Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Toda historia no es otra cosa que una infinita catástrofe de la cual intentamos salir lo mejor ...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“Toda historia no es otra cosa
que una infinita catástrofe de la cual intentamos salir lo mejor posible”, Italo Calvino (1923-1985) Periodista y
escritor italiano.
SIN PASIONES
En política, las derrotas no
siempre comienzan en las urnas. Algunas empiezan mucho antes, cuando las
diferencias internas se convierten en confrontaciones, cuando las aspiraciones
personales desplazan los proyectos colectivos y cuando las dirigencias olvidan
que su responsabilidad es representar a todo un partido, no solamente a quienes
comparten sus preferencias.
El PRI en Sinaloa se encuentra
ante una discusión que no debería minimizar. La competencia entre la senadora
Paloma Sánchez Ramos y el diputado federal Mario Zamora Gastélum por los
espacios de representación rumbo a 2027 plantea una prueba para la dirigencia
estatal: garantizar condiciones de participación equitativas y evitar que las
diferencias terminen debilitando los acuerdos que el propio partido busca
construir.
No estamos hablando de dos
personajes ajenos a la estructura priista. Ambos fueron reconocidos por la
dirigencia nacional como Defensores de Sinaloa, una responsabilidad política
que los coloca dentro de la estrategia de reorganización del partido. Ese nombramiento
tiene una implicación elemental: si los dos representan institucionalmente al
PRI, ambos merecen reglas claras y un trato equitativo.
Y es precisamente ahí donde
comienzan las preguntas.
En las últimas semanas han
surgido señalamientos sobre una presunta diferencia en la difusión que las
redes oficiales del PRI Sinaloa otorgan a las actividades de ambos
legisladores. Se cuestiona que las publicaciones de Paloma Sánchez reciban
mayor atención institucional, mientras que las actividades de Mario Zamora
tendrían una presencia considerablemente menor.
La observación merece verificarse
mediante una revisión de las publicaciones oficiales. Pero también exige una
respuesta sencilla de la dirigencia: ¿existen criterios establecidos para
difundir las actividades de quienes fueron nombrados Defensores de Sinaloa? ¿Se
aplican de la misma manera a ambos?
Porque una cosa es que cada
aspirante construya su propia estrategia de comunicación y otra que los
espacios institucionales del partido puedan ser percibidos como instrumentos de
promoción de una sola corriente.
El problema no es Paloma Sánchez.
Tampoco Mario Zamora. El problema sería que una competencia legítima comenzara
a desarrollarse bajo reglas que una parte de la militancia considere
desiguales.
Hay otro elemento que debe
incorporarse al análisis. Distintas encuestas difundidas durante 2026 han
registrado preferencias hacia Mario Zamora en escenarios relacionados con la
gubernatura de Sinaloa. La medición de INDEMERC publicada recientemente por Debate
lo ubica en una comparación frente a Imelda Castro, mientras otros estudios han
explorado las preferencias entre perfiles priistas.
Ninguna encuesta constituye por
sí misma una candidatura, mucho menos una garantía electoral. Cada medición
debe valorarse conforme a su metodología, universo y fecha de levantamiento.
Pero tampoco sería razonable que un partido desestimara los estudios de opinión
sin explicar cuáles serán los mecanismos que utilizará para tomar sus
decisiones.
Si el PRI pretende construir una
candidatura respaldada por sus militantes y eventualmente por otras fuerzas
políticas, necesita establecer desde ahora cómo evaluará a sus aspirantes y
quiénes participarán en esa definición.
La historia reciente ofrece
antecedentes que conviene recordar. En 2021, la selección de candidaturas
provocó inconformidades entre grupos priistas. Posteriormente, la ruptura entre
la dirigencia nacional y el exgobernador Quirino Ordaz mostró hasta dónde pueden
llegar las diferencias políticas cuando dejan de encontrar espacios de
entendimiento.
No se trata de afirmar que
aquellos episodios expliquen por completo los resultados electorales del PRI.
Sería una simplificación. Pero sí recuerdan que las disputas internas pueden
complicar la organización y dejar consecuencias que sobreviven a los procesos
de selección.
Hoy existen expresidentes
municipales, cuadros tradicionales y liderazgos regionales cuyas posiciones
merecen ser escuchadas. Algunos han expresado afinidades hacia Mario Zamora;
otros mantienen cercanía con Paloma Sánchez. El alcance real de esos respaldos
debe documentarse, sin asumir que alguno representa automáticamente a toda la
militancia.
