Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga "Uno propone, dios dispone, llega la muerte y todo lo descompone", Refrán popular COMP...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
"Uno propone, dios dispone, llega la muerte y todo lo
descompone", Refrán popular
COMPERMISO
Claudia Sheinbaum
Desde Palacio Nacional la flaca se asomó,
buscando a la presidenta que al pueblo prometió.
Con paso firme y mirada de mando,
Claudia seguía hablando, reformando y soñando.
“Espérame, calaquita, que aún falta transformar,
la justicia y el progreso no se pueden pausar.”
Decía con voz segura, entre aplausos y emoción,
mientras la muerte afilaba su cruel convicción.
“Te admiro, presidenta, por tu ciencia y por tu temple,
pero ni el más sabio evita mi ejemplo.
Yo no firmo acuerdos, ni pacto con nación,
mi ley no se debate, no pasa por comisión.”
La flaca dio un paso al frente y dictó su sentencia:
“No hay mañanera ni decreto que frene mi presencia.
Porque yo, la muerte, no escucho opinión,
y aunque gobiernes el mundo… ¡yo tengo la última decisión!”
Rubén Rocha Moya
En Palacio de Gobierno la muerte llegó puntual,
buscando al profe Rocha, con su andar presidencial.
“Vengo por ti, gobernador, con mi guadaña afilada,
ya cumpliste tus promesas… y también tus jornadas.”
Rocha quiso convencerla, con verbo y con diplomacia,
habló de obras, de escuelas y de justicia con gracia.
“Espérame un ratito, flaquita, que aún falta el informe,”
le dijo con su tono firme, casi uniforme.
Pero la Parca rió burlona, mostrando los dientes:
“Ni decretos ni discursos detienen a los ausentes.
No hay veto, ni crédito, ni fuero que valga,
cuando la huesuda llega, ¡su sentencia nunca falla!”
Y sin esperar respuesta, le extendió su mano fría:
“Vamos, Rocha, que en mi agenda ya marcaba este día.
No hay consulta ni consejo que cambie mi decisión,
porque aquí manda la muerte… y se acabó la discusión.”
Estrella Palacios Domínguez
En el malecón brillaban las luces y la alegría,
Estrella caminaba firme, luciendo su alcaldía.
Con proyectos y turismo quería al puerto elevar,
mientras la Muerte observaba, lista para actuar.
“Déjame, flaquita linda, que el Carnaval va a empezar,
y aún falta cortar listones, ¡no me vayas a llevar!”
Decía la edil sonriente, entre música y comparsas,
pensando que la huesuda bailaría con las farsas.
Pero la Parca suspiró, con voz de mar embravecido:
“Ni reina ni alcaldesa escapan de mi sonido.
He visto caer gobiernos, coronas y procesiones,
y a todos los igualo, sin distinciones.”
Le ofreció su mano fría, firme y sin compasión:
“Apaga tus reflectores, terminó tu función.
No hay desfile ni evento que cambie mi razón,
porque cuando yo hablo, Estrella… no hay apelación.”
Juan de Dios Gámez Mendívil
Por las calles de Culiacán la huesuda apareció,
buscando al buen Juan de Dios que en su despacho quedó.
Entre obras, parques y eventos andaba el presidente,
sin saber que la muerte lo esperaba paciente.
“Espérame tantito, flaca, que el pueblo me necesita,
hay baches que tapar y una obra en la Lomita.”
Le dijo sonriendo, confiado en su suerte,
sin notar que a su lado ya respiraba la muerte.
La Parca soltó una risa que heló el Ayuntamiento:
“Ni el malecón ni el drenaje frenan mi movimiento.
He visto pasar alcaldes, promesas y ambiciones,
y todos acaban iguales… sin más condiciones.”
Le puso la mano al hombro, con tono de decisión:
“No hay gestión ni proyecto que cambie mi misión.
Porque cuando yo llamo, no hay tregua ni razón…
¡se acabó el mandato, y punto, sin discusión!”
