Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “El hombre que se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado”, Aristóteles (3...
Entre Veredas
Marco Antonio
Lizárraga
“El hombre que
se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado”, Aristóteles
(384 AC-322 AC) Filósofo griego.
¿INCONDICIONALES?
La política
mexicana rara vez anuncia sus movimientos con inocencia. Cuando Morena, el
Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México decidieron
oficializar desde ahora la continuidad de su coalición rumbo a 2027, el mensaje
no fue únicamente electoral; fue una declaración de poder, de permanencia y,
sobre todo, de supervivencia política colectiva.
La llamada
“Unidad por la Transformación” no nace de la improvisación ni del romanticismo
ideológico. Surge de la lectura fría de los números, de la realidad territorial
y del entendimiento de que separados podrían perder posiciones, pero unidos
mantienen intacta la posibilidad de conservar el control legislativo, las
gubernaturas y las principales ciudades del país.
La coalición
oficialista entendió algo que la oposición aún no termina de procesar: en
política moderna, la percepción de unidad vale tanto como la estructura
territorial. Y Morena, PT y PVEM hoy buscan proyectar exactamente eso: una
maquinaria cohesionada alrededor del liderazgo presidencial de Claudia
Sheinbaum.
Pero detrás del
discurso de continuidad también existe una verdad incómoda. La alianza no sólo
intenta preservar un proyecto político; también busca administrar tensiones
internas que comienzan a crecer conforme se acerca la sucesión intermedia de
2027.
Porque mientras
Ariadna Montiel habla de derechos sociales y Citlalli Hernández presume
fortaleza electoral, en el fondo ya se libra la batalla silenciosa por
candidaturas, posiciones legislativas y control político regional. La coalición
se presenta sólida hacia afuera, aunque hacia adentro cada partido empieza a
medir su peso específico.
El Partido
Verde, por ejemplo, ha dejado claro que no quiere seguir siendo únicamente un
aliado satélite. Karen Castrejón aprovechó el anuncio para empujar una agenda
ambiental más visible dentro de la plataforma común. El mensaje es relevante
porque el PVEM entiende que necesita justificar políticamente su presencia más
allá de la conveniencia electoral.
En otras
palabras: el Verde quiere dejar de ser visto solamente como un partido
pragmático y comenzar a construir una identidad temática más fuerte. El
problema es que históricamente el ambientalismo ha sido más discurso que
prioridad real dentro de las alianzas de poder mexicanas.
El PT, por su
parte, juega otro papel. Alberto Anaya no habla desde la emoción política;
habla desde la sobrevivencia estructural. El Partido del Trabajo sabe
perfectamente que fuera de Morena su capacidad competitiva se reduce
considerablemente. Por eso el dirigente petista fue contundente: “No vamos a
dar marcha atrás”.
No es una frase
menor. Es el reconocimiento tácito de que la coalición dejó de ser una
estrategia temporal y se convirtió en un modelo permanente de operación
política.
Sin embargo, el
punto más interesante del anuncio no está en la permanencia de la alianza, sino
en el concepto que comienzan a introducir: las candidaturas ciudadanas.
Ahí existe una
doble lectura.
La primera es
electoral: Morena y sus aliados saben que el desgaste natural del poder
comienza a generar resistencias locales. Abrirse a perfiles ciudadanos podría
servir para oxigenar candidaturas en municipios y estados donde la marca
partidista ya enfrenta desgaste.
La segunda
lectura es más profunda: el oficialismo reconoce que necesita ampliar su base
política más allá de la militancia dura. La coalición entiende que 2027 no será
una elección idéntica a 2018 ni a 2024. Gobernar desgasta. Administrar el poder
erosiona. Y mantener la hegemonía exige reinventar narrativas.
Por eso el
discurso de unidad no está dirigido únicamente a sus simpatizantes; también
busca enviar un mensaje a empresarios, grupos regionales, liderazgos sociales y
actores políticos que aún dudan sobre hacia dónde se inclinará el país en los
próximos años.
La coalición
quiere transmitir estabilidad.
Quiere decirle a
México que el proyecto de la Cuarta Transformación no depende exclusivamente de
una figura presidencial, sino de una estructura política capaz de mantenerse en
el tiempo.
Y ahí es donde
comienza la verdadera discusión.
Porque la gran
interrogante no es si Morena, PT y PVEM seguirán juntos. Eso ya quedó claro. La
pregunta de fondo es si esa unidad será suficiente para sostener la narrativa
de transformación cuando la ciudadanía comience a exigir resultados más
concretos en seguridad, economía, salud e infraestructura.
En política, las
coaliciones duran mientras el poder alcanza para todos.
El reto para el
oficialismo no será mantenerse unido frente a la oposición. Será mantenerse
unido frente a sus propias contradicciones internas, frente a las disputas por
candidaturas y frente al inevitable desgaste que produce gobernar prácticamente
todo el aparato político nacional.
