Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”, Francisco Umbral (1935-2007) Escr...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“El talento, en
buena medida, es una cuestión de insistencia”, Francisco Umbral (1935-2007)
Escritor español.
NUEVOS RETOS
En política, hay
gobiernos que nacen del respaldo de las urnas y otros que emergen de la
necesidad de preservar el equilibrio. El caso de Sinaloa en 2026 pertenece
claramente al segundo escenario.
La llegada de
Yeraldine Bonilla Valverde a la gubernatura interina no ocurrió en un ambiente
de celebración partidista ni de transición ordinaria; ocurrió en medio de uno
de los momentos de mayor tensión política e institucional que ha vivido el
estado en años recientes.
La licencia de
Rubén Rocha Moya, las acusaciones surgidas desde Estados Unidos, la presión
mediática nacional, el debate sobre soberanía, las especulaciones políticas y
el clima de incertidumbre colocaron a Sinaloa en el centro de la conversación
nacional.
En ese contexto,
el verdadero desafío no era solamente nombrar a una gobernadora interina; el
reto era impedir que el aparato gubernamental colapsara política y
administrativamente.
Y es
precisamente ahí donde comienza el análisis del papel que ha desempeñado
Yeraldine Bonilla.
Desde su
llegada, la mandataria entendió algo fundamental: el estado no necesitaba un
gobierno estridente, sino un gobierno que transmitiera estabilidad.
Su actuación,
hasta ahora, ha estado marcada más por la moderación que por la confrontación,
más por la operación política discreta que por los discursos de ruptura.
Eso explica en
gran medida por qué, pese al tamaño de la crisis que originó su nombramiento,
Sinaloa no cayó en una guerra interna dentro de Morena ni en una confrontación
abierta entre grupos de poder.
La
administración estatal continuó funcionando, los alcaldes mantuvieron
interlocución con el Ejecutivo, el Congreso sostuvo gobernabilidad y el aparato
institucional siguió operando sin sobresaltos mayores.
No es un detalle
menor.
En escenarios de
crisis política, muchas veces el vacío de poder se vuelve más peligroso que la
propia controversia. Sinaloa, hasta ahora, ha evitado precisamente ese vacío.
Yeraldine
Bonilla no llegó a construir un proyecto sexenal propio. Llegó a administrar
una transición compleja. Y en esa lógica, su principal apuesta ha sido el
equilibrio.
Equilibrio hacia
dentro de Morena, donde distintas corrientes políticas observaban con cautela
el reacomodo del poder estatal.
Equilibrio
frente al gobierno federal, que dejó claro desde el inicio que el tema de
seguridad seguiría bajo una coordinación estrecha del gabinete nacional.
Equilibrio ante
una oposición que buscaba capitalizar políticamente el contexto de crisis.
Y equilibrio
incluso frente a la percepción pública, donde una parte de la sociedad esperaba
un rompimiento político inmediato y otra apostaba por la continuidad
institucional.
La gobernadora
ha optado por un perfil sobrio. No ha buscado protagonismos excesivos ni
tampoco una narrativa de ruptura total con el pasado inmediato. Esa decisión,
aunque criticada por algunos sectores que exigen deslindes más marcados, parece
responder a una lógica de gobernabilidad: evitar que la crisis política derive
en una crisis administrativa.
Su actuación
territorial también ha mostrado señales de una estrategia de proximidad. Las
giras por municipios, particularmente en el sur del estado, han servido para
construir una narrativa de cercanía social en medio de un ambiente político
complejo.
No es casualidad
que uno de los mensajes más recurrentes en sus eventos públicos sea el de
mantener la unidad y la estabilidad.
Sin embargo, el
mayor reto de su administración continúa siendo la construcción de legitimidad
propia.
Porque aunque
constitucionalmente ejerce la titularidad del Ejecutivo estatal, políticamente
todavía existe la percepción de que su gobierno opera bajo la sombra del grupo
político que la llevó al cargo.
Esa será quizá
la prueba más importante de su mandato: demostrar si puede consolidarse como
una figura con identidad propia o si quedará solamente como una administradora
de transición.
En seguridad,
además, la situación sigue siendo delicada. La presencia permanente de fuerzas
federales y la intervención directa de la estrategia nacional reflejan que el
estado continúa bajo vigilancia política y operativa.
Ahí, Yeraldine
Bonilla ha preferido mantener coordinación antes que generar disputas de
protagonismo institucional.
Y posiblemente
esa ha sido una de las claves de su estabilidad hasta ahora: entender que en
tiempos de crisis el control político no siempre se ejerce desde la
confrontación, sino desde la capacidad de sostener acuerdos.
Hay otro
elemento que no debe perderse de vista. Su llegada representa también un
momento simbólico para Sinaloa: la primera mujer en asumir la gubernatura del
estado. En una entidad históricamente marcada por estructuras políticas
tradicionales y predominantemente masculinas, ese hecho tiene una carga
histórica inevitable.
Pero más allá
del simbolismo, la gobernadora enfrenta un escenario donde cada decisión es
observada bajo el lente de una coyuntura excepcional.
No gobierna en
tiempos normales. Gobierna en medio de una crisis política, institucional y
mediática de escala nacional.
Por eso, el
balance preliminar de su administración no puede medirse únicamente en obras o
anuncios. Debe medirse en términos de estabilidad.
Y hasta ahora,
guste o no, el equilibrio político se ha mantenido.
Quizá ese sea,
precisamente, el rasgo más distintivo del gobierno de Yeraldine Bonilla: no
intentar imponer una nueva etapa abrupta, sino evitar que Sinaloa se fracture
en medio de una tormenta política que todavía no termina de disiparse.
VIGENCIA
Hablar de
Graciela Domínguez Nava es hablar de uno de los perfiles que, aunque hoy
mantiene menor exposición mediática que en otros momentos, sigue conservando
peso político dentro de Morena Sinaloa.
Su trayectoria
ha estado marcada por la formación ideológica, el trabajo legislativo y la
cercanía con las estructuras históricas de izquierda en el estado. A diferencia
de otros liderazgos surgidos recientemente, Graciela Domínguez pertenece a una
generación política que construyó presencia desde la oposición, mucho antes de
que Morena se convirtiera en la principal fuerza electoral del país.
Durante su etapa
como presidenta de la Junta de Coordinación Política en el Congreso de Sinaloa,
se convirtió en una de las figuras más visibles del morenismo estatal. Desde
ahí encabezó debates legislativos complejos, impulsó reformas alineadas a la
Cuarta Transformación y enfrentó momentos de fuerte polarización política.
Sin embargo,
quizá una de sus principales características ha sido su capacidad para
mantenerse vigente sin depender totalmente de la confrontación pública
permanente. Incluso después de dejar espacios de alta exposición, ha conservado
presencia dentro de sectores políticos y sociales afines al movimiento.
En el contexto
actual de Sinaloa, Graciela Domínguez representa un perfil de experiencia
política e institucional dentro de Morena. Su voz suele aparecer más desde la
reflexión política y la defensa ideológica del proyecto que desde la disputa
mediática cotidiana.
Y eso tiene
relevancia en momentos donde el morenismo sinaloense atraviesa una etapa de
reacomodos internos y necesidad de equilibrio.
Aunque hoy no
encabeza el protagonismo principal dentro del escenario estatal, sigue siendo
una figura que conserva interlocución, estructura y reconocimiento dentro de
las bases tradicionales del movimiento.
En política, hay
liderazgos que viven del momento y otros que sobreviven al paso del tiempo.
Graciela Domínguez parece pertenecer al segundo grupo.
marcoantoniolizarraga@entrevereda.com.mx
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