Tras la captura de Nicolás Maduro, la narrativa oficial sobre democracia y narcotráfico contrasta con el verdadero eje de interés: las may...
La captura de Nicolás Maduro abrió un nuevo capítulo en la relación entre Estados Unidos y Venezuela, marcado por un mensaje directo del presidente Donald Trump: el petróleo será el centro de la nueva etapa de intervención. “Vamos a extraer una cantidad tremenda de riqueza del subsuelo de Venezuela… y esa riqueza irá al pueblo de Venezuela, y también a Estados Unidos como reembolso”, declaró. Para especialistas, la frase resume el verdadero trasfondo del operativo.
Venezuela posee 304 mil millones de barriles de reservas probadas de crudo —el 19.4% del total mundial—, de acuerdo con la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Este volumen supera ampliamente al de Estados Unidos y multiplica más de 50 veces el de México. Sin embargo, la producción petrolera venezolana se mantiene deprimida: de un histórico de 3.1 millones de barriles diarios, hoy ronda apenas 1.1 millones, afectada por deterioro de infraestructura, falta de inversión y sanciones.
Buena parte del crudo se concentra en la Faja Petrolífera del Orinoco, el mayor depósito de crudo pesado del mundo. Su explotación es costosa y compleja, pero estratégica. No es casual —coinciden analistas— que el plan de Trump contemple la entrada de grandes petroleras estadounidenses como Chevron y ExxonMobil para “revitalizar” la industria bajo supervisión directa de Washington.
Eduardo González, académico del Tec de Monterrey, afirma que la operación “constituye una violación al derecho internacional” y responde al objetivo de asegurar el control de las reservas petroleras antes que a la promoción democrática. Arturo Santa Cruz, investigador de la UdeG, advierte que el discurso del combate al narcotráfico funciona como narrativa justificativa dentro de un resurgimiento de la Doctrina Monroe bajo el principio de “América para los americanos”.
En contraste con las reservas, la producción mundial la lidera Estados Unidos con 13.2 millones de barriles diarios, por encima de Rusia, Arabia Saudita y Canadá. Esa capacidad explica el peso económico de Washington y su interés estratégico en garantizar acceso preferencial al petróleo venezolano en un escenario global de competencia energética.
El sector petrolero venezolano ha transitado entre nacionalización, apertura y control estatal. Tras la creación de Petróleos de Venezuela en los años 70, el país permitió inversión extranjera en los 90, pero el gobierno de Hugo Chávez retomó el control mayoritario en empresas mixtas con firmas internacionales. Con las sanciones y el bloqueo económico, buena parte de las exportaciones se desplazó hacia China, mientras activos como la refinadora CITGO permanecen bajo presión legal y financiera.
En conferencia reciente, Trump exigió a la presidenta interina Delcy Rodríguez “acceso total” a infraestructura, petróleo y recursos estratégicos, bajo lo que definió como la “Doctrina Donroe”, una reinterpretación geopolítica orientada a reforzar la presencia de Estados Unidos en el hemisferio. Incluso insinuó que un modelo de intervención semejante podría replicarse en México bajo el argumento del combate al narcotráfico.
México ocupa el lugar 20 en reservas petroleras globales, con poco más de cinco mil millones de barriles. Aunque no representa el mismo atractivo energético que Venezuela, Santa Cruz advierte que la presión regional permanece latente y que la narrativa de seguridad podría operar como justificación política.
Para los expertos, el escenario abre una reconfiguración del equilibrio en América Latina, donde la diplomacia, la cooperación en seguridad y la defensa del derecho internacional serán determinantes para contener pulsiones intervencionistas y preservar la estabilidad regional.
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