Lo que sí resulta indispensable
es evitar que esas diferencias se conviertan en una confrontación entre
estructuras partidistas.
El PRI ha planteado la necesidad
de construir acuerdos con otras fuerzas políticas rumbo a 2027. PAN y PAS
aparecen entre los interlocutores de ese proyecto opositor. Sin embargo,
cualquier negociación de coalición tendrá que resolver no solamente quién encabezará
las candidaturas, sino también qué programa de gobierno se propone y mediante
qué procedimientos se tomarán las decisiones.
Y aquí surge una advertencia que
merece atención.
Si el PRI no consigue establecer
reglas aceptadas dentro de su propia organización, trasladará sus desacuerdos a
la mesa de negociación con sus posibles aliados.
Ninguna coalición puede reducirse
a una fotografía de dirigentes o a una distribución anticipada de posiciones.
Requiere compromisos programáticos, procedimientos transparentes y disposición
para reconocer resultados, incluso cuando no favorezcan las aspiraciones
particulares.
Paloma Sánchez tiene derecho a
buscar una candidatura y a defender su proyecto. Mario Zamora tiene exactamente
el mismo derecho. Ambos pueden presentar propuestas, contrastar trayectorias y
someterse a los mecanismos que acuerde su partido.
Lo que no debería ocurrir es que
la dirigencia estatal actúe de una manera que genere dudas sobre su
imparcialidad antes de que exista una definición formal.
Por eso, el llamado es al PRI
Sinaloa y a quienes tienen la responsabilidad de conducirlo: que establezcan
públicamente los criterios de comunicación institucional, que escuchen a sus
estructuras municipales, que acuerden un método transparente de selección y que
garanticen un piso parejo para sus dos Defensores de Sinaloa.
No se trata de pedir que
desaparezcan las diferencias. La pluralidad interna es parte de cualquier
organización política. Se trata de impedir que esas diferencias sustituyan la
discusión de ideas y terminen por fracturar los acuerdos necesarios para competir.
También corresponde a los
posibles aliados observar este proceso con atención. Una coalición que aspire a
representar un proyecto común necesita conocer las reglas con las que se
integrará, las responsabilidades de cada partido y los mecanismos para resolver
desacuerdos. Postergar esas definiciones solamente dejaría pendientes que
podrían reaparecer durante la contienda.
El PRI todavía tiene espacio para
discutir sus diferencias, escuchar a sus cuadros y construir acuerdos. Pero ese
trabajo requiere decisiones verificables, no únicamente llamados a la unidad.
Porque la unidad no se decreta
desde una oficina ni se consigue mediante publicaciones en redes sociales. Se
construye cuando las reglas son conocidas, cuando las distintas voces
encuentran representación y cuando los participantes aceptan que el proyecto
colectivo debe estar por encima de sus intereses particulares.
El PRI nacional nombró a dos
Defensores de Sinaloa. La dirigencia estatal tiene ahora la responsabilidad de
demostrar que puede ofrecer condiciones equitativas para ambos.
Y si el partido pretende convocar
a otras fuerzas políticas a un proyecto común, convendría que comenzara por
resolver sus propios desacuerdos.
Porque llegar a una elección con
distintas aspiraciones es normal en democracia. Lo verdaderamente preocupante
sería llegar con las reglas cuestionadas, los acuerdos pendientes y la
militancia enfrentada.
El 2027 todavía no llega. Pero
las decisiones que pueden unir o dividir al PRI sinaloense ya se están tomando.
ESCUPIR PA ARRIBA
En política, la congruencia no se
mide solamente por lo que se dice frente a los micrófonos, sino por la
capacidad de sostener ese discurso cuando las preguntas comienzan a mirar hacia
la propia trayectoria. Y eso es precisamente lo que hoy ocurre con el diputado
federal Jesús Ibarra Ramos, quien ha decidido levantar la voz sobre los
problemas de Culiacán y cuestionar prácticas que, según su planteamiento,
Morena debe corregir.
Sus declaraciones no son menores.
Hablar de gobiernos sin compadrazgos, de funcionarios preparados y de una
administración que responda a las necesidades ciudadanas implica reconocer que
existen prácticas políticas que deben revisarse. Mucho más cuando el
señalamiento proviene de alguien que forma parte del partido que gobierna.
