distintos municipios. Lo que no puede darse
por hecho es que cada afiliado se convierta automáticamente en un voto. Esa
diferencia será fundamental para evaluar la posición real del PAS: la
organización es un recurso político; la competitividad electoral debe
acreditarse ante los ciudadanos.
Por eso resulta
significativo que el partido comience a mencionar prospectos. En Culiacán
aparece Ricardo Adán Pérez Durán; en Mazatlán, Óscar Tirado y Miguel Alduenda,
este último vinculado con el sector pesquero; mientras que en Ahome se ha
mencionado a Yolanda Luna Cerón.
Son nombres que
deberán pasar por los procedimientos internos correspondientes y que todavía no
representan candidaturas oficiales. Su importancia, por ahora, está en que
permiten identificar dónde pretende participar el PAS y qué perfiles considera
para hacerlo.
No es lo mismo
llegar a una mesa de negociación solicitando espacios que presentar cuadros
concretos cuya trayectoria, propuestas y aceptación ciudadana puedan ser
examinadas.
Aquí aparece el
concepto de partido pivote. En términos políticos, no significa necesariamente
ser la fuerza con mayor votación, sino encontrarse en una posición desde la
cual se puede contribuir a articular acuerdos entre organizaciones con
intereses distintos.
Para el PAS, esa
posibilidad dependería de que PAN y Movimiento Ciudadano encuentren
coincidencias suficientes y de que la propia organización sinaloense pueda
demostrar qué aporta en cada municipio.
Su presencia
territorial podría formar parte de esa conversación, pero cualquier acuerdo
tendría que construirse sobre compromisos verificables, no solamente sobre
cálculos de dirigencias.
Pero el análisis
estaría incompleto si no se examina a los posibles compañeros de ruta.
El PAN tiene una
dirigencia estatal encabezada por Wendy Barajas, quien ha confirmado encuentros
con representantes del PAS y del PRI.
Movimiento
Ciudadano, bajo la conducción de Sergio “Pío” Esquer, constituye una pieza
distinta: cualquier participación en una coalición tendría que responder tanto
a las decisiones de su estructura estatal como a los criterios de su dirigencia
nacional.
No basta con que
otros partidos deseen incorporarlo.
MC tendría que
decidir si una alianza corresponde a su estrategia y qué condiciones estaría
dispuesto a aceptar. Esa es una diferencia fundamental entre una combinación
atractiva para el análisis político y un acuerdo electoral realmente posible.
¿Y el PRI? Aquí
conviene detenerse, porque su ausencia en la fórmula PAN-MC-PAS que algunos
comentaristas comienzan a mencionar no significa que esté fuera de las
conversaciones.
El 14 de octubre
se documentó una reunión entre Wendy Barajas, Mario Zamora y Robespierre
Lizárraga, con participación también de Héctor Cuén Díaz. Ese encuentro
confirma que existe interlocución entre PAN, PRI y PAS.
Lo que todavía
no está definido es si las conversaciones conducirán a una alianza de tres
partidos, de cuatro o a acuerdos más limitados.
El PRI conserva
sus propias aspiraciones y cuadros políticos, y cualquier entendimiento tendría
que resolver cómo se distribuirían las candidaturas y qué proyecto compartirían
organizaciones con historias e intereses diferentes.
Hay otra
diferencia que merece explicarse al lector: una coalición total no es lo mismo
que una parcial, una flexible o una candidatura común.
Los partidos
podrían coincidir en una elección y competir por separado en otra, siempre
dentro de las modalidades y requisitos previstos por la legislación aplicable.
Por eso, hablar de una alianza para la gubernatura no significa automáticamente
que habría acuerdos idénticos en Culiacán, Mazatlán, Ahome o Guasave.
Cada municipio
tiene liderazgos, antecedentes electorales y circunstancias propias. Ahí es
donde los prospectos del PAS adquieren relevancia, porque sus nombres podrían
formar parte de negociaciones diferenciadas, sin que eso implique que tengan
asegurada una postulación.
