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Ni fu ni fa

  Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “La descomposición de todo gobierno comienza por la decadencia de los principio sobre los cuales...

 


Entre Veredas

Marco Antonio Lizárraga

“La descomposición de todo gobierno comienza por la decadencia de los principio sobre los cuales fué fundado”, Montesquieu (1689-1755) Escritor y político francés.

TIEMPO RÉCORD

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos marca un parteaguas en la historia política de América Latina. No se trata solo de la caída de un presidente cuestionado, ni de un operativo espectacular con aviones, fuerzas especiales y traslados a Nueva York.

Lo que está en juego es algo más incómodo: la frontera entre justicia internacional y poder hegemónico; entre el deseo legítimo de millones de venezolanos de ver fin a un régimen asfixiante y el riesgo de que la región vuelva a normalizar las viejas formas de intervención bajo ropaje jurídico.

Estados Unidos presenta la operación como una acción en defensa de la ley y la seguridad: un jefe de Estado acusado de narcotráfico, narco-terrorismo y conspiración para inundar de droga el territorio estadounidense, finalmente llevado ante los tribunales.

El mensaje es contundente: ni la investidura ni las fronteras nacionales serían un escudo frente a ciertos delitos.

Pero, detrás de esa narrativa, emerge la primera gran pregunta: ¿estamos ante un avance de la justicia universal o ante un precedente de que, cuando un gobernante “incómodo” no cae por vía interna, se habilita la vía de la fuerza bajo justificaciones penales?

En Venezuela, la captura de Maduro no resuelve el colapso institucional; simplemente cambia el escenario. La designación de Delcy Rodríguez como presidenta interina muestra que el chavismo —o lo que queda de él— no está dispuesto a ceder el control del aparato estatal sin negociar su propia supervivencia.

El poder, en política, rara vez se evapora: se recicla, se redistribuye, se adapta. ¿Realmente estamos ante el fin de una era o ante una mutación del mismo sistema, ahora sin su figura más visible pero con las mismas estructuras militares, económicas y clientelares operando detrás de bambalinas?

En el plano regional, la reacción ha sido profundamente dividida. Gobiernos y liderazgos opositores celebran la salida de un presidente acusado de autoritarismo, fraude electoral y violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

Para ellos, la captura es una victoria simbólica y práctica: el rostro más duro del chavismo sentado frente a un juez estadounidense.

Pero otros países alertan de inmediato sobre la violación de la soberanía venezolana, la ausencia de un mandato claro de organismos multilaterales y el riesgo de que se normalice un tipo de operación que, aplicada en otros contextos, sería condenada sin matices.

Ahí aparece otra pregunta incómoda: si mañana otro gobierno es acusado de crímenes graves, ¿quién decide cuándo procede un operativo de este tipo y cuándo no? ¿La legalidad internacional o la correlación de fuerzas?

La figura de Maduro tampoco puede ser leída solo en blanco y negro. Es evidente que su gobierno encabezó una de las peores crisis económicas, sociales y migratorias de la historia contemporánea de América Latina.

Millones de venezolanos salieron del país huyendo del hambre, la inseguridad y la falta de futuro. Las denuncias de fraude electoral, persecución a opositores, censura y manipulación de instituciones son demasiado numerosas como para ignorarlas.

Pero incluso reconociendo eso, la vía de su captura reabre otro dilema: si los sistemas internos están quebrados o capturados, ¿es legítimo que una potencia extranjera intervenga militarmente para “corregir” la historia? ¿O esa lógica, por muy tentadora que parezca en casos extremos, siempre termina cobrando una factura política y moral a los pueblos de la región?

En paralelo, aparece el tablero geopolítico. Venezuela no es solo un país en crisis; es un territorio con enormes reservas de petróleo, un aliado histórico de Rusia y China en la región y un símbolo del discurso antiestadounidense en América Latina.

La captura de Maduro no solo tiene resonancia en Caracas, sino en Moscú, Pekín, La Habana, Teherán y Bruselas. ¿Estamos ante un mensaje de fuerza de Washington hacia sus rivales globales?

¿O ante un intento de reordenar la influencia en el hemisferio aprovechando la debilidad interna del chavismo? La justicia, en este nivel, siempre camina de la mano del cálculo estratégico.

También vale la pena interrogar el papel de los organismos internacionales. ¿Dónde quedaron la Organización de Estados Americanos, la ONU, la Corte Penal Internacional, las instancias regionales que, en teoría, deberían encauzar conflictos como el venezolano?