Ibarra sostiene que Culiacán
enfrenta una situación inaceptable. La inseguridad, el deterioro de los
servicios públicos, los problemas de drenaje, el alumbrado y las condiciones de
las calles forman parte de una realidad que exige respuestas. En ese diagnóstico
hay asuntos concretos que merecen atención, independientemente de quién los
señale.
Sin embargo, las declaraciones
del legislador adquieren otra dimensión cuando se revisa su propia historia
política.
Jesús Ibarra no es un recién
llegado. Fue diputado local por Nueva Alianza, posteriormente se incorporó a
Morena, regresó al Congreso de Sinaloa bajo esas siglas y, en 2024, obtuvo la
candidatura federal por el Distrito 5 de Culiacán, elección que ganó por
mayoría relativa.
Su recorrido muestra experiencia
en distintas estructuras partidistas y espacios de representación. También
plantea una pregunta inevitable: ¿cómo se construyen las oportunidades
políticas dentro de los partidos y qué peso tienen los procedimientos internos,
las trayectorias personales y las relaciones con sus dirigencias?
En el caso de Ibarra,
publicaciones periodísticas han señalado vínculos familiares con personas
cercanas a la dirigencia nacional de Morena durante el periodo en que Mario
Delgado encabezaba el partido. Ese antecedente puede justificar preguntas sobre
los mecanismos de selección, pero no constituye una prueba de que su
candidatura haya sido producto de un favor político.
Y ahí está el punto central. No
se trata de acusar sin pruebas ni de desconocer una victoria obtenida mediante
el voto ciudadano. Se trata de aplicar un mismo criterio de transparencia a
todos los procesos, incluidos aquellos de los que uno mismo ha resultado
beneficiado.
Porque cuando un político pide
terminar con el compadrazgo, la discusión no debería agotarse en señalar las
prácticas ajenas. También tendría que explicar qué reglas propone, cómo se
verificarían y de qué manera garantizaría que nadie, cercano o distante de las
dirigencias, reciba un trato privilegiado.
Hay otro episodio que merece
atención. Tras el proceso interno que llevó a Imelda Castro a la coordinación
estatal de Morena, Jesús Ibarra expresó inconformidad por una presunta
inconsistencia en la presentación de los resultados. Según su versión, su nombre
habría sido sustituido por el de otro participante, aunque reconoció la
designación de la senadora.
La diferencia es importante. Una
cosa es aceptar el resultado general y otra exigir claridad sobre la
información difundida durante el procedimiento. Si existió un error,
corresponde documentarlo y corregirlo. Si no existió, también conviene
aclararlo. La transparencia partidista no puede depender de la posición que
finalmente ocupe cada aspirante.
Este episodio cobra relevancia
porque Ibarra ha dejado abierta la posibilidad de participar en el proceso
político municipal de Culiacán rumbo a 2027. Sus cuestionamientos sobre el
funcionamiento del gobierno y la organización de Morena aparecen, por tanto, en
un momento en el que también se discuten futuras candidaturas.
Eso no significa que sus críticas
carezcan de fundamento. Significa que deben analizarse en dos planos: el de los
problemas públicos que denuncia y el de su propia participación en la vida
interna del partido.
Como diputado federal, además,
Ibarra tiene una responsabilidad que va más allá del diagnóstico. Sus
planteamientos sobre seguridad, infraestructura y prioridades presupuestales
pueden contrastarse con su trabajo en la Cámara de Diputados, sus iniciativas,
sus votaciones y las gestiones realizadas en beneficio de Culiacán.
El ciudadano tiene derecho a
escuchar propuestas, pero también a conocer qué se ha hecho desde los cargos
que ya se ocupan. La crítica al gobierno municipal puede formar parte de un
debate legítimo; lo que corresponde ahora es acompañarla de soluciones concretas
y resultados verificables.
Tampoco sería correcto
interpretar sus declaraciones como una ruptura con Morena. Ibarra mantiene su
identificación con el movimiento y ha expresado respaldo al proyecto nacional
encabezado por Claudia Sheinbaum. Su posicionamiento se presenta como una exigencia
de corrección desde el interior, no como un anuncio de separación partidista.
