Con un texto que todo buen actor quisiera interpretar, el histrión sonorense Jesús Ochoa logró desparpajar los pensamientos y sentimientos...
Con un texto que todo buen actor quisiera interpretar, el histrión sonorense Jesús Ochoa logró desparpajar los pensamientos y sentimientos del público durante el monólogo El Cerdo, acertada puesta en escena del teatro del absurdo.
Durante el monólogo presentado en el marco del Festival Cultural Mazatlán 2012, el personaje interpretado por Jesús Ochoa trajo al público como canica en caja grande, pues de manera aislada cada espectador intentó armar su propia historia, ante la ausencia de una obra con una construcción clásica.
El Cerdo tuvo como escenario alternativo un amplio salón del Centro de Convenciones.
Jesús Ochoa, que recientemente conquistó al público telenovelero con la interpretación de Adriano en “Por ella soy Eva”, y se llevó las palmas en el cine independiente al participar en “El Fantástico mundo de Juan Orol”, ahora cosecha el reconocimiento con la gira de El Cerdo.
El actor logra construir una metáfora de la condición humana. Al interpretar al cerdo divierte, invita a la reflexión y pone sobre la mesa el cruel destino de los animales que llegan a entregarse y servir a los demás sin esperar nada cambio.
Basado en la novela Estrategia para dos jamones del escritor Raymond Cousse, el monólogo es una metáfora de la naturaleza humana y el personaje se asume como un cerdo asertivo y sin complejos que no necesita más que un espacio de cuatro por cuatro metros, para vivir con libertad.
Evidente fue el desgaste físico del actor pues durante el monólogo se tira al suelo, hace piruetas sin perder sin perder el aliento, la profundidad y los sentimientos que debe imprimir para que el contenido de la obra fluya entre el público.
Desde su chiquero el cerdo ve pasar la vida y asume una actitud reflexiva, digna de un ser realmente libre para elegir y demuestra que la naturaleza ni nada, maneja su voluntad.
En su mundo, el cerdo insiste en caminar en diagonal porque es la manera de recorrer grandes distancias en menos tiempo y porque caminar en círculos no conduce a ningún lado.
En su pequeño mundo de cuatro por cuatro existe la libertad. Para El Cerdo, la existencia consciente, estar despierto implica usar los sentidos: ver, oir, oler y saborear sus alimentos, siempre impulsado por el deseo de engordar, ser sacrificado para poder alimentar a los demás.
“Engordar para morir, es nuestro destino, no hay otra salida”, expresa resignado.
Al final El Cerdo sabe que debe morir para que otros sigan viviendo y acomoda su cuerpo para esperar la matanza.
Ochoa, logró convocar a cientos de espectadores que al final de las dos funciones efectuadas el pasado lunes por la noche, aplaudieron de pie su acertado desempeño escénico.

