Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso” Napoleón I (1769-1821) Emperador francés....
Entre Veredas
Marco Antonio
Lizárraga
“De lo sublime a
lo ridículo no hay más que un paso” Napoleón
I (1769-1821) Emperador francés.
PARA QUE QUIERE UNO ENEMIGOS
Hay frases que
resumen mejor que cualquier análisis lo que ocurre en la política. Y pocas
encajan con tanta precisión en el episodio protagonizado por el diputado Serapio
Vargas Ramírez, quien decidió encadenarse y amordazarse en pleno Congreso del
Estado para exigir que avance su iniciativa sobre lenguaje incluyente.
Sí, leyó bien:
cadenas, cinta en la boca y cartulina en mano.
No es que el
tema no sea relevante. La discusión sobre la inclusión del término
“gobernadora” en la Constitución de Sinaloa forma parte de una agenda legítima
en el contexto actual. El problema, como suele ocurrir, no es el fondo… sino la
forma.
Porque cuando la
política se convierte en escenografía, el mensaje deja de ser serio y comienza
a rozar lo innecesario. Y lo que pudo ser un debate válido terminó convertido
en un momento que, más que generar reflexión, provocó desconcierto… y, en
algunos casos, abierta burla.
Pero hay un
ángulo que no puede ignorarse.
El diputado no
es un actor aislado. Forma parte de un entorno político más amplio, vinculado
al proyecto de Imelda Castro Castro, una de las figuras que ya se mencionan
—con mayor o menor discreción— rumbo a la gubernatura de Sinaloa en 2027.
Y es ahí donde
la escena adquiere otra dimensión.
Porque en
política, los proyectos no solo se construyen con discursos y propuestas, sino
también con señales. Y las señales importan. Cada acción de quienes orbitan
alrededor de una aspiración suma… o resta.
En este caso, la
protesta no parece abonar.
Al contrario,
deja la sensación de un exceso innecesario que distrae, que desordena y que,
lejos de fortalecer una narrativa política, la expone a la crítica fácil.
Porque si el objetivo era visibilizar una causa, el resultado fue otro:
convertir el momento en un espectáculo que terminó opacando el contenido.
Y en ese
contexto, la frase vuelve a tomar sentido.
Porque cuando
una acción política termina afectando más de lo que ayuda, cuando el intento de
posicionar una agenda deriva en un episodio cuestionable, cuando el “apoyo” se
vuelve contraproducente… la reacción es casi automática:
“No me
defiendas, compadre.”
Así de simple.
En un escenario
donde Morena domina la conversación política en Sinaloa y donde las
definiciones rumbo a 2027 comienzan a tomar forma, lo último que necesita
cualquier aspirante es ruido innecesario. Menos aún, cuando ese ruido proviene
de los propios.
Porque en
política, los adversarios sobran.
Lo complicado…
es evitar que los propios se conviertan en problema. Y Serapio un político que
es como el te de manzanilla, no hace nada pero cae bien, este tipo de acciones en
lugar de abonar, restan.
¿DESTAPE?
En Mazatlán, los
tiempos políticos comienzan a insinuarse antes de declararse. Y en ese
contexto, la postura de Estrella Palacios Domínguez abre una lectura que, más
allá de la especulación, invita al análisis sereno: no descarta, pero tampoco
adelanta. Deja la puerta entreabierta a 2027, mientras sostiene que su
prioridad está en el presente.
Una posición
que, en términos políticos, resulta equilibrada.
Porque si bien
el escenario electoral aún no inicia formalmente, la dinámica pública ya
empieza a perfilar actores, medir gestiones y proyectar posibilidades. En ese
sentido, hablar de continuidad no implica necesariamente anticiparse, sino
reconocer que el desempeño de hoy será el principal argumento del mañana.
Y ahí radica el
punto central.
La alcaldesa ha
sido clara en señalar que cualquier decisión futura dependerá de los resultados
de su administración y de la valoración tanto ciudadana como partidista. Es
decir, no se trata de una aspiración declarada, sino de una posibilidad
condicionada al trabajo realizado. Un enfoque que coloca el peso en la gestión,
no en la intención.
