Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Poder olvidar significa cordura”, Jack London (1876-1916) Escritor y activista americano. NUMER...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“Poder olvidar significa cordura”, Jack London (1876-1916)
Escritor y activista americano.
NUMEROLOGÍA
Las elecciones no se ganan un año antes. Pero muchas veces
comienzan a perderse mucho antes de que aparezcan las boletas.
Sinaloa empieza a entrar en esa etapa. Morena ya resolvió
una de las decisiones fundamentales de cualquier sucesión: tiene una
coordinadora estatal, Imelda Castro Castro, mientras buena parte de sus
adversarios continúa discutiendo cómo competir, con quién hacerlo y bajo qué
fórmula. Su designación fue respaldada públicamente por Morena, PT y PVEM,
aunque las tensiones nacionales recientes del PT obligan a observar cómo
evolucionará esa relación rumbo a 2027.
Pero sería demasiado sencillo concluir que la elección
sinaloense está resuelta solamente porque Morena aparece arriba en las
encuestas. Los números cuentan una historia bastante más interesante.
Una medición de El Financiero levantada en julio colocó a
Morena con 38 por ciento de preferencia partidista en Sinaloa; PRI aparecía con
10, PAN con 8 y Movimiento Ciudadano con 5.
LaEncuesta.mx, en septiembre, encontró porcentajes
distintos: Morena 33.8, PAN 16.1, MC 15.2 y PRI 12.4. Son estudios distintos y,
por tanto, no pueden colocarse uno detrás del otro para afirmar que Morena
perdió cuatro, cinco o siete puntos.
Pero las dos fotografías sí coinciden en algo: Morena
aparece como primera fuerza política de Sinaloa.
Ese es el punto de partida. No el resultado. Imelda tiene
algo que los demás todavía no tienen
Imelda Castro ya puede recorrer Sinaloa hablando desde una
definición política concreta. Su responsabilidad es organizar a Morena,
mantener comunicación con los grupos que participaron en el proceso interno y
construir la agenda con la que el movimiento llegará a 2027.
Eso le permite comenzar antes una etapa que sus adversarios
todavía no pueden iniciar completamente.
Porque del otro lado existen nombres. Lo que todavía no
existe es una candidatura común.
Y ahí empiezan a aparecer Mario Zamora Gastélum, Paola
Gárate Valenzuela, Sergio “Pío” Esquer Peiro y Robespierre Lizárraga Otero.
No necesariamente juntos. Ni siquiera sabemos todavía si
terminarán participando bajo una misma fórmula.
Pero hoy representan cuatro movimientos que ayudan a
explicar lo que está ocurriendo fuera de Morena.
Mario Zamora ya compitió por la gubernatura en 2021. Ahora
es diputado federal y ha dicho públicamente que está preparado para participar
nuevamente, pero también que estaría dispuesto a respaldar otro perfil si se
construye un proyecto opositor común. Su planteamiento incluye PRI, PAN, PAS,
Movimiento Ciudadano y ciudadanos.
No es un dato menor.
Porque Zamora parece estar construyendo una ruta distinta a
la de 2021. Entonces fue candidato de una alianza ya constituida; ahora intenta
participar en la construcción de una convergencia que todavía no existe.
Y las fotografías recientes ayudan a entender esa
estrategia.
Su encuentro en San Lázaro con Héctor Melesio Cuén Díaz,
acompañado de conversaciones con Rubén Moreira, Ricardo Monreal, Elías Lixa y
otros legisladores, no demuestra ninguna alianza electoral. Pero sí muestra
capacidad de interlocución con actores que pertenecen a espacios políticos
diferentes.
Eso puede ser importante si la discusión opositora termina
pasando de quién quiere ser candidato a quién puede sentar alrededor de una
mesa a partidos que compiten entre sí.
Paola Gárate está haciendo algo diferente.
Sigue perteneciendo al PRI, pero decidió registrarse en el
proceso abierto por Acción Nacional y ha recorrido municipios defendiendo una
alianza amplia que eventualmente pudiera incorporar a PRI, PAN, PAS, MC y
ciudadanos.
La apuesta política de Paola no consiste solamente en buscar
una candidatura.
Consiste en tratar de romper las fronteras partidistas
tradicionales.
Eso tiene oportunidades, pero también dificultades. Una
alianza no se construye simplemente colocando logotipos juntos. Requiere
conciliar estructuras, candidaturas municipales, diputaciones, posiciones
legislativas y, sobre todo, electorados que no necesariamente son transferibles
entre partidos.
Ahí está uno de los grandes errores que podrían cometerse al
interpretar las encuestas.
