Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Porque la amistad es la ciencia de los hombres libres. Y no hay libertad sin inteligencia y sin c...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“Porque la
amistad es la ciencia de los hombres libres. Y no hay libertad sin inteligencia
y sin comprensión recíprocas”, Albert Camus (1913-1960) Escritor francés.
DESTAPE ANUNCIADO
En Sinaloa, la
sucesión de 2027 ya empezó, aunque nadie lo diga en voz alta
Empezó en los
discursos medidos, en las agendas cuidadas, en la obsesión por las encuestas y,
sobre todo, en la manera en que algunos actores deciden cuándo hablar… y cuándo
callar.
En ese
escenario, las recientes declaraciones de la senadora Imelda Castro Castro no
solo confirman que el tablero está en movimiento, sino que revelan cómo se está
jugando la partida dentro de Morena.
Cuando Castro
afirma que solo valorará una eventual aspiración a la gubernatura si las
encuestas internas le favorecen, no está improvisando una respuesta coyuntural.
Está
describiendo con crudeza el método que hoy define al partido gobernante: la
política ya no se construye en asambleas, ni en consejos, ni siquiera en
negociaciones abiertas; se construye en estudios demoscópicos que otorgan
legitimidad antes de que exista candidatura.
En Morena, quien
gana la encuesta gana la narrativa, y quien gana la narrativa suele ganar el
proceso.
Pero esta
postura cobra mayor sentido cuando se contrasta con los datos que hoy circulan
fuera del partido. Diversas encuestas externas —no oficiales, pero sí
influyentes— colocan a Imelda Castro como uno de los perfiles mejor
posicionados rumbo a 2027.
Un ejercicio de
Statistical Research Corporation la sitúa encabezando la preferencia interna de
Morena con alrededor del 25 por ciento, mientras que en escenarios abiertos de
elección para gobernador supera el 40 por ciento de intención de voto, dejando a
la oposición en márgenes claramente menores.
Orus Media, por
su parte, la ubica con cerca del 27 por ciento dentro del partido, nuevamente
en primer lugar frente a otros aspirantes.
Estos números no
son menores.
En política, las
encuestas no solo miden: ordenan. Definen quién entra al debate y quién queda
relegado al ruido.
Y hoy, los
estudios disponibles colocan a Imelda Castro en el grupo de quienes no solo
pueden competir, sino encabezar.
Eso explica, en
buena medida, el tono sereno de su discurso. No hay prisa cuando los números
acompañan; no hay necesidad de confrontar cuando la tendencia es favorable.
Sin embargo,
también hay que decirlo: no todas las mediciones son idénticas. Algunos
ejercicios muestran escenarios más cerrados dentro de Morena, con diferencias
mínimas entre perfiles y márgenes que podrían moverse con rapidez conforme se
acerque el proceso formal.
Esa variación
recuerda una verdad incómoda que suele olvidarse cuando los porcentajes
favorecen: las encuestas capturan momentos, no destinos. Hoy reflejan
posicionamiento; mañana pueden reflejar desgaste, fractura o reacomodos
internos.
Por eso resulta
clave la insistencia de Castro en remarcar que no hay precampañas ni campañas,
que lo suyo es rendición de cuentas.
Más allá del
blindaje legal, hay una lectura política más profunda: adelantarse demasiado en
Morena no siempre es ventaja.
La historia
reciente del partido está llena de figuras que lideraron encuestas tempranas y
terminaron desplazadas por decisiones estratégicas, acuerdos cupulares o
cambios en la narrativa nacional.
Aquí aparece el
primer punto crítico.
Morena ha
convertido a las encuestas en su principal instrumento de selección, pero no
siempre ha sido transparente en su metodología ni consistente en su aplicación.
La encuesta
puede ser un mecanismo democrático, sí, pero también una herramienta para
justificar decisiones previamente tomadas. Y ese es un riesgo real para
cualquier aspirante, incluso para quien hoy encabeza las mediciones.
El segundo punto
crítico es de fondo y trasciende a Imelda Castro: Sinaloa no es solo una suma
de porcentajes.
Es un estado con
problemas estructurales de seguridad, desarrollo regional desigual y una
ciudadanía cada vez más exigente.
Ganar una
encuesta interna no equivale automáticamente a construir un proyecto de
gobierno sólido.
La pregunta que
aún no se responde —y que ninguna encuesta puede resolver— es si el liderazgo
que hoy reflejan los números se traducirá en una propuesta clara, cohesionadora
y capaz de sostenerse más allá del arrastre partidista.
Imelda Castro
parece entenderlo.
Por eso no se
adelanta, por eso no se destapa, por eso condiciona.
Pero también es
cierto que las encuestas, cuando se convierten en el eje central de la
política, tienden a sustituir la discusión de fondo por la comodidad del dato.
