Entre Veredas Marco Antonio Lizárraga “Si no te gusta lo que haces, no lo hagas”, Ray Bradbury (1920-2012) Escritor estadounidense. DE...
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“Si no te gusta lo que haces, no lo hagas”, Ray Bradbury
(1920-2012) Escritor estadounidense.
DE VUELTA
La visita de Robespierre Lizárraga Otero a Mazatlán dejó más
que una toma de protesta partidista. Detrás del relevo en la dirigencia
municipal del Partido Sinaloense se observó una estrategia que comienza a
delinear el rumbo político que la organización pretende seguir hacia 2027.
A casi dos años de la muerte de Héctor Melesio Cuén Ojeda,
el principal desafío del PAS no ha sido únicamente mantener el registro o
conservar posiciones de representación popular.
El verdadero reto ha consistido en demostrar que el proyecto
político puede trascender a su fundador y seguir siendo un actor relevante
dentro del escenario estatal.
Durante años, la figura de Cuén fue el principal activo
político del partido. Su liderazgo, capacidad de movilización y presencia
pública terminaron por convertirse en una extensión de la propia identidad
partidista.
Por ello, la desaparición física del dirigente generó
cuestionamientos legítimos sobre la viabilidad futura de la organización.
Sin embargo, los movimientos observados durante los últimos
meses parecen indicar que el PAS ha optado por una estrategia distinta a la de
la confrontación permanente o la supervivencia pasiva.
La renovación de estructuras municipales, como ocurrió en
Mazatlán, refleja la intención de fortalecer una red territorial que
históricamente ha sido una de las principales fortalezas del partido.
La instalación del Comité Directivo Municipal de Mazatlán,
encabezado por Óscar Tirado Tirado, constituye quizá la expresión más visible
de esta estrategia de reorganización. No se trata únicamente de un relevo
interno o de una formalidad estatutaria.
La decisión de fortalecer una de las plazas electorales más
importantes del estado envía una señal clara sobre las prioridades de la
dirigencia estatal. Mazatlán representa uno de los municipios con mayor peso
político, económico y demográfico de Sinaloa, por lo que la consolidación de
una estructura local renovada se convierte en una pieza fundamental dentro del
proyecto que Robespierre Lizárraga ha delineado rumbo a 2027.
La llegada de Tirado Tirado también sirve para respaldar con
hechos el discurso de fortalecimiento territorial que ha venido impulsando la
dirigencia estatal.
Mientras Robespierre habla de reconstruir estructuras y
reposicionar al PAS como un actor relevante en la vida pública sinaloense, la
integración de nuevos liderazgos municipales muestra que el partido busca
trasladar ese mensaje del discurso a la operación política cotidiana.
En términos prácticos, la toma de protesta en Mazatlán puede
interpretarse como el inicio de una nueva etapa de activismo, organización y
presencia política en una región que históricamente ha sido estratégica para
cualquier proyecto electoral en Sinaloa.
La declaración de Robespierre Lizárraga respecto a que el
PAS busca convertirse en una "bisagra" para la elección de 2027 no
debe interpretarse únicamente como una aspiración electoral.
En términos políticos, representa el reconocimiento de una
realidad: en un escenario donde ninguna fuerza política puede asumir triunfos
automáticos, los partidos con estructura territorial y capacidad de
movilización adquieren un valor estratégico considerable.
El PAS parece entender que su papel no necesariamente pasa
por convertirse en la principal fuerza electoral del estado, sino por
consolidarse como un actor capaz de influir en la construcción de acuerdos y
mayorías.
Esa posición, lejos de representar una disminución de sus
aspiraciones, podría convertirse en una de sus principales fortalezas en los
próximos años.
Otro elemento relevante es la insistencia en mantener
vigente el legado de Héctor Melesio Cuén.
Más allá de las implicaciones emocionales o simbólicas, la
dirigencia busca convertir esa narrativa en un factor de cohesión interna. La
permanencia del partido es presentada como una forma de preservar un proyecto
político que logró consolidarse como la fuerza local más importante en la
historia reciente de Sinaloa.
En este punto, el PAS enfrenta un desafío complejo. Mantener
viva la memoria de su fundador resulta natural y hasta necesario para una
organización que surgió bajo su liderazgo. Sin embargo, tarde o temprano deberá
demostrar que cuenta con capacidad para construir nuevos liderazgos, nuevos
discursos y nuevas causas que le permitan conectar con generaciones que no
necesariamente vivieron el surgimiento del partido.
La fortaleza organizativa presumida por la dirigencia
tampoco es un dato menor. Los más de 134 mil afiliados reconocidos por las
autoridades electorales representan una base política que muchos partidos
nacionales desearían tener en el ámbito estatal. Esa estructura no garantiza
triunfos electorales, pero sí ofrece una plataforma sólida para competir y
negociar desde una posición de fortaleza.
Lo ocurrido en Mazatlán también revela otro aspecto
importante: el PAS está comenzando a construir una agenda política enfocada en
problemas concretos de la población.
Los señalamientos sobre seguridad, servicios públicos y
calidad de vida buscan conectar con preocupaciones cotidianas que trascienden
las disputas partidistas y que forman parte de la conversación pública en
prácticamente todos los municipios del estado.
