Sobre el camino Benjamín Bojórquez Olea. En política solemos pensar que lidiamos con proyectos ideológicos, con corrientes de pensamiento y...
Sobre el camino
Benjamín Bojórquez Olea.
En política solemos pensar que lidiamos con proyectos ideológicos, con corrientes de pensamiento y con la eterna lucha de intereses colectivos. Sin embargo, el caso de la líder morenista María Teresa Guerra Ochoa nos revela un escenario mucho más oscuro: el ingreso de un trastorno antisocial al corazón mismo de las instituciones. No estamos ante la polémica normal de los debates legislativos; estamos frente a un patrón clínico que ha encontrado en el Congreso de Sinaloa el ecosistema perfecto para reproducirse.
Su modus operandi es claro y repetitivo: atacar con ferocidad para después erigirse como víctima. Es la teatralidad calculada de quien sabe que en la política la percepción puede ser más poderosa que la verdad. Sus palabras no son expresión espontánea de convicciones, sino armas diseñadas para infligir daño y manipular emociones, incluso las de aquellos que la rodean y, en teoría, deberían ser sus aliados.
Lo más inquietante no son los escándalos, sino la raíz psicológica de su comportamiento. La ciencia médica ya lo explica: la incapacidad de sentir empatía genuina, la tendencia a manipular a otros como simples herramientas y el desprecio por las normas que limitan el propio deseo. El poder, en manos de una personalidad antisocial, deja de ser un servicio público para convertirse en un escenario de autopromoción y dominio.
La narrativa de “luchadora social” que despliega Guerra Ochoa es una construcción meticulosa: victimizarse, presentarse como incomprendida, usar cada sanción o crítica como trampolín para ganar visibilidad de cara al 2027. Este juego retórico le ha permitido avanzar en la política, no como resultado de un respaldo ciudadano sincero, sino como consecuencia de la tolerancia a la manipulación institucionalizada.
Aquí no hay un debate de izquierda o derecha. Aquí no se trata de ideologías, sino de una depredadora institucional y jurisconsulta que erosiona los cimientos del Congreso para alimentar su propio narcisismo. La pregunta urgente no es qué nueva estrategia política empleará, sino cuánto daño seguirá infligiendo al tejido democrático sinaloense antes de que reconozcamos la magnitud del problema.
GOTITAS DE AGUA:
El peligro es claro: cuando el poder es capturado por una mente que concibe a los demás como simples objetos desechables, la política deja de ser una arena de representación social y se convierte en una clínica a cielo abierto, donde los trastornos se normalizan y el pueblo paga la terapia más cara: la degradación de su democracia. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”...
.png)