¿Se intentó hasta el límite la vía diplomática, la presión multilateral, la construcción de un acuerdo de transición negociada? ¿O el mundo terminó aceptando, de facto, que frente a ciertos regímenes la única respuesta efectiva será, una vez más, la fuerza?

Cada vez que se legitima una intervención unilateral, se debilita —un poco más— la idea de un orden internacional basado en reglas y no en músculo.

Para América Latina, el caso Maduro es también un espejo incómodo. Durante décadas, la región ha denunciado el intervencionismo, las dictaduras, los golpes de Estado clásicos y las operaciones encubiertas.

Hoy, sin embargo, una parte importante de la opinión pública se debate entre el rechazo histórico a la injerencia y la sensación de que, en Venezuela, el sistema político estaba tan degradado que ya no quedaban salidas internas.

 ¿Qué pesa más en la balanza moral: el repudio a la injerencia o el deseo de justicia frente a un régimen que parecía no tener límites? La respuesta no es simple, pero definirla marcará la postura de la región en los años por venir.

En el interior de Venezuela, la captura de Maduro puede abrir dos caminos opuestos. Por un lado, puede detonar un proceso de transición política, con negociaciones entre sectores del chavismo, la oposición y la comunidad internacional para reconstruir instituciones, convocar elecciones creíbles y atender la emergencia humanitaria.

Por otro, puede generar un vacío de poder, una lucha interna entre facciones, tentaciones militares y un nuevo ciclo de violencia y represión.

 ¿Quién garantiza que el reacomodo no derive en una nueva versión del mismo autoritarismo, pero ahora bajo otros nombres y rostros?

La propia sociedad venezolana enfrenta un reto monumental: convertir el hartazgo en proyecto, el dolor en organización, la esperanza en estrategia política. La salida de un líder no reconstruye, por sí sola, la economía, las instituciones, la confianza ciudadana ni el tejido social roto por años de crisis.

 Es legítimo celebrar la caída de un símbolo del autoritarismo; lo peligroso es creer que con eso basta. ¿Qué fuerzas políticas están realmente preparadas para ofrecer una alternativa seria, democrática y viable? ¿Qué papel desempeñarán la diáspora, los movimientos sociales, el empresariado y las fuerzas armadas en esa recomposición?

Desde la perspectiva latinoamericana, conviene hacer una reflexión que vaya más allá del caso venezolano.

Si la región no es capaz de construir mecanismos propios de prevención de crisis, defensa de la democracia, mediación y justicia, otros actores llenarán ese vacío, casi siempre con sus propios intereses por delante.

 La captura de Maduro es también un recordatorio de la debilidad de los proyectos de integración regional, del desgaste de los foros multilaterales y de la tendencia de muchos gobiernos a mirar hacia otro lado mientras las crisis se pudren en casa ajena.

Al final del día, la captura de Nicolás Maduro puede leerse como un acto de justicia, como un abuso de poder internacional o como una mezcla incómoda de ambas cosas. Lo cierto es que no cierra ningún capítulo: lo abre.

 Abre el debate sobre hasta dónde puede llegar una potencia en nombre de la ley. Abre el dilema sobre cómo enfrentar a regímenes autoritarios sin caer en la tentación del atajo militar. Abre también la oportunidad —y el riesgo— de una transición que puede regenerar o terminar de hundir a un país ya golpeado.

La historia juzgará a Maduro, pero también juzgará la forma en que fue derribado y las decisiones que la región tome a partir de ahora. ¿Aprenderá América Latina a defender la democracia sin entregar la llave de su destino a fuerzas externas?

¿Serán los pueblos quienes definan, con sus propias herramientas, el rumbo de sus países, o seguiremos atrapados entre caudillos internos y tutelas externas? Esas son las preguntas de fondo. Y las respuestas, nos guste o no, ya se están escribiendo en las calles de Caracas, en los tribunales de Nueva York y en las cancillerías de medio mundo.

SOBRE AVISO

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos no solo desató un terremoto político en Venezuela; también abrió un nuevo capítulo de tensiones hemisféricas que ahora alcanza directamente a México.

El operativo militar que terminó con el traslado del exmandatario venezolano a Nueva York, bajo acusaciones de narcotráfico y narco-terrorismo, fue presentado por Washington como una acción de justicia y seguridad internacional.

Sin embargo, la narrativa judicial pronto se transformó en un instrumento político más amplio: desde el mismo discurso oficial estadounidense, comenzaron a insinuarse advertencias hacia otros países de la región, entre ellos México, bajo el argumento del combate al crimen organizado.