Tampoco debe
perderse de vista que Robespierre Lizárraga ha dejado abierta su propia
participación en la elección de gobernador.
Ese antecedente
incorpora otra dimensión a su papel como dirigente: además de conducir las
conversaciones del PAS, ha reconocido públicamente una aspiración personal que,
llegado el momento, tendría que sujetarse a las definiciones de su partido.
La coincidencia
de ambas responsabilidades vuelve especialmente importante que las decisiones
sobre candidaturas respondan a procedimientos claros y que los perfiles sean
evaluados por sus propuestas, trayectoria y respaldo ciudadano.
La convocatoria
presentada este miércoles en Mazatlán añade un componente que va más allá de
las negociaciones entre dirigentes.
El PAS pretende
recoger diagnósticos y propuestas ciudadanas para construir su plataforma
política.
Ese ejercicio
podría servir para dar contenido a una eventual alianza o a una participación
independiente, siempre que las aportaciones se traduzcan en compromisos
concretos.
Porque uno de
los problemas recurrentes de las coaliciones electorales es que suelen
discutirse primero los nombres y después las propuestas. Invertir ese orden
permitiría saber si existen coincidencias suficientes sobre seguridad,
economía, servicios públicos y desarrollo regional antes de negociar quién
ocupará cada candidatura.
Y aquí llegamos
al punto central de la conversación con Robespierre: competir solo no es
necesariamente lo contrario de buscar una alianza. Para el PAS, preparar
candidaturas propias puede ser una forma de conservar autonomía política
mientras explora acuerdos.
Pero esa
autonomía también implica asumir los costos y responsabilidades de una
participación independiente.
Una elección en
solitario permitiría presentar una plataforma sin compromisos con otras
organizaciones; una alianza exigiría construir coincidencias y aceptar
decisiones compartidas.
Ninguna de las
dos rutas garantiza resultados por sí misma.
De aquí a las
definiciones electorales habrá que observar tres asuntos: si los acercamientos
entre PAN, MC y PAS se convierten en conversaciones formales; qué papel decide
asumir el PRI; y si los perfiles que comienzan a mencionarse logran construir
propuestas y presencia ciudadana más allá de sus estructuras partidistas.
Esas respuestas
permitirán distinguir entre una posibilidad comentada en los círculos políticos
y un proyecto electoral con bases concretas.
Por ahora,
Robespierre Lizárraga ha colocado al Partido Sinaloense en una discusión que no
se limita a acompañar o rechazar una alianza.
Está planteando
que el PAS quiere participar en la definición de sus términos y conservar la
alternativa de competir con sus propias siglas. Ese es el significado de su
posible papel como pivote: no determinar por sí solo el rumbo de los demás
partidos, sino convertirse en un interlocutor dentro de una negociación todavía
abierta.
Y quizá esa sea
la reflexión más importante de este jueves.
En Sinaloa
comienza a hablarse de una alianza PAN-MC-PAS, pero existe una conversación
documentada que también incluye al PRI. Entre ambos escenarios todavía hay
distancia, intereses por conciliar y decisiones pendientes.
El PAS ya puso
algunos nombres sobre la mesa y asegura tener estructura para caminar solo.
Ahora corresponderá a cada fuerza política demostrar qué proyecto propone, qué
coincidencias puede construir y qué está dispuesta a comprometer.
Porque las
alianzas pueden acordarse entre dirigentes, pero su verdadero sentido político
solamente se conoce cuando la ciudadanía entiende para qué se construyeron.
PERSPECTIVA
Hay expresiones
que, en medio de la intensa actividad política rumbo a 2027, merecen detenerse
a analizar por lo que revelan sobre la manera de entender el ejercicio del
poder.
