Sobre el camino Benjamín Bojórquez Olea. En la política mexicana existe un fenómeno tan viejo como perverso: la distancia obscena entre las...
Sobre el camino
Benjamín Bojórquez Olea.
En la política mexicana existe un fenómeno tan viejo como perverso: la distancia obscena entre las cifras que se presumen y la realidad que se padece. A veces esa distancia no es solo un error metodológico; es una burla. Una de esas burlas parece materializarse hoy en el municipio de Salvador Alvarado, donde la alcaldesa Lupita López de Camacho hasta no hace mucho tiempo aparece, según la encuestadora Consulta Mitofsky, entre las 20 alcaldesas mejor evaluadas del país.
La posición 18 en aprobación nacional suena, en el papel, a una gestión sólida, eficaz, incluso ejemplar. Pero basta caminar unas cuantas calles de este municipio para que esa narrativa estadística se desmorone como un drenaje colapsado. Porque la realidad —esa que no cabe en las tablas de Excel— cuenta otra historia.
En las colonias populares de Salvador Alvarado el abandono no es una percepción: es una experiencia cotidiana. Drenajes que revientan, vialidades convertidas en trampas para automóviles, alumbrado público que deja a barrios enteros en la penumbra y una infraestructura urbana que parece haber sido olvidada por el tiempo. El municipio arrastra décadas de rezago estructural, pero lo verdaderamente grave es que ese rezago no sólo persiste: se normaliza.
Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿cómo puede una administración municipal que gobierna sobre calles deterioradas, drenajes colapsados y servicios básicos deficientes aparecer entre las mejor evaluadas del país?
La explicación puede ser múltiple, pero ninguna resulta tranquilizadora. Puede tratarse de la eterna ilusión estadística donde la percepción se construye más desde la propaganda que desde la gestión. O quizá estemos ante el viejo fenómeno político donde la encuesta se convierte en herramienta de posicionamiento y no en un termómetro real del desempeño público. Porque cuando las cifras contradicen tan brutalmente la experiencia cotidiana de la ciudadanía, la encuesta deja de ser diagnóstico y se convierte en narrativa. Y las narrativas, en política, también se fabrican.
Durante décadas, Salvador Alvarado ha vivido postrado en un desarrollo lento, con poca inversión pública y una visión de futuro que parece siempre posponerse. Cuando hubo momentos de auge económico y político, cuando las conexiones regionales pudieron haberse aprovechado para impulsar crecimiento e infraestructura, poco se hizo. Hoy el municipio paga esa factura histórica. Pero lo verdaderamente perturbador no es solo el abandono urbano; es la pretensión de maquillarlo.
Por eso resulta difícil —por no decir imposible— conciliar esa realidad con la posición privilegiada que le otorga la encuestadora. Quizá en algún informe, en alguna gráfica o en algún despacho de comunicación política, el municipio luzca ordenado y eficiente. Pero la política no se mide en hojas de cálculo; se mide en banquetas transitables, en drenajes que funcionan y en calles iluminadas.
GOTITAS DE AGUA:
Si la administración municipal aparece en el país de las maravillas estadísticas, sería pertinente recordarle algo elemental: los ciudadanos no viven en las encuestas. Viven en las calles. Y esas calles, en Salvador Alvarado, cuentan una historia muy distinta. Porque cuando la política pretende sustituir la realidad con propaganda, lo que se erosiona no es solo la credibilidad de una encuesta. Lo que se erosiona, lentamente, es la confianza pública. Y esa, a diferencia de las cifras de aprobación, no se puede maquillar. Y esto da para mucho más. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”...
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