Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “La ley primera y fundamental de la naturaleza es buscar la paz” ,Thomas Hobbes (1588-1679) Filóso...
Entre Veredas
Marco Antonio
Lizárraga
“La ley primera
y fundamental de la naturaleza es buscar la paz” ,Thomas Hobbes (1588-1679)
Filósofo y tratadista político inglés.
¿JUGADA ESTRATÉGICA?
El calendario
del 2027 ya dejó de ser una proyección lejana y comenzó a operar como un factor
real de decisión.
Diecisiete
entidades renovarán gubernatura y, aunque formalmente el proceso todavía no
arranca, en la práctica los tiempos políticos ya se están consumiendo.
En ese contexto
aparece una pregunta que no es superficial ni coyuntural: ¿le conviene a Morena
definir sus candidaturas a gobernador antes del Mundial de Futbol 2026?
Hablar de “antes
del Mundial” no es una metáfora deportiva. Es una lectura estratégica del
control de la agenda pública. Entre el 11 de junio y el 19 de julio de 2026, el
país vivirá una pausa política de facto.
La conversación
pública se desplazará al futbol, los reflectores mediáticos cambiarán de
prioridad y la atención social se fragmentará. Para un partido en el poder, ese
periodo puede funcionar como un amortiguador del ruido… o como una zona de
riesgo mal calculado.
Definir
candidaturas antes de esa fecha implicaría, en los hechos, cerrar decisiones
entre marzo y mayo de 2026. Morena ganaría algo valioso: orden interno.
Un partido que
hoy convive con múltiples aspirantes, estructuras en competencia y liderazgos
regionales en tensión, encontraría en la definición temprana una forma de
apagar fuegos antes de que se conviertan en incendios.
La claridad, en
política, suele reducir la especulación y, con ella, el desgaste interno.
También hay una
ventaja táctica evidente. Quien controla el tiempo, controla el tablero.
Un candidato
definido con antelación tiene margen para posicionarse, recorrer territorio,
afinar discurso y construir estructura sin la presión inmediata de la contienda
formal.
Mientras la
oposición discute alianzas, nombres y estrategias, Morena podría operar con la
certeza de un rumbo definido, algo que en elecciones competidas suele marcar
diferencia.
Pero adelantarse
no es sinónimo automático de fortaleza. Toda definición temprana tiene un
costo.
El primero es
legal y político. Un candidato visible con demasiada anticipación se convierte
en blanco: de adversarios, de autoridades electorales y, muchas veces, de su
propio entorno.
La línea entre
posicionamiento y acto anticipado se vuelve delgada, y cualquier error puede
traducirse en sanciones o desgaste prematuro.
Además, cuando
un partido define con mucha antelación, el gobierno —en los estados donde
gobierna— corre el riesgo de entrar en lógica electoral antes de tiempo.
Las decisiones
dejan de leerse como políticas públicas y comienzan a interpretarse como
mensajes de campaña.
La
administración se politiza, los equipos se dividen y la gestión cotidiana se
resiente. Gobernar con un ojo en la urna suele pasar factura.
Hay otro
elemento que no puede ignorarse: quienes no resulten favorecidos no
desaparecen. Una candidatura cerrada antes del Mundial abre un largo periodo
para administrar inconformidades.
Si los acuerdos
no son sólidos, si las salidas no son dignas o si los compromisos no se
cumplen, la unidad se vuelve frágil.
Y en política,
una fractura silenciosa suele ser más peligrosa que una ruptura abierta.
El Mundial,
además, puede jugar en doble sentido.
Si bien reduce
la atención mediática, también puede generar la percepción de decisiones
tomadas sin debate público, en un momento de distracción nacional.
Lo que no se
discute en voz alta se procesa en privado, y muchas veces se cobra después,
cuando el ruido regresa.
El análisis se
vuelve más fino cuando se observa estado por estado. No todas las entidades
enfrentan la misma realidad política.
Hay estados
donde la definición temprana puede ordenar; otros donde puede profundizar
tensiones; y algunos más donde el problema no es el calendario, sino el método.
Adelantar decisiones sin reglas claras puede ser más costoso que esperar.
En el caso de
Sinaloa, la pregunta de fondo no es si Morena debe definir antes o después del
Mundial, sino cómo y para qué.
En una entidad
donde el peso del territorio, las estructuras y los liderazgos locales sigue
siendo determinante, una candidatura temprana solo funcionará si se percibe
como resultado de un proceso legítimo y no como una imposición.
De lo contrario,
el calendario solo adelantará el conflicto.
Al final, Morena
enfrenta una paradoja clásica del poder. Definir antes puede dar orden, pero
también puede acelerar el desgaste. Ganar tiempo es útil solo si se sabe
administrar.
Porque el
Mundial dura poco más de un mes, pero una candidatura mal gestionada puede
marcar —para bien o para mal— todo el camino rumbo a 2027.
Y en política,
como en el futbol, no siempre gana el que corre primero, sino el que sabe
cuándo atacar y cuándo aguantar el balón.
