Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “No somos las mismas personas que el año pasado, tampoco lo son aquellos a los que amamos. Es ex...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“No somos las mismas personas que el año pasado, tampoco lo son aquellos a los que amamos. Es extraordinario que, cambiando, podamos seguir amando a alguien que también cambió”, William Somerset Maugham (1874-1965) Escritor británico.
LOS RETOS
Feliz Año Nuevo
para Sinaloa. Comenzamos 2026 con esperanza, pero también con una agenda
política cargada de retos, decisiones pendientes y señales claras de que este
será un año decisivo para definir el rumbo del estado, tanto en términos de
gobierno como de sucesión rumbo a 2027.
No es un año
cualquiera: es el momento en que el desempeño del gobierno dejará de medirse en
promesas y comenzará a evaluarse en resultados concretos.
En Sinaloa, la
discusión pública se está concentrando en tres ejes que inevitablemente cruzan
la política: seguridad, obra pública y ejercicio del presupuesto.
A partir de
ahora, cada obra iniciada, cada ajuste administrativo y cada decisión
presupuestal tendrá una lectura doble: la institucional y la electoral. Es el
costo —y el peso— de gobernar en la antesala de una sucesión.
El gobierno
estatal ha apostado a consolidar su narrativa de estabilidad y obra social,
pero el reto ya no es anunciar programas, sino demostrar impacto real en las
calles, colonias y municipios.
La ciudadanía no
está mirando discursos; está evaluando infraestructura, empleo, servicios
públicos y seguridad. Esa será la métrica que marcará el pulso del debate
político durante este año.
Al mismo tiempo,
la ruta hacia 2027 ya empezó sin declararse formalmente. Hay movimientos
silenciosos, posicionamientos sutiles, recorridos territoriales y operaciones
discretas dentro de los partidos.
Algunos cuadros
buscan proyectarse como continuidad del proyecto; otros intentan capitalizar el
desgaste natural del ejercicio de gobierno. El tablero se está moviendo, aunque
todavía nadie lo admita abiertamente.
En medio de
ello, la oposición enfrenta su propio dilema: reconstruirse o resignarse.
Tendrá que demostrar si puede articular una alternativa real o si volverá a
quedar atrapada en pleitos internos y candidaturas testimoniales.
El votante
sinaloense será más exigente en 2026 que en cualquier elección reciente; la
inconformidad social ya no se resuelve solo con retórica.
El punto clave
es que 2026 será el año del balance político del gobierno actual.
Lo que se haga
—o lo que se deje de hacer— definirá el tono de la contienda que viene.
No basta con
administrar la inercia: la ciudadanía espera decisiones firmes en temas
sensibles como seguridad pública, apoyo al sector productivo, transparencia
institucional y eficacia del gasto.
Por eso, más que
un año de discursos, Sinaloa necesita que 2026 sea un año de coherencia
política y resultados visibles.
Si el gobierno
logra cerrar filas, corregir áreas débiles y consolidar proyectos estratégicos,
llegará fuerte a la antesala de 2027. Si no, la conversación pública cambiará
de manos más rápido de lo que muchos imaginan.
El reloj
político ya empezó a correr.
Y este Año Nuevo
no solo nos invita a celebrar, sino a reflexionar: ¿será 2026 el año en que
Sinaloa consolide su rumbo… o el año en que comiencen a romperse las costuras
del proyecto en el poder?
FRAGILIDAD
La visita del
alcalde de Escuinapa, Víctor Díaz Simental, a la colonia Insurgentes para
levantar el diagnóstico de daños y brindar apoyo a una familia cuya vivienda
fue consumida por el fuego tras un enfrentamiento entre civiles armados, no es
solamente un acto de asistencia social: es también un mensaje político y un
reflejo de la fragilidad institucional que hoy enfrenta el sur de Sinaloa.
El
acompañamiento del DIF y de dependencias municipales refuerza una narrativa de
cercanía y solidaridad.
El alcalde apela
a un concepto clave: las víctimas colaterales de la violencia.
Reconocerlas públicamente implica aceptar que la violencia no solo se mide en
cifras de homicidios, sino también en hogares fracturados, patrimonio destruido
y comunidades que viven bajo la tensión permanente de hechos armados.