Durante un
encuentro con reporteros y columnistas, María José Salazar, vinculada a las
tareas de afiliación del Partido del Trabajo y con aspiraciones de
participación en la coordinación municipal de la Cuarta Transformación en
Mazatlán, planteó una reflexión que va más allá de las candidaturas: la
necesidad de recuperar el sentido humanista del gobierno municipal.
Su argumento
parte de una premisa sencilla, pero profundamente política: el Ayuntamiento
debe ser la institución más cercana a la ciudadanía y no una estructura
distante de quienes necesitan sus servicios.
Uno de los
planteamientos más interesantes de Salazar tiene que ver con lo que denomina
una reingeniería de la administración municipal.
No se trata
únicamente de reducir trámites o modernizar oficinas, sino de revisar cómo se
identifican las necesidades, se gestionan los recursos y se ejecutan los
programas públicos.
Su observación
sobre los apoyos federales que pueden dejar de aprovecharse por falta de
gestión abre una discusión pertinente, aunque conviene precisar que las reglas
de ejercicio y devolución de recursos varían según cada programa.
En un municipio
como Mazatlán, donde las demandas de infraestructura, servicios y atención
social son constantes, la eficiencia administrativa puede representar una
diferencia importante entre disponer de un presupuesto y convertirlo
efectivamente en soluciones.
Pero quizá la
parte más significativa de su intervención estuvo en la crítica a una práctica
que no pertenece exclusivamente a un partido: la transformación del servidor
público en una figura que exige reconocimiento en lugar de ofrecer atención.
Cuando María
José habla de funcionarios que se comportan como emperadores o iluminados,
introduce un cuestionamiento a las formas de ejercer la autoridad.
La cercanía con
la población no debería depender de fotografías, recorridos o discursos, sino
de la capacidad de escuchar, responder y dar seguimiento a los problemas.
Ese principio
resulta especialmente relevante para quienes buscan responsabilidades públicas,
porque el verdadero sentido del servicio no se demuestra solamente durante una
etapa de aspiraciones.
También llamó la
atención que colocara sobre la mesa dos asuntos que suelen quedar relegados
frente a las grandes obras y las disputas electorales: la salud mental de los
jóvenes y las dificultades económicas que enfrentan estudiantes destacados para
continuar su formación o participar en competencias académicas.
Sus referencias
a intentos de suicidio entre jóvenes requieren datos oficiales para dimensionar
el problema, pero permiten identificar una preocupación que merece atención
institucional.
Lo mismo ocurre
con el talento académico que encuentra obstáculos económicos para
desarrollarse. Son temas que obligan a pensar el bienestar más allá de los
indicadores tradicionales de inversión y crecimiento.
En el terreno
político existe, además, una particularidad que no debe pasar inadvertida.
María José Salazar desarrolla actividades dentro del Partido del Trabajo, una
fuerza aliada de Morena que también tiene intereses y procedimientos propios
rumbo a 2027.
Su participación
en la conversación sobre la coordinación municipal refleja cómo los espacios
políticos de la Cuarta Transformación reúnen aspiraciones que no necesariamente
provienen de una sola estructura partidista.
Esto adquiere
relevancia en Mazatlán, donde Morena, PT y Partido Verde deberán definir sus
respectivas rutas y, eventualmente, los términos de cualquier acuerdo
electoral. Expresar una visión de gobierno no equivale todavía a obtener una
candidatura, pero sí permite comenzar a contrastar propuestas.
La conversación
con María José deja una reflexión que vale la pena conservar: escuchar a la
ciudadanía es indispensable, aunque el desafío comienza cuando esa escucha debe
traducirse en decisiones, presupuestos y resultados verificables.
Su propuesta de
un gobierno humanista, cercano y administrativamente eficiente plantea asuntos
concretos para el debate municipal.
Ahora
corresponderá conocer cómo podrían llevarse a la práctica esas ideas, qué
mecanismos permitirían evaluar su cumplimiento y de qué manera responderían a
las necesidades de Mazatlán.