PAN tiene electores. PRI tiene electores. Movimiento
Ciudadano tiene electores. PAS conserva estructura. Pero los votos no vienen
engrapados.
El propio análisis de las mediciones lo advierte: sumar
matemáticamente PAN, PRI y MC permite dimensionar el universo electoral fuera
de Morena, pero no demuestra cuánto obtendría una eventual coalición. Un
votante de MC puede rechazar al PRI; uno priista puede no acompañar al PAN y
uno panista puede decidir no votar por determinada candidatura.
Ese será el verdadero rompecabezas opositor.
Movimiento Ciudadano agrega otra variable.
Su coordinador estatal, Sergio “Pío” Esquer Peiro, ha dicho
que antes de precipitarse hacia las alianzas el partido pretende fortalecer
estructura, construir consejos ciudadanos y garantizar representación
electoral. También anunció un proceso para buscar perfiles políticos y
ciudadanos rumbo a 2027.
Esquer ha endurecido además su discurso frente a Morena y
sostiene que MC trabaja para convertirse en alternativa electoral. Esa es su
posición partidista; falta saber cómo terminará traduciéndose cuando llegue el
momento de definir candidaturas y eventuales acuerdos.
Aquí está una de las llaves del escenario opositor. No puede
darse por hecho que Movimiento Ciudadano terminará en una alianza simplemente
porque otros partidos quieran incorporarlo.
MC tendrá que tomar su propia decisión. Y esa decisión
cambiará la geometría de la elección.
El Partido Sinaloense merece capítulo aparte.
Después de la muerte de Héctor Melesio Cuén Ojeda, el PAS
enfrenta por primera vez una elección de gubernatura sin su fundador
conduciendo personalmente la estrategia. Su actual dirigente, Robespierre
Lizárraga Otero, ha reconocido el vacío dejado por Cuén, pero sostiene que el
partido conserva organización y militancia.
Ahora lanzó la consulta “Por el rescate de Sinaloa” y
simultáneamente ha dicho que el PAS pretende competir por el Gobierno estatal,
incluso con proyecto propio, aunque no descarta analizar posteriormente una
alianza. Robespierre tampoco se ha excluido personalmente de una eventual
candidatura.
Y hay un movimiento reciente que merece atención.
El PAS ya comenzó conversaciones con representantes del PRI,
PAN y Movimiento Ciudadano en Guasave. Hasta ahora se presentan como encuentros
para discutir seguridad, economía, campo, pesca, salud y educación, no como
negociaciones formales de coalición.
Pero en política la secuencia importa. Primero se habla. Después
se encuentran coincidencias. Y solamente después, si existen condiciones, se
negocia.
Hay otra parte de la fotografía que Morena tampoco debería
ignorar.
El Financiero encontró en julio una combinación
políticamente interesante: mientras Morena registraba 38 por ciento de
preferencia partidista, la evaluación negativa alcanzaba 71 por ciento en
seguridad pública, 74 por ciento en combate al crimen organizado, 78 por ciento
en corrupción y 56 por ciento en economía.
Eso significa que, al menos en aquella medición, el
descontento con determinadas áreas de gobierno no se traducía automáticamente
en abandono electoral de Morena.
Esa puede ser una de las claves de 2027.
La oposición necesita convencer a ciudadanos que pueden
estar inconformes con la seguridad o la economía, pero que todavía mantienen
preferencia por Morena.
Y Morena enfrenta el reto contrario: evitar que los
problemas públicos terminen erosionando su identificación partidista conforme
avance el proceso.
Por eso Claudia Sheinbaum y Graciela Domínguez Nava también
forman parte de esta ecuación, aunque ninguna vaya a estar en la boleta.
La Presidenta comprometió recientemente la permanencia de
las fuerzas federales el tiempo que resulte necesario y anunció mayor presencia
de integrantes de su gabinete para atender seguridad, campo, energía, educación
y presupuesto.
Graciela, por su parte, tendrá que administrar el tramo
final del gobierno estatal mientras comienza la competencia electoral.
Lo que ocurra en seguridad, economía y campo durante los
próximos meses puede modificar el contexto en el que todos competirán.
Los nombres van a cambiar los números
Aquí está finalmente el punto que me parece fundamental.
Hasta ahora estamos observando principalmente marcas
partidistas.
Morena.
PAN.
PRI.
Movimiento Ciudadano.
PVEM.
PT.
PAS.
Pero las elecciones no enfrentarán solamente logotipos. En
algún momento las encuestas comenzarán a medir personas. Imelda Castro ya tiene
nombre y apellido del lado de Morena, aunque formalmente la coordinación no
equivale todavía a candidatura registrada.