Cesar Emiliano Gerardo Lugo
En las oficinas del tricolor la Muerte se presentó,
con su rebozo rojo y una urna que cargó.
“Busco a César Emiliano, el que dirige con empeño,
dicen que al viejo PRI intenta darle un nuevo sueño.”
El líder, con sonrisa y discurso preparado,
hablaba de unidad, de un partido renovado.
“Flaca, aún no me lleves, que hay elección por venir,
y el PRI va a levantarse, lo juro, va a resistir.”
La Parca soltó una risa que estremeció al comité:
“Promesas, discursos… todo eso ya escuché.
He visto al PRI nacer, caer y resucitar,
pero a mí, mi estimado, nadie me sabe engañar.”
Le señaló la puerta, con gesto decidido:
“Tu ciclo está cerrado, el reloj ha concluido.
No hay alianza ni voto que cambie la función,
porque donde yo llego… ¡se suspende la elección!”
Wendy Barajas Cortés
En azul y con firmeza Wendy hablaba sin temor,
“Yo defiendo la justicia, la verdad y el valor.
El PAN sigue en la lucha, sin rendirse jamás,
con mujeres valientes que van siempre por más.”
Pero la flaca llegó, discreta entre los discursos,
con su velo ondeando y su paso sin recursos.
“¿Tú también, doña Wendy, vienes a debatir?
Yo no acepto posturas… ni promesas por venir.”
La líder sonrió, serena, buscando razonar:
“Espérame tantito, calaca, que hay que reorganizar.
Aún falta dar batalla y recorrer Sinaloa,
no puedes llevarme ahora, que la misión no se agota.”
La Muerte la miró fija, con voz de juez final:
“Ni causas ni campañas detienen mi tribunal.
No hay voz ni argumento que rompa mi guion,
porque cuando yo decido… ¡se acaba la discusión!”
Sergio Torres Félix
Con camisa naranja y verbo encendido,
Sergio gritaba en tribuna con tono aguerrido:
“Yo defiendo a la gente, al campo y la razón,
ni el miedo ni la muerte frenan mi convicción.”
La flaca lo escuchaba, cruzada de brazos,
“Qué bonito discurso, nomás que son falsos.
Pero dime, diputado, ¿a quién vas a convencer,
si el único voto que vale… lo tengo yo, no lo puedes ver?”
Sergio sonrió astuto, con voz de político experto:
“Flaca, dame chance, el Congreso está abierto.
Hay reformas pendientes, hay justicia por dar,
no me robes el turno, déjame terminar.”
La Huesuda soltó una carcajada, sacudiendo su guadaña:
“No hay fuero ni bancada que a mí me engaña.
Cierra tu carpeta, que ya se votó,
¡porque cuando yo levanto la mano… nadie dice que no!”
Feliciano Castro Meléndrez
Feliciano en el ruedo traía traje y ambición,
fue diputado, secretario, y ahora ocupa economía en la función.
La huesuda lo miró, intrigada por su currículum tan lleno,
“¿Será político, poeta, o sólo un eterno veneno?”
“Yo creí en las arcas, en el campo y en la ley,”
dijo Feli sonriendo, contando cargos a la vez.
La Parca se quedó muda, pensativa y hasta curiosa,
su vocación era llevar almas... ¡pero también era poética y famosa!
“¿Cómo es esto?” murmuró, con la guadaña entre versos,
“lo vi de diputado, luego en oficinas y universos,
secretario, funcionario, cajero y orador,
mi libreta no entiende si es lisonja o labor.”
Confundida la huesuda, con rima y con razón,
decidió zanjar el caso sin más discusión:
“Si en tantas sillas cabe tu nombre y ambición,
me llevo a Feliciano… que así termina la confusión.”
Y sin más argumentos, ni apelación ni debate,
la Parca cerró su libreta y selló el trámite:
“Voy por él ahora, que no hay más explicación,
porque cuando yo decido… ¡se acabó la discusión!”
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