La cuestión de fondo es más
amplia que un nombre. Morena enfrenta el desafío de demostrar que sus
mecanismos de selección, sus nombramientos y sus gobiernos pueden responder a
criterios públicos, claros y verificables. Esa exigencia vale para quienes hoy
ejercen el poder y para quienes aspiran a ocuparlo mañana.
Jesús Ibarra ha colocado sobre la
mesa una discusión necesaria: la relación entre las decisiones políticas y la
capacidad de gobernar. Ahora sus propias palabras abren la puerta para revisar
cómo se construyó su trayectoria, qué resultados ha entregado y qué propone
cambiar.
Porque la autocrítica tiene valor
cuando alcanza también a quien la pronuncia.
Y en política, donde tantos
discursos prometen corregir las viejas prácticas, la verdadera prueba no está
en señalar el compadrazgo desde un micrófono, sino en demostrar que las reglas
pueden aplicarse por igual, incluso cuando dejan de favorecer a quienes las
defienden.
Al final, el problema no es que
Jesús Ibarra cuestione a Morena. El verdadero debate comienza cuando Morena,
sus dirigentes y el propio diputado están dispuestos a responder las mismas
preguntas.
VOLVER, VOLVER
En política, las fotografías no
siempre revelan acuerdos, pero pocas veces carecen de significado. Y la
reciente reunión de Imelda Castro Castro con la estructura de la Sección 53 del
SNTE merece una lectura que va más allá del encuentro protocolario.
La coordinadora estatal de la
Cuarta Transformación y senadora con licencia apareció junto a Daniel Amador
Gaxiola, dirigente del grupo político Enlace Cívico Magisterial (ENCIMA),
Ricardo Madrid Uriarte, secretario general de la Sección 53, y exdirigentes del
magisterio sinaloense.
El detalle no es menor. Daniel
Amador representa una trayectoria política construida durante décadas alrededor
del magisterio y con antecedentes importantes dentro del PRI. ENCIMA, por su
parte, ha sido una expresión de organización política con presencia
territorial, cuya actividad trasciende los asuntos estrictamente sindicales.
Por eso, el encuentro abre
interrogantes interesantes en un momento en que Morena reorganiza sus
estructuras y los partidos comienzan a definir sus movimientos rumbo a 2027.
Imelda Castro ha venido
construyendo espacios de interlocución con distintos sectores. La reunión con
dirigentes del magisterio incorpora a ese diálogo una organización
históricamente relacionada con actores del priismo sinaloense.
¿Estamos frente a un acercamiento
institucional o ante el comienzo de una nueva relación política? Todavía es
temprano para establecerlo. No existe información pública suficiente para
hablar de acuerdos electorales, mucho menos de un respaldo formal de ENCIMA a
Morena.
Sin embargo, el encuentro
adquiere otra dimensión cuando se observa el escenario que enfrenta el PRI,
donde las aspiraciones de Mario Zamora y Paloma Sánchez mantienen abierta la
discusión sobre las candidaturas y la conducción del proyecto opositor.
Mientras los priistas discuten
sus mecanismos de selección y sus posibles alianzas, figuras con antecedentes
en ese partido sostienen encuentros con quienes hoy conducen la organización
territorial de la Cuarta Transformación.
Eso no demuestra una ruptura ni
un cambio de militancia. Pero sí recuerda que los vínculos políticos no
permanecen inmóviles y que la interlocución entre organizaciones puede
extenderse más allá de sus antecedentes partidistas.
La presencia de Ricardo Madrid
Uriarte también merece atención. El SNTE 53 tiene una responsabilidad sindical
que debe distinguirse de las actividades políticas de ENCIMA. Confundir ambas
estructuras sería desconocer que la representación laboral y la participación
partidista responden a propósitos diferentes.
Para Imelda Castro, la reunión
representa una oportunidad de diálogo con liderazgos de trayectoria. Para
Daniel Amador, constituye un espacio de interlocución con una de las
principales figuras de Morena en Sinaloa. Lo que cada parte pretenda construir
a partir de ese encuentro deberá conocerse por sus acciones y declaraciones
posteriores.
Porque en política una fotografía
puede abrir muchas interpretaciones, pero son los acuerdos públicos y los
hechos posteriores los que terminan por explicar su verdadero alcance.
Y rumbo a 2027, habrá que
observar si este acercamiento queda en una reunión más o se convierte en una
relación política de mayor continuidad.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
Facebook,Instagram y X: PeriodistaMarco
.png)

