Sobre el camino Benjamín Bojórquez Olea. Lo que comenzó como un grito ciudadano, auténtico y profundo, en las calles de Culiacán terminó re...
Sobre el camino
Benjamín Bojórquez Olea.
Lo que comenzó como un grito ciudadano, auténtico y profundo, en las calles de Culiacán terminó reducido a una simple pieza más del ajedrez político en la Ciudad de México. Una marcha genuina, multitudinaria y pacífica, nació sin banderas partidistas, cuidada celosamente por quienes entendieron que la dignidad social no se negocia ni se renta al mejor postor. Pero la tentación, como siempre, fue demasiado grande para quienes ven en el dolor ajeno no una oportunidad de cambio, sino de poder.
El pasado domingo 7 de septiembre, Culiacán le mostró al país que la voz ciudadana puede ser limpia, unitaria, capaz de vibrar con el músculo de lo auténtico. En cambio, esa misma voz fue secuestrada por empresarios y personajes políticos vinculados al PAN, encabezados por Lilly Téllez. El eco de la esperanza se convirtió en eco de ambiciones. Lo que era triunfo del pueblo fue transformado en munición electoral. Y con ello se confirma la advertencia: a los partidos no les basta su espacio; necesitan infiltrar incluso lo que no les pertenece. En pocas palabras, hasta en los velorios quieren ser el muerto.
Los nombres están ahí: Miguel Taniyama, entre otros no menos importantes, pero que fueron visibles al fin, todos con hilos que los atan al viejo aparato panista y a los tiempos donde el poder se confundía con privilegio. Más allá de las biografías personales, lo grave es el patrón que se repite: la política partidista no soporta el vacío y se cuela en cada resquicio donde percibe fuerza ciudadana. Y lo hace con la misma voracidad con que un parásito se aferra a su huésped.
Pero el traslado al Senado la convirtió en un espectáculo, en un recurso, en una pieza de utilería. Y ahí radica la tragedia: los políticos no supieron leer el silencio del pueblo como advertencia, sino como oportunidad.
Existía un mito que recorría los pasillos ciudadanos: que los políticos eran simples piezas al servicio de los empresarios, guardianes de intereses ajenos al pueblo, marionetas de quien financia y no de quien elige. Hoy ese mito parece confirmarse con un matiz doloroso: Miguel Taniyama, quien se presentó como un “Salomón” moderno que exigiría rebeldía y justicia, se ha revelado como una utopía quebrada, como una ilusión que se desvanece en la utilería de la política.
Lo que inició como una voz legítima en las calles —una marcha nacida del hartazgo, del dolor genuino de un pueblo que ya no soporta la barbarie delincuencial— terminó, como tantas veces, convertido en un espectáculo político. Miles salieron a gritar por la paz, y en su eco resonó la esperanza de un cambio. Pero bastaron unos días para que el desencanto golpeara y desafortunadamente me diera la razón: el liderazgo emergente del Samurai Taniyama se mostró contaminado, atrapado en las redes de alianzas oportunistas, sentado al lado de quienes históricamente representan el mismo modelo de política que tanto daño ha hecho a Sinaloa y al país.
La contradicción duele. Porque Miguel Taniyama, empresario y ciudadano, parecía distinto, parecía genuino, parecía ese “nuevo Salomón” de la capital de los Once Ríos, capaz de transformar la indignación en dignidad colectiva. Pero la historia reciente nos confirma lo contrario: el dolor del pueblo se convirtió en su plataforma de popularidad. Su discurso, que pudo haber sido la semilla de una verdadera rebelión cívica, se convirtió en consigna electoral adelantada. Y ahí, justo ahí, perdió la esencia.
El problema no es solo él, sino lo que simboliza. La política en Sinaloa ha caído en un abismo de pequeñez: se alimenta del dolor ciudadano, lo instrumentaliza y lo convierte en “trending topic”. Las lágrimas de las víctimas se convierten en pancarta, el vacío de la gente en trampolín, y la sangre derramada en estrategia. Esa es la democracia de papel en la que vivimos: una puesta en escena donde lo genuino se diluye en la búsqueda de poder.
La derecha, el PRI, el PAN, y quienes los orbitan, han sabido tejer su estrategia: esperar el escándalo, capitalizar el dolor, empatar el hartazgo con una narrativa que los reposicione. Y, en medio, los ciudadanos vuelven a quedar huérfanos, utilizados, convertidos en masa de maniobra.
Sinaloa necesita discusiones de altura, no gladiadores improvisados que confunden la rebeldía con el protagonismo. Necesitamos líderes capaces de construir sobre lo que une y no sobre lo que divide, de transformar el dolor en justicia y no en votos. Porque la política que tenemos no es la que necesitamos, y la distancia entre los desafíos que enfrentamos y la pequeñez de quienes se disputan el poder es abismal.
Quizás lo más triste de esta historia no sea el exitoso empresario restaurantero Miguel Taniyama, ni sus alianzas, ni su inevitable salto electoral en 2027. Lo verdaderamente triste es que, una vez más, la esperanza ciudadana fue usada como combustible para una maquinaria que nunca deja de repetirse.
GOTITAS DE AGUA:
Sinaloa merece algo mejor. No líderes que se disfracen de Salomón ni Samuráis que se baten por protagonismo, sino una nueva forma de política que nazca desde abajo, desde el dolor genuino y la dignidad, y que no tenga precio ni patrocinador. Porque mientras la política siga devorando las lágrimas del pueblo, la justicia seguirá siendo una utopía y la paz, un espejismo. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos el lunes”...
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