Y ahí es donde
Morena, y quienes aspiran a gobernar Sinaloa, enfrentan su mayor desafío: no
confundir ventaja demoscópica con legitimidad social.
Hoy, los números
favorecen a Imelda Castro. Mañana, el escenario puede cambiar.
La verdadera
prueba no será ganar una encuesta, sino demostrar que detrás de ese porcentaje
hay liderazgo real, estructura, visión y capacidad de gobernar un estado
complejo.
Porque al final,
las encuestas abren la puerta, pero no garantizan que quien entre sepa qué
hacer una vez adentro.
AMARRADOS
Las
declaraciones del gobernador Rubén Rocha Moya sobre los integrantes de su
Gabinete y las elecciones de 2027 no deben leerse como una simple advertencia
administrativa, sino como un mensaje político con varios destinatarios y
múltiples lecturas.
En un contexto
donde la sucesión comienza a asomarse antes de tiempo, el mandatario decide
fijar una línea clara: en Sinaloa, al menos desde el discurso institucional, el
reloj electoral aún no arranca.
Rocha parte de
una premisa fundamental: quienes forman parte del Gabinete estatal están
obligados a respetar con mayor rigor los tiempos legales. No es una precisión
menor.
Al señalar que
ningún secretario o secretaria se ha acercado formalmente a expresarle interés,
el gobernador construye una narrativa de orden y disciplina interna, aun cuando
reconoce —con realismo político— que “alguien ahí anda haciendo su luchita”. Esa
frase, aparentemente coloquial, es quizá la más reveladora: Rocha no ignora la
efervescencia política, pero deja claro que no la avala desde el poder público.
El fondo del
mensaje es institucional, pero el impacto es político. Rocha establece que
cualquier intento de promoción anticipada desde cargos públicos no solo sería
ilegal, sino vulnerable a denuncias de la oposición ante el INE.
Con ello, envía
una advertencia doble: a sus colaboradores, para que no confundan gestión con
posicionamiento; y a los aspirantes, para que entiendan que el uso de la
estructura gubernamental no será tolerado como plataforma electoral.
Este
posicionamiento también revela el papel que Rocha busca jugar en la sucesión.
Lejos de aparecer como un promotor de delfines o un árbitro parcial, el
gobernador intenta colocarse como garante de los tiempos y de la legalidad, al
menos en la narrativa pública.
En un estado
donde históricamente los gobernadores han influido decisivamente en las
sucesiones, este discurso apunta a un intento de deslinde formal, aunque en la
práctica el control político nunca desaparece del todo.
El contexto
cobra mayor relevancia cuando se observa que el proceso de 2027 no solo
renovará la Gubernatura, sino también alcaldías y el Congreso local. Es decir,
se trata de una reconfiguración completa del poder en Sinaloa.
En ese
escenario, la advertencia de Rocha funciona como un freno preventivo para
evitar que la contienda se desborde antes de tiempo y desgaste tanto al
gobierno como a Morena.
En contraste,
mientras desde el Ejecutivo se pide cautela, otros actores ya comienzan a
levantar la mano. El caso de Roxana Rubio Valdez, diputada local del PAN, es
ilustrativo. Al no formar parte del gobierno estatal, su margen de maniobra es
mayor y su destape temprano no implica los mismos riesgos legales. Su
declaración confirma que la oposición no piensa esperar a que Morena ordene sus
tiempos para empezar a construir narrativa y presencia.
Algo similar
ocurre con el Partido Sinaloense, dirigido por Roberspierre Lizárraga Otero, que
al descartar alianzas rumbo a 2027 manda una señal de autonomía política, pero
también de cálculo.
El PAS entiende
que el escenario ha cambiado desde 2021 y que su valor electoral dependerá de
cómo se reposicione frente a un Morena que hoy gobierna, pero que también
enfrentará el desgaste natural del poder.
Así, el mensaje
de Rocha no es aislado. Es parte de un intento por contener la carrera
adelantada, evitar fracturas internas y reducir riesgos legales en un momento
en el que la sucesión apenas comienza a perfilarse. Sin embargo, también deja
en evidencia una tensión inevitable: mientras el gobernador llama a la
prudencia, la lógica política empuja a los actores a moverse, medirse y
posicionarse desde ahora.
En el fondo, lo
que está en juego no es solo el respeto a los tiempos legales, sino el control
del proceso sucesorio.
Rocha busca que
la competencia se dé bajo reglas claras y, sobre todo, lejos del aparato
gubernamental.
La pregunta que
queda abierta es si ese control podrá sostenerse conforme avance el calendario
y crezcan las ambiciones.
Porque en
política, advertir que “no es tiempo” rara vez detiene a quienes ya decidieron
competir; solo obliga a hacerlo con mayor cautela.
Es cuanto.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
Facebook,
Instagram y X: PeriodistaMarco
.png)