Porque gobernar
con sentido humano no consiste solamente en mantener abiertas las puertas de
una oficina, sino en lograr que las instituciones funcionen para quienes más
las necesitan.
Y quizá una de
las discusiones que deberían ocupar mayor espacio rumbo a 2027 no sea
únicamente quién aspira a gobernar Mazatlán, sino qué entiende cada aspirante
por servir a su gente.
CAMINO ARADO
Jorge Hariz Piña
vuelve a ocupar espacio en la conversación política de Escuinapa, ahora como
uno de los aspirantes registrados para la Coordinación Municipal de Defensa de
la Cuarta Transformación.
Su participación
no es un acontecimiento aislado, sino parte de una trayectoria de varios años
en la política local, donde ha combinado responsabilidades en la administración
pública, actividades empresariales y trabajo de organización ciudadana.
Su registro del
pasado 9 de octubre representa una nueva etapa dentro de ese recorrido, esta
vez bajo los procedimientos internos de Morena.
Uno de los
aspectos que distingue su actividad reciente es la atención que ha dado a las
comunidades y a los sectores organizados del municipio. El encuentro con
ejidatarios de Cristo Rey, por ejemplo, permitió abordar propuestas y
necesidades directamente con representantes de la comunidad.
También ha
mantenido recorridos y reuniones con estructuras territoriales de Morena, una
dinámica que responde a la importancia de los comités seccionales en el proceso
de organización partidista. Son actividades que permiten conocer demandas
locales, aunque su alcance deberá valorarse por la continuidad de los
compromisos y los resultados que puedan producir.
Hay un elemento
adicional que merece atención: Hariz ha colocado en sus intervenciones públicas
asuntos relacionados con las finanzas municipales, el funcionamiento de los
servicios públicos, la situación del campo y las dificultades económicas de
Escuinapa.
Su diagnóstico
incorpora problemas que van más allá de la competencia por una coordinación
partidista. Sin embargo, los señalamientos sobre la situación financiera del
Ayuntamiento y la actuación de sus autoridades requieren contrastarse con
información oficial, mientras que las propuestas de solución deberán examinarse
por su viabilidad presupuestal y administrativa.
En el terreno
político, la competencia interna es amplia. Reportes publicados el 21 y 27 de
octubre identifican alrededor de diez aspirantes a la coordinación municipal,
entre ellos exfuncionarios, representantes partidistas y una regidora en
funciones. Por tanto, la presencia territorial de Hariz debe entenderse dentro
de un proceso abierto, sujeto a las evaluaciones, encuestas y criterios que
determine Morena.
Su participación
en el encuentro con Imelda Castro, donde se reiteró el llamado a la unidad,
también muestra que la cohesión interna será uno de los asuntos relevantes una
vez que se conozcan las definiciones.
La trayectoria
de Hariz también tiene antecedentes que forman parte del escrutinio público. En
el pasado enfrentó un procedimiento penal relacionado con su desempeño como
funcionario municipal; en una entrevista publicada por Noroeste en 2020 afirmó
que había obtenido una sentencia absolutoria en 2015.
Ese antecedente
debe tratarse con precisión, sin convertir una acusación histórica en una
responsabilidad vigente ni sustituir la revisión documental correspondiente.
Escuinapa
necesita que la discusión política rumbo a 2027 incorpore respuestas concretas
sobre seguridad, agricultura, finanzas públicas y servicios básicos. La
actividad de Jorge Hariz Piña ofrece elementos para examinar una propuesta que
insiste en el contacto territorial y la reorganización administrativa.
Su siguiente
desafío será explicar cómo traducir ese diagnóstico en medidas realizables y
cómo sostener el diálogo con las distintas comunidades, independientemente del
resultado de su proceso partidista.
Porque recorrer
un municipio permite escuchar sus necesidades, pero la dimensión de un proyecto
público se conoce cuando esas demandas se convierten en propuestas claras,
responsabilidades definidas y resultados que la ciudadanía pueda evaluar.
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