Desde esa perspectiva, la visita de Robespierre Lizárraga
puede entenderse como una señal de que el partido ha decidido dejar atrás la
etapa de incertidumbre que siguió a la pérdida de su fundador para entrar en
una fase de reorganización y reposicionamiento.
Por supuesto, todavía es temprano para medir el alcance real
de esta estrategia. La política sinaloense suele transformarse con rapidez y
las condiciones que prevalezcan en 2027 serán distintas a las actuales.
Sin embargo, lo que sí parece evidente es que el PAS ha
logrado superar la prueba más difícil que enfrentan muchas organizaciones
políticas después de perder a su principal liderazgo: mantenerse vigente.
Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, la realidad
muestra que el Partido Sinaloense continúa siendo un actor con presencia
territorial, estructura operativa y capacidad de organización.
La pregunta ya no parece ser si sobrevivirá políticamente,
sino cuál será el papel que desempeñará dentro del nuevo equilibrio de fuerzas
que comienza a construirse rumbo al próximo proceso electoral.
Y en esa ruta, la visita a Mazatlán deja una señal clara: el
PAS quiere volver a colocarse en el centro del tablero político de Sinaloa.
ESTABILIDAD
La Universidad Autónoma de Sinaloa llega al primer informe
de labores del rector Jesús Madueña Molina en un momento muy distinto al que
vivió apenas unos años atrás.
La institución que durante meses ocupó titulares por
conflictos políticos, procesos judiciales, confrontaciones internas y tensiones
con el poder público, hoy presenta una imagen de estabilidad administrativa,
continuidad académica y una renovada apuesta por la democratización de su vida
interna.
El contexto en el que se desarrolla este informe no es
menor.
Se trata del primer balance de una administración surgida
bajo una nueva realidad universitaria, marcada por una reforma profunda a la
Ley Orgánica que modificó la forma de elegir autoridades y abrió la puerta a
mecanismos más amplios de participación de la comunidad universitaria.
En ese sentido, el principal logro que puede presumir la
actual administración no necesariamente se encuentra en una obra física o en
una cifra presupuestal, sino en haber logrado que la institución transitara de
una etapa de confrontación hacia una de gobernabilidad.
La estabilidad institucional suele ser uno de esos
indicadores que pasan desapercibidos cuando existen, pero cuya ausencia resulta
evidente cuando se pierde.
Durante este primer año, la Universidad ha logrado mantener
la operación de sus programas académicos, sostener sus indicadores de cobertura
educativa y conservar su presencia en prácticamente todo el territorio estatal
sin que los conflictos externos alteraran sustancialmente su función
sustantiva.
Otro de los aspectos que merecen atención es la continuidad
de una política de ampliación de cobertura.
La narrativa institucional de que ningún joven quede sin
oportunidad de estudiar en la UAS ha sido colocada como uno de los ejes
centrales de la gestión. Más allá del discurso, el desafío radica en sostener
esa política sin comprometer la calidad académica ni la viabilidad financiera
de la institución, un equilibrio que representa uno de los mayores retos para
cualquier universidad pública del país.
La implementación del nuevo marco normativo también
representa un punto relevante. Los procesos democráticos que comienzan a
desarrollarse dentro de la Universidad constituyen un cambio histórico para una
institución acostumbrada durante décadas a otros mecanismos de designación.
Los resultados de este modelo aún están por evaluarse en el
largo plazo, pero el simple hecho de haber iniciado su aplicación sin fracturas
mayores puede considerarse un avance institucional importante.
En materia académica, la Universidad mantiene indicadores
que la colocan entre las instituciones públicas estatales más relevantes del
país.
La acreditación de programas, la presencia en investigación
científica, la vinculación social y la consolidación de su modelo educativo
siguen siendo elementos que fortalecen su posición dentro del sistema nacional
de educación superior.
Sin embargo, el informe también debe entenderse como una
oportunidad para identificar los desafíos pendientes.
La educación superior enfrenta cambios acelerados derivados
de la inteligencia artificial, la transformación digital y las nuevas demandas
del mercado laboral. La UAS deberá demostrar que puede adaptarse a esos
escenarios sin perder su esencia de universidad pública, incluyente y
socialmente comprometida.
A ello se suma la necesidad permanente de fortalecer la
transparencia, la rendición de cuentas y la confianza pública.
La legitimidad institucional ya no depende únicamente de los
resultados académicos, sino también de la capacidad de las universidades para
explicar con claridad el uso de sus recursos y los beneficios que generan para
la sociedad.
Al cumplirse este primer año de gestión, el balance parece
inclinarse hacia los resultados positivos.
No porque los problemas hayan desaparecido ni porque los
retos estén resueltos, sino porque la Universidad ha logrado recuperar algo
fundamental para cualquier institución: la capacidad de concentrarse nuevamente
en su misión principal.
La historia juzgará con mayor precisión el alcance de esta
administración cuando concluya el periodo rectoral.
Por ahora, el primer informe de Jesús Madueña Molina deja
una impresión clara: la Universidad Autónoma de Sinaloa ha dejado atrás una
etapa de turbulencia para entrar en una fase de estabilidad, reconstrucción
institucional y búsqueda de nuevos horizontes.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
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