Entre risas, curiosidad y ternura, El Buto se convirtió en un símbolo viviente del Mazatlán popular. Su figura recorriendo el centro del pu...
Entre risas, curiosidad y ternura, El Buto se convirtió en un símbolo viviente del Mazatlán popular. Su figura recorriendo el centro del puerto, su grito característico y su historia marcada por la marginación y la resiliencia siguen siendo parte de la memoria colectiva del puerto.
Mazatlán, Sinaloa. – Nadie que haya vivido el Mazatlán de antaño puede olvidar a Luis Alberto López Pérez, mejor conocido como “El Buto”. Un hombre que, sin proponérselo, se transformó en un personaje icónico de la ciudad, reconocido por todos y querido por muchos, a pesar de que su vida se desarrolló entre las calles, el bullicio del mercado y la indiferencia de una sociedad que lo convirtió, sin querer, en leyenda.
Durante décadas, su presencia fue parte inseparable del paisaje urbano. El Buto solía deambular por el centro histórico y los alrededores del Mercado José María Pino Suárez, moviéndose con esfuerzo a causa de una discapacidad física que le impedía caminar erguido. Sus desplazamientos a “cuatro patas”, como lo describían los mazatlecos, lo hacían inconfundible. Aun así, su energía, sus saludos y su voz ronca gritando “¡buto!” resonaban entre el tránsito, los vendedores y el olor a mar.
El hombre detrás del apodo
Nació alrededor de 1932, y según quienes lo conocieron, fue un hombre de espíritu libre, que se negaba a inspirar lástima. Se acercaba a los transeúntes con desparpajo, pedía cigarros o una moneda, y más de uno lo describía como un personaje “irreverente pero inofensivo”. Las crónicas locales lo retratan como un hombre que, pese a sus limitaciones físicas, supo ganarse un lugar entre la gente del centro: los locatarios le ofrecían comida, algunos comerciantes lo saludaban con cariño y los jóvenes lo observaban con una mezcla de asombro y respeto.“Quien no conoció a El Buto, no conoció Mazatlán”, solía decirse entre los vecinos del mercado, frase que con el tiempo se convirtió en un reflejo de su huella social.
Ícono del puerto y espejo de una realidad
El Buto fue parte de esa galería de personajes populares que daban vida a la cotidianidad mazatleca, junto a músicos callejeros, pregoneros y vendedores del malecón. Pero detrás del mito había también una historia de abandono, pobreza y olvido institucional. Representaba, de algún modo, la frontera entre la simpatía y la indiferencia, entre la empatía del pueblo y la ausencia de políticas de inclusión para personas con discapacidad.
Su figura se convirtió con el tiempo en un símbolo cultural, recordado en crónicas, fotografías y anécdotas compartidas entre generaciones. Su nombre era sinónimo de identidad local, una suerte de “guardián” callejero del centro histórico, presente en las memorias de quienes crecieron en el Mazatlán de los años setenta, ochenta y noventa.
El último recorrido
El 2 de agosto de 2019, El Buto falleció en el Hospital General de Mazatlán, víctima de complicaciones respiratorias derivadas de una neumonía. Tenía 87 años y había sido internado días antes tras sufrir un golpe de calor. Su muerte provocó una oleada de mensajes, homenajes espontáneos y recuerdos compartidos en redes sociales, donde cientos de mazatlecos expresaron su afecto y nostalgia.
En su funeral, vecinos, comerciantes y curiosos acudieron para despedirlo. Muchos lo recordaron con una sonrisa y una anécdota: una broma, un saludo, un cigarro compartido. Porque El Buto no fue solo un personaje urbano; fue parte del alma de Mazatlán.
Una huella imborrable
Hoy, su historia sobrevive como una leyenda viva en las conversaciones del puerto. Su nombre evoca el Mazatlán de calles empedradas, de vida comunitaria y de personajes entrañables que daban rostro humano al día a día. El Buto, con su andar particular y su carácter desafiante, fue —sin saberlo— un reflejo de la ciudad misma: alegre, resistente, y profundamente humana.
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