Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”, Martin Luther King...
Entre Veredas
Marco Antonio
Lizárraga
“Si supiera que
el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”, Martin Luther
King (1929-1968) Religioso estadounidense.
SILENCIO QUE MATA
El alta médica
de Sergio Torres Félix no es solamente un parte clínico favorable; es un hecho
político que obliga a leer entre líneas el momento que vive Sinaloa y,
particularmente, Movimiento Ciudadano. Cuando un dirigente estatal de partido
sobrevive a un atentado en la capital del estado, el episodio trasciende lo
personal y se convierte en un mensaje que impacta la estructura institucional,
la narrativa partidista y la percepción pública del liderazgo.
Sergio Torres no
es un actor menor. Es diputado local y presidente estatal de Movimiento
Ciudadano, una fuerza política que ha intentado consolidar presencia propia en
un escenario dominado por Morena y marcado por el desgaste histórico de otras
fuerzas tradicionales. Su atentado, ocurrido en un contexto de alta tensión en
materia de seguridad, no puede leerse como un hecho aislado. En Sinaloa, la
violencia no es anecdótica; es parte del entorno en el que se desenvuelve la
vida pública. Por eso, cuando la violencia toca a un dirigente partidista, la
señal adquiere una dimensión mayor.
El regreso de
Torres a casa simboliza resistencia personal, pero políticamente abre
interrogantes más profundas. ¿Qué lectura hace su partido de lo ocurrido? ¿Cómo
capitaliza —o cómo enfrenta— un hecho de esta magnitud? En política, los
momentos críticos suelen definir liderazgos más que los periodos de
estabilidad. Y aquí aparece el punto más delicado: la reacción de la dirigencia
nacional.
Jorge Álvarez
Máynez, líder nacional de Movimiento Ciudadano, mantuvo una postura
institucional, prudente, contenida. Hubo mensajes de condena y seguimiento
informativo, pero no se registró presencia física en Sinaloa ni una narrativa
nacional contundente que colocara el atentado en el centro del debate público.
En términos formales, el respaldo existió; en términos simbólicos, fue
percibido como insuficiente por algunos sectores.
En política, la
presencia territorial tiene peso. Cuando un dirigente estatal es atacado, la
llegada del liderazgo nacional suele interpretarse como un acto de cohesión, de
cierre de filas, de demostración de fuerza interna. La ausencia, aunque pueda
justificarse por razones de seguridad o estrategia, inevitablemente se
interpreta. Y en Sinaloa, donde el territorio y la cercanía política siguen
siendo moneda de legitimidad, la interpretación pesa.
Puede
argumentarse que la prudencia evitó escalar tensiones en un entorno complejo.
También puede sostenerse que el partido optó por no politizar un hecho que está
bajo investigación. Sin embargo, el costo de la cautela excesiva es la
percepción de distancia. En un momento donde la violencia política no distingue
colores, el respaldo visible se convierte en mensaje hacia la militancia y
hacia la opinión pública.
Este episodio
también refleja algo más profundo: la normalización de la violencia política en
México. Hace algunos años, un atentado contra un presidente estatal de partido
habría detonado una crisis política nacional. Hoy, la reacción tiende a
diluirse en la rutina informativa. Esa normalización es quizás el dato más
preocupante, porque indica que la violencia ha dejado de sorprender.
El alta médica
de Torres le permite volver al escenario público, pero el verdadero desafío
comienza ahora. Su liderazgo puede fortalecerse si logra convertir el episodio
en símbolo de firmeza y cohesión partidista. También puede diluirse si el hecho
queda como una página más en la estadística de la inseguridad sinaloense. La
construcción de la narrativa dependerá tanto de él como de la estructura
nacional que lo respalde.
Movimiento
Ciudadano enfrenta una decisión estratégica: asumir el caso como bandera
política en el debate sobre seguridad o mantener la línea institucional sin
confrontación abierta. Ambas rutas tienen costos y beneficios. Lo que no es
neutral es el silencio prolongado o la indefinición narrativa, porque en
política el vacío siempre se llena con interpretación.
Sinaloa
atraviesa un periodo donde la seguridad es el eje transversal de toda discusión
pública. En ese contexto, el atentado contra un dirigente partidista no solo
cuestiona la protección individual, sino la fortaleza institucional. La
política no puede limitarse a sobrevivir a la violencia; debe responder a ella
con claridad.
Sergio Torres
vuelve a casa. Movimiento Ciudadano tendrá que decidir si este episodio
fortalece su identidad en el estado o evidencia fisuras internas. En tiempos
donde la pólvora interrumpe la vida pública, el liderazgo se mide no solo por
la capacidad de resistir, sino por la capacidad de respaldar y de estar
presente.