Sin embargo, el
episodio también abre preguntas inevitables. ¿Estamos ante una respuesta
humanitaria necesaria… o ante una política reactiva que llega después del daño?
En las últimas dos semanas,
Escuinapa ha
registrado al menos tres hechos de alto impacto con saldo de ocho personas
fallecidas, incluidos ciudadanos que nada tenían que ver con los conflictos. La
reacción municipal ha sido de acompañamiento social, pero la pregunta de fondo
sigue sin resolverse: ¿dónde está la estrategia preventiva y quién está
realmente conteniendo la violencia?
El gesto del
edil —caminar el territorio, escuchar a las familias, prometer apoyo— cumple
una función simbólica importante: evita el vacío político y sostiene la
percepción de presencia gubernamental en momentos de crisis.
Pero también
evidencia los límites de los municipios cuando la violencia rebasa la capacidad
local. Por eso, no es casual que en paralelo se impulse el proyecto de un
batallón de Infantería para reforzar la seguridad en la región: la respuesta ya
no es solo civil ni exclusivamente administrativa.
La visita del
alcalde transmite empatía y compromiso comunitario, sí; pero también confirma
que el gobierno municipal se mueve más en el terreno de la reparación que en el
de la contención estructural.
El
acompañamiento “permanente” anunciado es valioso para las familias afectadas,
aunque no sustituye la urgencia de una política de prevención más clara,
coordinada y sostenida con los otros niveles de gobierno.
Escuinapa
atraviesa hoy un punto crítico: las comunidades no solo piden ayuda para
reconstruir paredes quemadas, sino garantías para no volver a perderlas en un
nuevo estallido de violencia.
Ese es el
verdadero desafío político —y ético— que queda sobre la mesa.
FACTOR SOCIAL
La entrega de
cenas y despensas por parte de la alcaldesa de Rosario, Claudia Liliana Valdez
Aguilar, a familias en situación vulnerable durante la celebración de fin de
año, se inscribe en una narrativa de cercanía, empatía y presencia territorial
del gobierno municipal.
No es solo un
gesto asistencial; es también un mensaje político en tiempos donde la
legitimidad pública se construye tanto en el discurso como en el contacto
directo con la gente.
El acto
humanitario conecta con una realidad innegable: en comunidades como Chilillos y
Los Alacranes persisten carencias estructurales y rezagos históricos.
En ese contexto, la figura de la alcaldesa
aparece no como autoridad distante, sino como acompañante solidaria de las
familias que viven al margen de la estabilidad económica.
La ciudadanía
interpreta estos gestos como reconocimiento y dignificación —un “no están
solos” en medio de las desigualdades cotidianas.
Sin embargo, la
acción abre un espacio para el análisis de fondo. ¿Estamos ante una política
social sostenida o ante un esfuerzo simbólico de temporada?
La entrega de
alrededor de 100 cenas representa alivio inmediato, pero también evidencia una
paradoja: el municipio asume un papel asistencial en lugar de fortalecer rutas
estructurales para reducir la vulnerabilidad que hace necesarias estas
intervenciones.
El discurso de cercanía
y empatía funciona políticamente porque establece identidad emocional entre
gobierno y ciudadanía; no obstante, la transformación social requiere políticas
públicas de mayor alcance: acceso a servicios, empleo local, infraestructura
comunitaria y programas permanentes de apoyo alimentario y desarrollo social.
La reacción
comunitaria —agradecimientos, reconocimiento al gesto, valoración del “corazón
solidario”— confirma que el capital simbólico de los gobernantes sigue teniendo
peso en territorios rurales y marginados.
Pero también
revela otra dimensión: la ciudadanía agradece la ayuda… porque aún la necesita.
En suma, el
gesto de Claudia Valdez es valioso en lo humano y oportuno en lo social.
Refuerza presencia institucional y reconstruye tejido comunitario en fechas
sensibles.
El desafío, sin
embargo, va más allá de la entrega de cenas: convertir la solidaridad
estacional en política pública sostenida, para que en el futuro las familias de
Rosario no requieran apoyo extraordinario para vivir con dignidad.
La diferencia
entre un gesto solidario y una transformación real dependerá de lo que ocurra
después de la foto y de la cena.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
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