Eso, en sí
mismo, es una señal positiva.
Mazatlán
atraviesa una etapa relevante en su desarrollo, con retos que van desde la
consolidación turística hasta la mejora de servicios públicos y la atención a
su crecimiento urbano. En ese escenario, la estabilidad en la conducción del
gobierno puede ser un factor que abone a la continuidad de proyectos y a la
maduración de políticas públicas.
Pero la
continuidad, por sí sola, no garantiza resultados.
También exige
consistencia, evaluación y, sobre todo, capacidad de respuesta ante las
demandas ciudadanas. Es ahí donde cualquier administración se juega su
legitimidad, más allá de los tiempos electorales.
En el caso de
Estrella Palacios, hay además un elemento simbólico que no puede pasar
inadvertido: su llegada al cargo marcó un precedente al convertirse en la
primera mujer en encabezar el gobierno municipal de Mazatlán. Un hecho que, más
allá del dato histórico, implica una responsabilidad adicional en términos de
representación y expectativas.
Por ello, el
eventual debate sobre su permanencia no deberá centrarse únicamente en la
posibilidad política, sino en los resultados concretos de su gestión.
Y ese será, en
su momento, el verdadero punto de evaluación.
Mientras tanto,
su postura actual parece apostar por una ruta prudente: concentrarse en
gobernar, dejar que el trabajo hable y permitir que las definiciones lleguen en
su tiempo. En un entorno donde muchas veces las aspiraciones se adelantan a los
resultados, esa decisión ofrece una lectura distinta.
Más
institucional que electoral. Más enfocada en el presente que en el futuro
inmediato.
Al final, como
suele ocurrir en política, no será la intención la que determine el rumbo, sino
la percepción construida a partir de los hechos.
Y en Mazatlán,
esa historia todavía se está escribiendo.
NI EN PINTURA
Lo que hoy
ocurre en Escuinapa no puede maquillarse. La salida de 22 elementos de
Seguridad Pública —entre renuncias y jubilaciones anticipadas— tras los hechos
violentos recientes no es solo un dato alarmante… es un síntoma claro de
descomposición institucional.
Y en política,
los síntomas siempre tienen responsables.
La
administración encabezada por Víctor Díaz Simental enfrenta su momento más
delicado, no solo por la violencia que ha golpeado al municipio, sino por la
falta de respuesta que ha quedado en evidencia. Porque una cosa es enfrentar
una crisis, y otra muy distinta es no saber cómo contenerla.
Aquí no se trata
únicamente de los ataques que han cobrado la vida de policías. Se trata de lo
que vino después.
Elementos que
renuncian a los pocos meses de ingresar. Policías con más de 20 años de
servicio que prefieren retirarse antes que continuar. Una corporación reducida
a mínimos operativos en vísperas de eventos masivos. Todo esto no ocurre por
casualidad.
Ocurre cuando no
hay certidumbre. Cuando la estrategia es débil. Cuando el liderazgo no alcanza.
Y es ahí donde
la falta de oficio político comienza a pesar. Porque gobernar no es solo
administrar; es generar condiciones de estabilidad, transmitir confianza y
tomar decisiones en momentos críticos. Hoy, nada de eso parece estar ocurriendo
con la contundencia que la situación exige.
Solicitar apoyo
estatal es necesario, sí. Pero también deja al descubierto una realidad
incómoda: el municipio no está pudiendo solo. Y más allá de la coordinación
institucional, lo que falta es dirección.
La seguridad no
admite vacíos. Y cuando esos vacíos aparecen, cuando quienes deben proteger
prefieren retirarse, el mensaje es devastador: la autoridad no está logrando
sostener el control.
Escuinapa no
solo enfrenta una crisis de seguridad. Enfrenta una crisis de gobierno. Y en
esa ecuación, la capacidad del alcalde ya no es una percepción… es un factor
determinante.
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