Hoy Morena y sus
aliados lucen fuertes.
Tienen
Presidencia, mayoría legislativa, gubernaturas y estructura territorial.
Pero también
enfrentan un desafío histórico: demostrar que pueden evolucionar de movimiento
dominante a sistema político estable sin fracturarse en el intento.
Porque la
historia política mexicana enseña algo con claridad brutal: las alianzas
construidas desde el poder suelen parecer invencibles… hasta que dejan de
serlo.
CRECIMIENTO
En política, las
encuestas no ganan elecciones, pero sí cuentan historias. Algunas hablan de
caídas, otras de resistencias y unas más de silenciosos ascensos que, poco a
poco, comienzan a modificar el mapa del poder. En Sinaloa, la más reciente
medición de Demoscopia Digital deja ver precisamente eso: el crecimiento
sostenido del Partido Verde Ecologista de México dentro de un escenario donde
Morena sigue siendo la fuerza dominante, pero donde los aliados empiezan a
construir peso propio.
El dato no es
menor. Mientras Morena aparece con un 38.2 por ciento de preferencia electoral
rumbo al 2027, el Partido Verde alcanza el 9.1 por ciento y se coloca por
encima del PAN, PRI, Movimiento Ciudadano y PT. Más allá del número frío, el
mensaje político es relevante: el Verde ya no es solamente un acompañante
electoral; comienza a perfilarse como un actor con identidad, estructura y
margen de negociación dentro del bloque oficialista.
Y ahí es donde
entra el trabajo político de Ricardo Madrid Pérez.
El dirigente
estatal del PVEM ha entendido algo que muchos partidos olvidaron hace tiempo:
la política no se sostiene únicamente desde las redes sociales, los discursos
grandilocuentes o las conferencias de prensa. La política territorial sigue
siendo el corazón de cualquier proyecto que aspire a consolidarse. Recorrer
colonias, visitar comunidades, escuchar liderazgos locales y mantener presencia
constante sigue dando resultados, aunque parezca una práctica vieja en tiempos
de algoritmos y campañas digitales.
El Verde, en
Sinaloa, parece haber encontrado precisamente en esa cercanía una oportunidad
de crecimiento.
No se trata
todavía de una fuerza capaz de disputar por sí sola la gubernatura, sería
exagerado afirmarlo. Pero sí empieza a consolidarse como un partido que podría
influir de manera decisiva en la configuración del 2027. En una elección donde
las alianzas serán fundamentales, contar con una estructura propia, votos
identificables y presencia regional otorga poder de negociación, candidaturas y
espacios de gobierno.
La encuesta
también revela otra realidad que nadie debería minimizar: el 21.5 por ciento de
la población aún no decide por quién votar. Ese porcentaje representa
prácticamente una quinta parte del electorado y confirma que la elección
todavía está lejos de definirse. Hay un amplio segmento ciudadano observando,
evaluando y esperando respuestas en temas sensibles como seguridad, economía,
servicios públicos y estabilidad política.
En ese contexto,
el crecimiento del Verde también puede interpretarse como un fenómeno derivado
de la recomposición del oficialismo en Sinaloa. Mientras Morena concentra el
liderazgo político y gubernamental, el PVEM ha optado por construir una
narrativa menos confrontativa y más enfocada en la cercanía social. Esa
estrategia le permite captar sectores que quizá respaldan la continuidad del
proyecto nacional, pero buscan perfiles distintos, menos polarizantes y con
mayor contacto ciudadano.
Además, el Verde
ha logrado algo que otros partidos opositores no han podido construir en los
últimos años: una ruta ascendente. PAN y PRI siguen atrapados entre sus propias
crisis internas y la falta de renovación real de liderazgos. Movimiento
Ciudadano mantiene presencia mediática, pero aún sin estructura suficiente en
gran parte del estado. El PT, aunque aliado del oficialismo, continúa
dependiendo más de la fuerza de Morena que de una operación propia.
En cambio, el
Verde empieza a generar percepción de crecimiento. Y en política, la percepción
suele convertirse en combustible.
Sin embargo, el
verdadero reto para Ricardo Madrid y su partido apenas comienza. Crecer en
encuestas es importante; sostener ese crecimiento cuando la competencia se
intensifique será otra historia. Porque conforme se acerque el 2027, aumentarán
las presiones internas, las disputas por candidaturas y los intentos de
absorción política dentro de la propia coalición oficialista.
Ahí se pondrá a
prueba si el Partido Verde realmente construyó una base sólida o si solamente
atraviesa un momento favorable impulsado por el contexto. Las cosas se deciden sobre la mesa.
Por ahora, los
números les sonríen. Y en política, cuando las cifras comienzan a moverse a tu
favor, también empiezan a cambiar las conversaciones, las alianzas y las
apuestas rumbo al futuro.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
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