Porque en
política, tan importante como la palabra es la presencia. Y tan significativo
como el discurso es el gesto.
EN LA MIRA
El programa de
pavimentación de las mil calles en Culiacán se ha convertido en uno de los ejes
visibles de la administración de Juan de Dios Gámez Mendívil. Más allá de la
cifra simbólica, el proyecto representa una apuesta política clara: intervenir
el espacio público como herramienta de gobernabilidad, movilidad y
posicionamiento institucional.
En términos
objetivos, el avance reportado muestra una estructura escalonada: calles ya
entregadas, obras en ejecución, otras en licitación y proyectos en fase
técnica. La entrega de 200 calles durante el primer año y el anuncio de nuevas
licitaciones para alrededor de 75 obras más en el primer bimestre reflejan
continuidad administrativa. Sin embargo, el verdadero análisis no está en la
cifra acumulada, sino en la sostenibilidad financiera y en la distribución
territorial de las intervenciones.
El criterio de
priorización expuesto por el alcalde —escuelas, centros de salud, rutas de
transporte, zonas con dificultades para servicios públicos— responde a una
lógica técnica. Atender vialidades que inciden en movilidad escolar, salud y
acceso a servicios básicos tiene impacto social directo. Colonias como Buenos
Aires, con condiciones topográficas complejas, o sectores como Las Cucas y Los
Mezcales, con problemas recurrentes de escurrimiento, evidencian que parte del
programa busca resolver rezagos estructurales y no solo embellecer zonas
estratégicas.
No obstante, el
desafío en este tipo de programas radica en el equilibrio entre obra visible y
mantenimiento preventivo. El propio alcalde reconoce que el deterioro de
vialidades y los baches siguen siendo un tema sensible. Los trabajos de
reencarpetado en sectores como Manantiales, Terrazas o zonas cercanas al
aeropuerto indican que el Ayuntamiento intenta atender tanto la expansión como
la conservación. El riesgo político es claro: si el mantenimiento no acompaña
la expansión, la percepción ciudadana puede diluir el impacto de las nuevas
obras.
Hay otro
componente relevante: la dimensión económica. Pavimentar espacios donde operan
tianguis o zonas comerciales no es una decisión menor. La infraestructura
urbana incide directamente en la dinámica económica local, particularmente en
mercados populares donde miles de personas dependen de la movilidad diaria. En
ese sentido, el programa no solo tiene un enfoque urbano, sino también
productivo.
El anuncio de
recursos federales por 20 millones de pesos introduce una variable política
adicional. La coordinación con el Gobierno Federal, encabezado por Claudia
Sheinbaum, y la interlocución con funcionarios federales proyectan una relación
institucional que puede fortalecer la capacidad de ejecución municipal. Sin
embargo, el monto anunciado, aunque relevante, debe analizarse frente al tamaño
del programa global. El impacto real dependerá de la eficiencia en la
aplicación y de la supervisión técnica anunciada.
En el plano
político, las menciones a encuestas rumbo a 2027 son inevitables. Aunque el
alcalde ha intentado deslindar el programa de aspiraciones electorales,
cualquier política de infraestructura masiva en un municipio capital tiene
implicaciones futuras. Las obras públicas suelen ser el termómetro más tangible
para la ciudadanía. La movilidad, la pavimentación y los servicios urbanos
pesan más que los discursos en la percepción cotidiana.
El programa de
bicicletas públicas, por su parte, introduce una narrativa complementaria:
movilidad alternativa y enfoque juvenil. Si logra consolidarse, puede
diversificar la agenda municipal más allá del concreto y el asfalto. Pero si se
percibe como accesorio frente a problemas estructurales como seguridad o
drenaje pluvial, su impacto político será limitado.
En síntesis, el
programa de pavimentación refleja una administración enfocada en obra pública
como instrumento central de gestión. La estrategia es clara: intervenir el
territorio para construir legitimidad. El reto no es menor. La ciudadanía no
solo evalúa la inauguración de calles, sino la consistencia, la calidad técnica
y la equidad territorial de las intervenciones.
Culiacán
enfrenta desafíos estructurales en movilidad, escurrimiento pluvial y
mantenimiento urbano. Si el programa logra traducirse en soluciones sostenibles
y no solo en cifras acumuladas, puede consolidarse como un eje sólido de
gobierno. Si, por el contrario, las obras no logran resolver problemas de fondo
o se concentran en zonas específicas, el impacto político podría fragmentarse.
La
infraestructura es una herramienta de gobernabilidad, pero también es una
promesa medible. En ese terreno, la evaluación no será retórica, será
cotidiana.


