Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Quienes comparten nuestra niñez, nunca parecen crecer”, Graham Greene (1904-1991) Novelista bri...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“Quienes comparten nuestra niñez, nunca parecen crecer”, Graham Greene (1904-1991) Novelista británico.
IMPROVISACIONES
En buena parte
de los municipios pequeños de Sinaloa, la improvisación se ha convertido en una
constante del ejercicio de gobierno. Alcaldes y alcaldesas asumen la
administración pública sin contar con un proyecto claro de desarrollo, sin
equipos técnicos consolidados y sin una visión de mediano y largo plazo.
El gobierno
municipal deja entonces de ser una institución orientada al bienestar colectivo
para transformarse en un espacio de decisiones reactivas, fragmentadas y, en
muchos casos, circunstanciales.
Frente a ello
surge una primera interrogante de fondo: ¿cómo puede un municipio aspirar al
progreso si su dirección política opera bajo la lógica del día a día, y no bajo
la planeación estratégica?
La improvisación
no surge de manera aislada.
Tiene raíces
políticas, partidistas y culturales. Muchos perfiles llegan a las presidencias
municipales no por trayectoria administrativa, sino como resultado de acuerdos,
cuotas o equilibrios internos de los partidos. Ese origen condiciona el
desempeño.
El cargo se
vuelve un premio, no una responsabilidad institucional. Y entonces aparece una
segunda pregunta inevitable: ¿estamos configurando gobiernos locales para
servir a la ciudadanía o para cumplir compromisos políticos previos a la
elección?
Esta falta de
preparación se traduce en administraciones que carecen de diagnóstico del
territorio que gobiernan.
No existe una
lectura real sobre las dinámicas económicas, los índices sociales, la vocación
productiva o las carencias urbanas.
Las decisiones
surgen “sobre la marcha”, a partir de presiones coyunturales o episodios
aislados.
Se gobierna
reaccionando, no planificando. En ese contexto, conviene preguntarlo: ¿puede
haber política pública efectiva cuando el gobierno desconoce de manera precisa
la realidad que intenta transformar?
Las
consecuencias son visibles en múltiples niveles. En lo administrativo, los
municipios duplican errores, repiten programas ineficientes y consumen recursos
en medidas temporales.
En lo
financiero, incrementan gasto corriente, reducen inversión pública y dependen
casi totalmente de participaciones externas. En lo social, se profundiza el
desencanto ciudadano, porque la población percibe gobiernos que prometen
cambio, pero operan sin rumbo.
Esto conduce a
otra reflexión inevitable: ¿cómo sostener la confianza social en el gobierno
cuando la ciudadanía identifica que no existe claridad en las decisiones
públicas ni continuidad entre administraciones?
La carencia de
perfiles técnicos agrava aún más el escenario. Tesorerías sin planeación
fiscal, obras públicas sin criterios urbanos, áreas jurídicas débiles y
oficinas de planeación municipal que existen solo en el organigrama. La
política sustituye al conocimiento especializado.
En territorios
financieramente frágiles, ese vacío institucional no solo limita el desarrollo:
compromete la estabilidad comunitaria. Entonces surge otra pregunta clave: ¿es
ético gobernar sin contar con la capacidad técnica necesaria cuando de esas
decisiones dependen la infraestructura, los servicios y la calidad de vida de
la población?
Las secuelas de
esta improvisación no se miden únicamente en números, sino en procesos humanos.
Los jóvenes
migran porque no encuentran oportunidades, los pueblos pierden identidad
productiva, los servicios básicos se deterioran y la vida pública se vuelve
administrativamente precaria.
Se instala una
sensación de inmovilidad histórica. Y entonces vale cuestionarlo con mayor
profundidad: ¿qué futuro puede imaginar una comunidad cuando el gobierno que la
representa no es capaz de construir horizonte, continuidad y proyecto
colectivo?
Sin embargo, la
crítica no debe quedarse solo en la denuncia. Las alternativas existen, aunque
requieren voluntad política, disciplina institucional y ruptura con inercias
arraigadas.
Profesionalizar
los gobiernos municipales, fortalecer los equipos técnicos, establecer planes
de desarrollo vinculantes, ordenar el gasto público y generar mecanismos reales
de participación ciudadana no son aspiraciones retóricas: son condiciones
mínimas para que el municipio sea un verdadero espacio de gobierno.
Pero aquí emerge
una última pregunta decisiva: ¿están dispuestos los gobiernos municipales a
renunciar a la improvisación como método político para transformar su
administración en un ejercicio responsable, técnico y orientado al largo plazo?
La respuesta a
esa pregunta marcará el destino de muchos municipios pequeños de Sinaloa.
Porque la improvisación no solo congela el presente: también limita la
posibilidad de imaginar un futuro distinto.
MODELO
La puesta en
marcha de una conferencia semanera encabezada por el alcalde de Elota, Richard
Millán, representa un precedente relevante dentro de la vida pública municipal
en Sinaloa.
Este ejercicio
—inspirado en el modelo instaurado por el gobernador Rubén Rocha Moya a nivel
estatal— coloca a Elota como el primer municipio que adopta formalmente un
esquema de comunicación periódica, directa y abierta con la ciudadanía.
Más que un
anuncio administrativo, la iniciativa plantea una interrogante de fondo:
¿puede la comunicación pública municipal convertirse en un verdadero mecanismo
de rendición de cuentas y gobernanza cercana, o correrá el riesgo de quedarse
en un ejercicio meramente informativo?
El compromiso
expresado por el alcalde al invitar a la población a seguir las transmisiones,
enviar preguntas y participar activamente, sugiere la intención de construir un
gobierno con vocación de diálogo.
En un contexto
donde muchos ayuntamientos mantienen canales de comunicación limitados o
unilaterales, abrir un espacio permanente para explicar acciones, decisiones y
avances adquiere relevancia institucional. Sin embargo, surge una reflexión
necesaria: ¿estos encuentros permitirán cuestionamientos reales, transparencia
en temas sensibles y respuestas verificables, o estarán acotados a una
narrativa previamente diseñada?
El valor de la
conferencia semanera no depende solo de su continuidad, sino de su contenido.
Informar no significa únicamente enumerar obras o programas; implica
contextualizar decisiones, reconocer pendientes, aclarar procesos y explicar
prioridades de gobierno. Ahí se define la verdadera dimensión del ejercicio. De
lo contrario, la pregunta vuelve a aparecer: ¿la comunicación será un puente
hacia la confianza ciudadana o un recurso para reforzar la imagen
institucional?
Al adoptar este
modelo antes que cualquier otro municipio del estado, Elota envía un mensaje
político y administrativo: la ciudadanía ya no solo exige servicios, sino
claridad, cercanía y diálogo público. Pero ello también plantea otro desafío
inevitable:
¿están los gobiernos municipales preparados para sostener este nivel de
apertura cuando las preguntas sean críticas o los temas resulten incómodos?
Elota da un paso
que merece observación y seguimiento. La interrogante que queda abierta es
decisiva:¿logrará esta conferencia semanera, encabezada por Richard Millán,
convertirse en un ejercicio real de diálogo y evaluación ciudadana… o terminará
repitiendo los límites tradicionales de la comunicación institucional?
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