Este rumor tiene
dos caminos, ya veremos que es lo que pasa.
LA OTRA CARA
Si Morena decide
adelantar la definición de sus candidaturas a gobernador, el impacto no se
limita a su vida interna.
La verdadera
onda expansiva se sentiría en la oposición. PRI, PAN y Movimiento Ciudadano
enfrentarían un escenario incómodo: competir no contra aspirantes, sino contra
nombres ya instalados, con tiempo, estructura y narrativa en marcha.
La primera
consecuencia sería psicológica y política. Un partido que anuncia temprano
transmite control, aun cuando ese control sea relativo.
La oposición, en
cambio, queda colocada en la defensiva, obligada a reaccionar, no a proponer.
En política, reaccionar siempre es más costoso que marcar el ritmo.
Para el PRI, el
escenario es particularmente complejo. El tricolor llega a 2027 con estructuras
aún vivas en varios estados, pero con una marca erosionada y una narrativa
nacional debilitada.
Si Morena define
temprano, el PRI enfrentará una disyuntiva: adelantar también sus procesos
internos, con el riesgo de exhibir fracturas y carencias, o esperar, apostando
a una recomposición tardía que podría llegar demasiado tarde para ser
competitiva.
El problema del
PRI no es solo el calendario, sino la falta de un relato convincente. Definir
candidatos temprano sin una narrativa renovada puede convertirse en un
ejercicio de desgaste anticipado.
Pero esperar
demasiado lo coloca en la irrelevancia mediática frente a candidatos de Morena
ya posicionados.
En muchos
estados, el PRI corre el riesgo de convertirse en partido acompañante, más
preocupado por conservar registros y espacios legislativos que por disputar
seriamente las gubernaturas.
El PAN enfrenta
una realidad distinta, pero no menos retadora. Acción Nacional conserva
competitividad en entidades clave y mantiene una base electoral sólida en
ciertos territorios.
Sin embargo, un
anuncio temprano de Morena obligaría al PAN a acelerar definiciones internas
que no siempre son tersas. Donde hay gobierno panista, la sucesión se vuelve un
campo minado; donde no lo hay, el PAN suele depender de perfiles ciudadanos o
de alianzas que requieren tiempo, no prisa.
El mayor riesgo
para el PAN es adelantarse sin consenso. Una candidatura mal procesada puede
fracturar estructuras locales y desmovilizar a su electorado tradicional.
Pero el mayor
costo sería quedarse inmóvil mientras Morena avanza. En ese caso, el PAN podría
quedar atrapado en una narrativa reactiva: criticar al candidato de Morena sin
haber construido aún una alternativa clara.
Movimiento
Ciudadano juega en otro carril, pero no está exento del impacto. MC ha apostado
históricamente a los tiempos largos, a la construcción de figuras con
proyección mediática y a una narrativa de “nueva política”.
Un Morena que
define temprano obliga a MC a decidir si acelera sus apuestas o si mantiene su
estrategia de maduración lenta, corriendo el riesgo de quedar fuera de la
conversación temprana.
El dilema de MC
es estratégico. Si entra pronto al juego, puede perder su aura de frescura y
exponerse al desgaste.
Si espera, puede
quedar reducido a un actor testimonial en estados donde la contienda se
polarice entre Morena y el PAN. Además, MC enfrenta el reto de no depender de
una sola figura nacional, algo que en elecciones locales pesa más de lo que el
partido suele admitir.
Hay un elemento
común que atraviesa a los tres partidos: la posible desarticulación del frente
opositor. Un Morena con candidatos definidos antes del Mundial podría
fragmentar cualquier intento de alianza amplia.
Las decisiones
adelantadas obligan a la oposición a negociar desde la urgencia, no desde la
fortaleza. Y las alianzas construidas desde la urgencia suelen ser frágiles.
En estados donde
la elección se anticipe cerrada, la oposición enfrentará otro dilema: ¿competir
con candidato propio o buscar candidaturas comunes?
Morena, con
tiempo de sobra, podría explotar esa indecisión, mientras PRI, PAN y MC
discuten quién encabeza y quién acompaña. El calendario, otra vez, se convierte
en arma.
El mayor riesgo
para la oposición no es que Morena defina temprano, sino que lo haga con método
y disciplina.
Frente a eso, la
oposición solo tendría dos caminos viables: reorganizarse con rapidez y
claridad, o resignarse a jugar un papel secundario, apostando a errores ajenos
más que a méritos propios.
Al final, un
Morena que adelanta candidaturas obliga a PRI, PAN y MC a definirse a sí
mismos. Ya no basta con oponerse al partido en el poder; se requiere proyecto,
narrativa y liderazgo. Quien no entienda eso quedará atrapado en el calendario
del adversario.
Porque en
política, como en el ajedrez, cuando uno mueve primero no siempre gana, pero
obliga al otro a pensar bajo presión. Y hoy, todo indica que la presión no está
del lado de Morena, sino del de una oposición que aún debate si está lista para
jugar la partida… o solo para resistirla.
Ahí se las dejo
de tarea
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
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