Sobre el camino Benjamín Bojórquez La política sinaloense no admite lecturas cómodas. Quien la interpreta como un tablero fijo termina mira...
Sobre el camino
Benjamín Bojórquez
La política sinaloense no admite lecturas cómodas. Quien la interpreta como un tablero fijo termina mirando una fotografía vieja mientras el juego real ya cambió de manos. Aquí, el poder no avanza en línea recta: se filtra, se repliega, se negocia en voz baja. Y en ese terreno, la reciente reunión entre la diputada Teresa Guerra y Luisa María Alcalde no fue una cortesía institucional. Fue un mensaje. Y no precisamente sutil.
Porque en Morena —como en cualquier estructura amplia que concentra poder real— las fracturas existen, respiran y a veces gritan. La disciplina no es absoluta, y “uno que otro se sale del huacal”. Pero reducir la política interna a pleitos domésticos es no entender el fondo: lo que verdaderamente define a los actores no es si enfrentan tensiones, sino cómo sobreviven a ellas y qué construyen a partir de ese desgaste.
Ahí es donde Teresa Guerra ha dado un giro que merece ser reconocido, incluso por quienes —como quien escribe— la descartaron antes de tiempo. Desde la Junta de Coordinación Política, su papel ha dejado de ser ornamental para convertirse en un espacio de operación. No solo ha ocupado una posición: la ha utilizado. Y en política, eso marca la diferencia entre estar y pesar.
Ha tejido relaciones. No de las que se presumen en eventos, sino de las que se activan en momentos clave. Vínculos silenciosos, funcionales, con capacidad de incidir. Ese tipo de capital no se improvisa y, sobre todo, no se regala. Se construye con tiempo, con conflicto y, muchas veces, con costos personales.
Pero sería ingenuo —o complaciente— no señalar el otro lado de la ecuación. Su carácter, firme hasta la fricción, poco inclinado a la diplomacia superficial, le ha generado resistencias internas. No es la figura cómoda del morenismo. No es la que genera consensos automáticos. Y eso, en un proceso sucesorio como el de 2027, es un arma de doble filo.
La reunión con Luisa María Alcalde no borra esas tensiones, pero sí altera el equilibrio. Es validación, sí. Pero más que eso: es reposicionamiento. Es una señal hacia dentro del partido y hacia afuera de que su nombre no sólo sigue vigente, sino que ha regresado a la conversación donde algunos ya lo daban por amortizado.
En ese quirófano, Teresa Guerra no está fuera. Tampoco está sola. Pero el siguiente movimiento no depende de la fotografía con la dirigencia nacional. Depende de algo más complejo y más incómodo: su capacidad de reconciliarse con su propio entorno político. Porque no basta con ser reconocida arriba si abajo persisten resistencias que pueden volverse bloqueo.
Si quiere convertirse en una opción real de gobierno, tendrá que evolucionar sin diluirse: mantener su firmeza, pero aprender a construir acuerdos sin que estos parezcan concesiones forzadas. Morena no es un monolito, y quien aspire a gobernar desde ahí necesita algo más que carácter: necesita método para administrar la pluralidad.
GOTITAS DE AGUA:
La reunión con Luisa María Alcalde no es un cierre, es una advertencia. La sucesión no está escrita. La baraja sigue en movimiento. Y Teresa Guerra —para incomodidad de varios y sorpresa de otros— no solo sigue en la mesa: está jugando mejor.
Si alguien pensó que ya estaba fuera, leyó mal el momento. Y en política, leer mal… se paga. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”...
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