Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Lo sé. Me complico la vida, me hago preguntas y me meto en líos. Digo lo que pienso y lo que si...
Entre Veredas
Marco Antonio
Lizárraga
“Lo sé. Me
complico la vida, me hago preguntas y me meto en líos. Digo lo que pienso y lo
que siento; no tengo miedo de lo que piensen de mí. Y estoy contenta, a pesar
de todo, siendo como soy”, Carmen Martín Gaite (1925-2000) Novelista española.
EL JORNAL
La reducción de
la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales no llegará a México como una
ruptura, sino como un acuerdo cuidadosamente administrado.
Esa es, quizá,
la primera señal política relevante de la reforma que el Senado se dispone a
aprobar esta semana: no nace del conflicto, sino del consenso, y eso dice tanto
de su fortaleza como de sus límites.
El anuncio hecho
por la senadora Imelda Castro Castro confirma que el proyecto cuenta con el
aval de sindicatos y del sector patronal, un escenario poco común en materia
laboral.
En apariencia,
todos ganan: los trabajadores ven reconocida una vieja demanda; los empleadores
obtienen certidumbre mediante una implementación gradual; y el gobierno
capitaliza políticamente una reforma de alto impacto social sin abrir un frente
de confrontación económica.
El respaldo
pleno a la propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no es menor. La
gradualidad —inicio en 2027 y conclusión hasta 2030— revela una lógica
pragmática: el Estado reconoce que el modelo productivo mexicano no está
preparado para un cambio abrupto.
No se trata de
una concesión ideológica, sino de una admisión estructural. México sigue
dependiendo, en amplios sectores, de largas jornadas y bajos salarios como
ventaja competitiva.
El punto que aún
genera debate —la definición de uno o dos días de descanso obligatorio— exhibe
la tensión real de la reforma.
Dos días libres
representan una mejora sustantiva en calidad de vida; concentrar las 40 horas
en cinco días, en cambio, puede traducirse en jornadas más intensas, con el
riesgo de trasladar el desgaste físico y emocional a menos días laborales.
El dilema no es
técnico, es cultural: reducir horas no equivale automáticamente a trabajar
mejor.
La reforma al
régimen de horas extra apunta, en el papel, a cerrar espacios de abuso. El
límite de 12 horas semanales y el pago al 200 por ciento al rebasarlo buscan
desalentar prácticas normalizadas durante décadas.
Sin embargo, la
experiencia mexicana obliga a una pregunta incómoda: ¿habrá capacidad real de
supervisión y sanción, o el mercado laboral volverá a encontrar atajos entre la
simulación y la informalidad?
La referencia al
modelo chileno funciona como argumento comparativo, pero también como espejo.
Chile entendió que reducir la jornada no basta sin políticas paralelas de
productividad, fiscalización y reorganización del trabajo.
México enfrenta
el mismo reto, con una dificultad adicional: una economía informal que sigue
absorbiendo a millones de trabajadores fuera de cualquier protección legal.
La reforma de
las 40 horas corrige un rezago histórico y amplía derechos laborales, sí. Pero
también evidencia una verdad menos cómoda: el consenso político no garantiza,
por sí mismo, un cambio profundo.
La ley se
aprobará sin estridencias; la implementación, en cambio, pondrá a prueba la
voluntad del Estado para hacerla cumplir.
En el fondo, la
discusión no es cuántas horas se trabajará a la semana, sino si México está
dispuesto a abandonar un modelo que ha sostenido su crecimiento sobre jornadas
largas y derechos mínimos. La votación en el Senado será el trámite. El
verdadero examen comenzará en los centros de trabajo.
DIPLOMACIA
El mensaje
difundido por el diputado federal y dirigente estatal del Partido Verde
Ecologista de México en Sinaloa, Ricardo Madrid Pérez, no es un simple registro
protocolario de agenda legislativa.
Es, en realidad,
una pieza de posicionamiento político cuidadosamente construida en un momento
clave de la relación bilateral entre México y Estados Unidos.
Al destacar su
participación en el Diálogo Legislativo México–Estados Unidos, el dirigente
verde busca colocarse en una conversación de alto nivel, una que trasciende lo
local y se instala en el terreno de la política exterior, tradicionalmente
reservado a figuras con mayor peso nacional.
El mensaje no detalla acuerdos, temas
concretos ni resultados, pero sí fija una narrativa: el Partido Verde como un
actor responsable, institucional y con vocación internacional.
La insistencia
en conceptos como “diálogo”, “cooperación” y “respeto a la soberanía” no es
casual.
En el contexto
actual, marcado por tensiones recurrentes en materia migratoria, comercial y de
seguridad, estas palabras funcionan como un equilibrio discursivo.