No se trata de una coincidencia discursiva. Tras la operación en Venezuela, el gobierno estadounidense ha enviado mensajes que, aun sin declararse como amenazas abiertas, operan como recordatorios de poder.

México fue señalado indirectamente como un país que “no ha hecho lo suficiente” frente al narcotráfico y que, de no actuar de manera más firme, podría enfrentar presiones mayores.

La frase “algo tendrá que hacerse” no es solo una opinión: es una expresión cargada de historia, resonancias y precedentes en la relación asimétrica entre ambos países. De fondo late una pregunta inquietante: ¿hasta qué punto el caso Venezuela puede convertirse en argumento para justificar nuevas intervenciones bajo el mismo guion?

El gobierno mexicano respondió condenando la intervención militar en Venezuela y defendiendo el respeto al derecho internacional, pero sin romper puentes diplomáticos ni escalar el conflicto.

Es una posición prudente, aunque también revela el dilema que enfrenta México: mantener una postura soberana sin provocar una confrontación directa con su principal socio económico y vecino estratégico.

La tensión no está solo en lo que se dice, sino en lo que se insinúa. Cuando una potencia afirma que la acción militar en un país no fue “una advertencia” para México, pero en la misma frase critica su política de seguridad, el mensaje queda flotando en el aire aunque no se pronuncie de manera explícita.

Este escenario obliga a mirar la captura de Maduro más allá de la figura del exmandatario. Lo que se está configurando es una redefinición del equilibrio regional, donde el discurso de la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y el crimen transnacional se convierte en plataforma para reactivar lógicas de intervención.

La operación en Venezuela no ocurrió en el vacío: se da en un contexto de competencia geopolítica, disputas por recursos estratégicos, alianzas internacionales y debilitamiento de los mecanismos multilaterales. La consecuencia es clara: cuando las instituciones internacionales pierden eficacia, la ley termina siendo interpretada por quien tiene la fuerza para imponerla.

México, por su parte, se encuentra atrapado en un cruce de presiones. Por un lado, enfrenta el desafío real del crimen organizado, la violencia y las estructuras ilícitas que afectan su seguridad interna.

Por otro, debe resistir la narrativa que pretende reducir un problema complejo a un argumento funcional para legitimar presiones externas. Si la captura de Maduro abre la puerta a una nueva doctrina de intervención selectiva, ¿quién define cuál país es “candidato” a una acción de ese tipo y bajo qué criterios? ¿La justicia internacional o la conveniencia geopolítica?

El riesgo para América Latina es evidente: normalizar la idea de que los conflictos internos, por graves que sean, pueden resolverse desde fuera.

Si el caso venezolano se transforma en precedente, cualquier crisis política o de seguridad puede convertirse en plataforma para avanzar intereses estratégicos ajenos a las realidades nacionales.

Y, al mismo tiempo, los gobiernos de la región quedan entrampados entre dos fuerzas: la presión interna para resolver sus crisis y la presión externa que busca condicionar sus decisiones.

Para México, la coyuntura exige algo más que comunicados diplomáticos. Se requiere una política exterior firme, coherente y articulada con la región; una estrategia de seguridad que no solo responda a las demandas internas, sino que reduzca las vulnerabilidades que hoy sirven como argumento para la injerencia.

Pero también se necesita una reflexión profunda: ¿qué significa soberanía en un mundo donde los problemas locales son utilizados para fines globales? ¿Cómo defender la autonomía sin negar la urgencia de transformaciones estructurales dentro del propio país?

La captura de Nicolás Maduro y las advertencias veladas hacia México no deben leerse como hechos aislados, sino como piezas de un mismo tablero. América Latina vuelve a situarse en el punto donde confluyen la disputa por los recursos, los discursos de seguridad y las tensiones ideológicas.

El desafío es no repetir la historia: ni caer en la complacencia autoritaria de los regímenes que oprimen a sus pueblos, ni aceptar que el remedio provenga, una vez más, de la fuerza externa.

La región tiene ante sí una oportunidad y una advertencia.

La oportunidad es construir respuestas propias, fortalecer sus instituciones, recuperar la vía multilateral y asumir con seriedad la defensa de la democracia y la justicia.

La advertencia es clara: si no lo hace, otros decidirán por ella. Y cuando eso ocurre, los países dejan de escribir su propio destino y pasan a ser solo escenarios de una obra escrita desde lejos.

marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx

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