Enfrente aparecen Mario Zamora, Paola Gárate, Sergio “Pío”
Esquer y Robespierre Lizárraga, entre otros perfiles que pueden incorporarse a
la discusión. Algunos podrían competir; otros negociar; alguno podría terminar
apoyando a otra persona.
Todavía no lo sabemos. Y precisamente por eso la elección
sigue abierta como proceso político.
La fotografía actual permite afirmar algo más modesto pero
mucho más útil: Morena comienza esta etapa como primera fuerza en las
mediciones consultadas y con su coordinación estatal resuelta; la oposición
dispone de electorados distribuidos entre varias fuerzas, pero aún tiene
pendiente resolver si competirá fragmentada, parcialmente aliada o mediante una
fórmula más amplia.
Ahí estará buena parte de la historia sinaloense de los
próximos meses.
Morena tendrá que demostrar cuánto puede conservar y cuánto
puede ampliar.
La oposición tendrá que resolver algo todavía más elemental:
quiénes quieren caminar juntos, quién encabezaría cada proyecto y cuántos de
sus electores aceptarían acompañarlo.
Porque 2027 todavía no tiene resultado. Tiene protagonistas.
Tiene números. Tiene problemas. Y ya comienza a tener movimientos.
Lo que todavía no tiene es una oposición definida frente a
una Morena que ya puso nombre a su proyecto: Imelda Castro Castro.
Ese es, hoy, el verdadero punto de partida de la sucesión
sinaloense.
Ahí se las dejo de tarea.
CUENTAS
Una cosa es recibir el respaldo de la Presidenta. Otra,
convertirlo en decisiones.
La reunión de Graciela Domínguez Nava con Columba López
Gutiérrez, titular federal de Agricultura, FIRA y representantes de una
veintena de parafinancieras tiene una lectura que va más allá de las tasas de
interés: es una de las primeras expresiones concretas de la nueva relación que
la gobernadora busca construir con el Gobierno federal.
Claudia Sheinbaum estuvo en Culiacán el 20 de septiembre y
anunció atención directa de su gabinete para Sinaloa. Un día después explicó
que Agricultura sería la primera dependencia en llegar porque el campo
representa uno de los problemas prioritarios del estado. Tres días después,
Columba López ya estaba sentada con Graciela y los productores.
La secuencia importa.
Porque Graciela llegó al Gobierno con problemas que no creó,
pero que ahora tiene que administrar. Entre ellos está un campo sinaloense
presionado por los precios, los costos de producción, la comercialización y el
financiamiento. Desde su primer día como gobernadora tuvo además que asumir el
compromiso pendiente con los maiceros.
Aquí aparece el primer cambio político: Graciela comienza a
pasar de administrar pendientes a construir interlocución propia con la
Federación.
Y el campo es probablemente uno de los terrenos donde más
necesita hacerlo.
No solamente porque Sinaloa depende económicamente de la
actividad agropecuaria. También porque los productores constituyen un sector
organizado, con capacidad de movilización y con demandas que históricamente han
colocado presión sobre los gobiernos estatales y federales.
Por eso sentar en una misma mesa a Gobierno estatal, SADER,
FIRA y dispersores de crédito tiene importancia política.
Pero tampoco hay que echar las campanas al vuelo.
Los programas existen; ahora deberán demostrar que
funcionan. Una tasa potencialmente reducida, coberturas o bioinsumos serán
políticamente útiles para Graciela solamente si terminan llegando al productor
y disminuyendo realmente sus costos.
Ahí estará la evaluación.
Hay además otro detalle que merece seguimiento. Columba
López planteó durante su visita una discusión más amplia: que Sinaloa avance
hacia semillas propias, almacenamiento y mecanismos financieros que permitan a
los productores participar en más partes de la cadena y depender menos de
intermediarios.
Eso cambia la dimensión de la conversación.
Ya no se trataría solamente de conseguir mejores créditos
para sembrar el próximo ciclo, sino de discutir qué modelo agrícola necesita
Sinaloa para recuperar rentabilidad.
Para Graciela Domínguez existe también una oportunidad
política: convertirse en el puente entre los sectores productivos sinaloenses y
un Gobierno federal que acaba de comprometer una atención extraordinaria para
el estado.
Agricultura fue primero.
Sheinbaum ya anunció que después vendrán Hacienda,
Seguridad, Economía y Turismo, entre otras áreas.
Por eso esta reunión vale más por lo que inaugura que por la
fotografía que dejó.
El respaldo presidencial ya fue pronunciado. Ahora Graciela
tiene que convertirlo en gestión.
Y el campo sinaloense acaba de convertirse en una de sus
primeras pruebas.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
Facebook, Instagram y X: PeriodistaMarco
.png)

