En la raya. José Luis López Duarte La reciente muerte de Nemesio Oseguera, alias "El Mencho", líder del cártel Jalisco Nueva Gene...
En la raya.
José Luis López Duarte
La reciente muerte de Nemesio Oseguera, alias "El Mencho", líder del cártel Jalisco Nueva Generación, ha sembrado en algunos sectores la idea errónea de que la guerra contra el narcotráfico está ganada. Si el gobierno de Claudia Sheinbaum cree que esta victoria aislada puede marcar el inicio del fin de un conflicto tan intrincado y profundo como el narcotráfico en México, estarán muy equivocados. Esta percepción nos lleva a recordar las lecciones olvidadas de administraciones anteriores que, tras abatir o capturar a un cabecilla del crimen organizado, abandonaron sus esfuerzos, permitiendo que estas organizaciones se recompusieran y multiplicaran.
Es fundamental entender que el narcotráfico no es un fenómeno reciente; es una realidad histórica que ha evolucionado y se ha adaptado a los cambios sociales y económicos. Es una gran industria criminal que mueve miles de millones de dólares, generando recursos económicos significativos para quienes la conforman. Este sector ilícito no es únicamente un negocio de subsistencia familiar; representa un reto económico y social de proporciones globales que debe ser tratado con la seriedad que merece.
Al enfrentar esta problemática, el Estado mexicano debe adoptar una perspectiva a largo plazo. La lucha contra el narcotráfico no puede verse como un compromiso temporal de un sexenio; se requiere un enfoque estratégico y sostenido. Se debe construir un aparato estatal sólido, capaz de resistir la tentación de la complacencia que han exhibido gobiernos previos tras haber logrado resultados aislados en la captura de líderes criminales. Echar las campanas al vuelo en este contexto es, más que un signo de optimismo, una señal de peligro inminente: el narcotráfico no se disipa con la muerte de un líder; se transforma y se reorganiza.
Aplaudimos, por supuesto, que el gobierno de Sheinbaum haya decidido dar un giro a la política de “dejar hacer y dejar pasar” que caracterizó a la administración anterior. Reconocer el daño social, político y moral que el narcotráfico inflige al pueblo mexicano es un primer paso hacia la construcción de una política pública que asuma el combate al crimen organizado como una prioridad absoluta. Sin embargo, lo que se viene ahora es aún más crucial: evitar que las organizaciones criminales se agrupen, se recompongan y fortalezcan hasta convertirse en fuerzas aún más poderosas.
Las organizaciones del crimen organizado son entidades complejas, bien estructuradas, que han demostrado su capacidad para sobrevivir incluso en las condiciones más adversas. Por ende, el Estado debe emplear todas las herramientas a su disposición para desmantelar su estructura económica, limitar su poder militar y desarticular su organización criminal. Esta tarea exige un compromiso que trascienda la simple academia política; debemos ver el narcotráfico como un problema estatal que afecta la seguridad nacional y la cohesión social.
Asimismo, es crucial no perder de vista que este esfuerzo no debe ser visto como un compromiso con Estados Unidos, sino como parte de una política soberana del Estado mexicano. Para ello, es imperativo que los gobiernos sean pulcros en el cumplimiento de la ley. La seguridad pública debe erigirse como un pilar fundamental del gobierno, evitando caer en la trampa de convertirse en lastres de cuerpos de seguridad que, lejos de ser parte de la solución, se convierten en parte del problema.
Un cambio radical en la política de la Cuarta Transformación (4T) y del partido Morena es urgente, especialmente dado que algunas administraciones locales han cohabitado con organizaciones criminales hasta el punto de concederles autoridad. Esta política convierte a los gobiernos en peones y rehenes del crimen organizado, impidiendo cualquier solución eficaz que pueda surgir. La única manera de lograr resultados duraderos es despojándonos de la ilusión de que la muerte de un líder criminal es el fin del problema.
La lucha contra el narcotráfico debe ser colectiva, decidida y sostenida; solo así podremos empezar a vislumbrar un futuro donde el Estado recupere su autoridad y el pueblo recupere la esperanza. En última instancia, el cambio empieza desde una visión integral que reconozca que el narco no es un monstruo a matar, sino un sistema a desmantelar.


