Sobre el camino Benjamín Bojórquez En el ajedrez político sinaloense, pocas figuras despiertan tantos contrastes como María Teresa Guerra O...
Sobre el camino
Benjamín Bojórquez
En el ajedrez político sinaloense, pocas figuras despiertan tantos contrastes como María Teresa Guerra Ochoa. Abogada brillante, mujer instruida, reconocida por su gremio, sin duda. Pero, en política, la inteligencia sin humildad puede convertirse en un arma de doble filo. Porque no basta con saber, también hay que saber ser. Y ahí, precisamente, parece estar su mayor debilidad.
La vida pública no es un tribunal, y la política no se rige solo por la razón jurídica, sino por una lógica más compleja: la del poder, la empatía, el tiempo, la oportunidad y, sobre todo, la percepción. En esa arena, Teresa Guerra ha cometido errores graves. No tanto por lo que dice, sino por cómo lo dice. Su actitud, descrita por cercanos como prepotente, no es solo un desliz de carácter, sino un símbolo de lo que ocurre cuando el ego desborda al oficio político.
En su ambición por alcanzar la alcaldía de Culiacán, su brújula parece haberse desorientado. Las formas han perdido elegancia. Las estrategias han dejado de ser coherentes. En su intento de destacar, ha lanzado iniciativas polémicas que más que fortalecer su figura, han debilitado la imagen de su propio partido y han puesto en entredicho su compromiso con el proyecto de la izquierda que dice defender. La paradoja es brutal: se presenta como bastión de la 4T, pero erosiona desde dentro el mismo andamiaje que la sostiene.
¿Se trata de una traición? No necesariamente. Pero sí de una desconexión peligrosa entre intención y efecto. En política, como en la vida, no basta con querer hacer el bien; hay que saber hacerlo. Y Guerra Ochoa, pese a su formación y experiencia, ha demostrado una torpeza emocional que le resta más de lo que suma. Una torpeza que la vuelve contradictoria, inestable, y, peor aún, prescindible.
Es triste y fascinante ver cómo alguien con tanto potencial puede caer víctima de sí misma. Porque si bien ha resistido críticas y se aferra con fiereza a sus propios intereses, su resistencia ya no inspira. Es una resistencia obtusa, dolorosa, casi agónica. Una muestra de que no siempre gana quien más lucha, sino quien mejor entiende el momento de retirarse con dignidad.
No se trata de un linchamiento político ni fuego amigo, sino de una reflexión más profunda: ¿cuántas veces el talento se arruina por el mal carácter? ¿Cuántas veces confundimos firmeza con soberbia? En el caso muy particular de la morenista y líder de la Junta de Coordinación Política (JUCOPO) del H. Congreso del Estado de Sinaloa, María Teresa Guerra Ochoa, su capital simbólico como mujer progresista, feminista, luchadora social y líder política ha sido dilapidado por su incapacidad de escuchar, ceder y corregir el rumbo.
Hoy, incluso los suyos la observan con decepción o, peor aún, con miedo a represalias si la contradicen. Y sus adversarios, con burla y expectativa. Porque lo que debía ser una candidatura fuerte para Culiacán si la designación es para una mujer en el 2027 se tambalea en medio de conflictos internos, falta de consensos, y una guerra intestina en la que ella, en vez de construir, parece empeñada en destruir.
GOTITAS DE AGUA:
Si no cambia, si no entiende que legislar es también saber callar, negociar, ceder y moderar el carácter, su historia terminará como tantas otras: con un sueño frustrado y un legado cuestionado. Porque lo más difícil no es llegar… es mantenerse. Y mantenerse requiere de algo más que títulos y discursos: requiere humildad, autocrítica y sensibilidad. Y en política, esas virtudes valen más que cualquier currículum. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”...
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