Por un lado,
evitan la confrontación; por otro, responden a una sensibilidad política
interna donde la defensa de la soberanía sigue siendo un eje movilizador del
discurso público.
Desde una
lectura más fina, el mensaje también cumple una función interna. Ricardo Madrid
no habla solo hacia Washington, sino hacia el tablero político sinaloense y
nacional. Al vincular al Partido Verde con espacios de interlocución
internacional, refuerza su imagen como aliado confiable dentro del bloque
gobernante, pero con identidad propia. Es una manera de decir: estamos en la
mesa, no solo acompañamos, también participamos.
Sin embargo, el
contenido revela sus límites. La ausencia de referencias concretas —temas
ambientales, energéticos, comerciales o de cooperación regional— deja el
mensaje en el terreno de lo declarativo.
No hay
definiciones, no hay posturas, no hay compromisos visibles. El énfasis está en
el gesto político más que en la sustancia legislativa.
Eso no
necesariamente es un error. En política, especialmente en redes sociales, el
simbolismo importa.
Mostrar
presencia en un foro binacional proyecta relevancia, aunque el impacto real se
mida después, en iniciativas, posicionamientos o resultados tangibles.
El reto para el
Partido Verde será convertir este tipo de participaciones en algo más que
fotografías y comunicados.
El post en redes
de Ricardo Madrid Pérez es un mensaje calculado: sobrio, alineado al discurso
institucional y funcional para construir perfil. No incomoda, no confronta y no
define.
Coloca al
Partido Verde en la narrativa del entendimiento internacional, pero deja
pendiente la pregunta central: ¿qué propone concretamente desde Sinaloa y desde
el Congreso para que ese diálogo se traduzca en beneficios reales para los
ciudadanos?
Esa respuesta,
más que el gesto, será la que determine el verdadero peso político de su
participación.
ALIANZA
La postura
expresada por el dirigente estatal del Partido Sinaloense, Robespierre
Lizárraga Otero, no es una definición electoral inmediata, sino una declaración
estratégica.
Al afirmar que
el PAS mantiene “apertura total al diálogo” pero que las alianzas no son una
prioridad, el partido se coloca en una posición de flexibilidad política que le
permite conservar margen de maniobra rumbo a los próximos procesos electorales.
El mensaje es
claro: el PAS no se cierra, pero tampoco se compromete. Esta ambigüedad no es
improvisada; responde a la naturaleza regional del partido, que históricamente
ha transitado entre distintos bloques sin atarse de manera permanente a
ninguno.
Haber competido
en 2024 junto al PRI, PAN y PRD, y en 2021 con Morena, PT y Verde, no es una
contradicción ideológica, sino una evidencia de su lógica pragmática. Desde una
lectura política, la insistencia en que el PAS “va solo” hoy tiene un doble
objetivo.
Hacia afuera,
busca desmontar la narrativa de subordinación a proyectos nacionales y reforzar
su identidad como fuerza local enfocada en los problemas específicos de
Sinaloa.
Hacia adentro,
envía un mensaje de control: ninguna negociación está cerrada y cualquier
eventual coalición pasará por la dirigencia estatal.
El dirigente
también intenta resignificar una crítica recurrente. Cuando reconoce que el PAS
es “regional” y “volátil”, no lo hace como autocrítica, sino como virtud.
En su discurso,
la volatilidad se convierte en capacidad de adaptación; la falta de
compromisos, en libertad política. Es una manera de justificar alianzas pasadas
y, al mismo tiempo, abrir la puerta a acuerdos futuros sin pagar costos
anticipados.
Sin embargo,
esta postura también encierra riesgos. La narrativa de diálogo permanente puede
interpretarse como indefinición programática si no se acompaña de un proyecto
claro. Decir que las alianzas no se buscan por cargos ni votos es políticamente
correcto, pero insuficiente si no se precisan las causas, agendas o líneas
rojas que el PAS estaría dispuesto —o no— a negociar.
En el fondo, el
partido apuesta a mantenerse como un actor bisagra. No pretende liderar bloques
nacionales, pero sí conservar el valor que le da su capacidad de inclinar
balanzas en escenarios cerrados. Esa posición le ha permitido sobrevivir y
mantenerse vigente, aunque también lo expone a ser visto más como instrumento
electoral que como proyecto ideológico.
La definición
real no llegará con discursos sobre el diálogo, sino cuando el calendario
electoral obligue a tomar partido. Ahí se sabrá si el PAS convierte su apertura
en una propuesta política sólida o si vuelve a optar por la ruta conocida:
negociar desde la coyuntura, con la mirada puesta más en la aritmética
electoral que en la coherencia de largo plazo.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
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